Eclesiastés

Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos

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Capítulo 12 de 12

Capítulo 12

1 Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan los días malos, y se echen encima años en que dirás: «No me agradan»;

2 mientras no se nublen el sol y la luz, la luna y las estrellas, y retornen las nubles tras la lluvia;

3 cuando tiemblen los guardas de palacio y se doblen los guerreros, se paren las moledoras, por quedar pocas, se queden a oscuras las que miran por las ventanas,

4 y se cierren las puertas de la calle, ahogándose el son del molino; cundo uno se levante al canto del pájaro, y se enmudezcan todas las canciones.

5 También la altura da recelo, y hay sustos en el camino, florece el almendro, está grávida la langosta, y pierde su sabor la alcaparra; y es que el hombre se va a su eterna morada, y circulan por la calle los del duelo;

6 mientras no se quiebre la hebra de plata, se rompa la bolita de oro, se haga añicos el cántaro contra la fuente, se caiga la polea dentro del pozo,

7 vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio.

8 ¡Vanidad de vanidades! - dice Cohélet -: ¡todo vanidad!

9 Cohélet, a más de ser un sabio, enseñó doctrina al pueblo. Ponderó e investigó, compuso muchos proberbios.

10 Cohélet trabajó mucho en inventar frases felices, y escribir bien sentencias verídicas.

11 Las palabras de los sabios son como aguijadas, o como estacas hincadas, puertas por un pastor para controlar el rebaño.

12 Lo que de ellas se saca, hijo mío, es ilustrarse. Componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud.

13 Basta de palabras. Todo está dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal.

14 Porque toda obra la emplazará Dios a juicio, también todo lo oculto, a ver si es bueno o malo.

Reflexión del capítulo 12

El capítulo final es a la vez un poema y un testamento. Qohélet exhorta: «Acuérdate de tu Creador en tus días mozos», antes de que lleguen los días malos y los años de los que diremos «no me agradan». Con imágenes inolvidables describe la vejez: los guardas de palacio que tiemblan, los guerreros que se doblan, las moledoras que se paran, las que miran por las ventanas y quedan a oscuras, las puertas de la calle que se cierran, el canto del pájaro que despierta, el almendro que florece y la langosta que se arrastra.

El horizonte es la muerte: se quiebra la hebra de plata, se rompe la bolita de oro, se hace añicos el cántaro, cae la polea en el pozo. Entonces «vuelve el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelve a Dios que es quien lo dio». Tras repetir su estribillo —«vanidad de vanidades»—, el autor se presenta como sabio que enseñó doctrina al pueblo y compuso sentencias verdaderas, palabras «como aguijadas» que espolean al que escucha.

Y llega la conclusión que resume todo el libro: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal». Porque toda obra, también lo oculto, será emplazada a juicio por Dios. El Eclesiastés, que tanto dudó y buscó, termina postrándose ante el único fundamento firme: el temor de Dios, vivido con alegría y responsabilidad.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

«Acuérdate de tu Creador» no es solo cosa de jóvenes: es la tarea de cada día. Hoy dedica unos minutos a pensar seriamente en tu propia muerte, no para angustiarte, sino para ordenar tus prioridades. Pregúntate qué harías distinto si supieras que te queda poco tiempo, y empieza hoy por lo esencial: reconciliarte con alguien, cuidar tu oración, hacer el bien que has postergado.

Oración

Señor, Creador mío, que me formaste del polvo y a quien volverá mi espíritu: enséñame a vivir con la sabiduría de quien recuerda su fin. Que te tema y guarde tus mandamientos, y que toda mi vida te sea agradable. Amén.

Acerca del libro de Eclesiastés

El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.

El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?

Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.

Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.

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