Eclesiastés
Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos
Capítulo 5
1 No te precipites a hablar, ni tu corazón se apresure a pronunciar una palabra ante Dios. Pues Dios está en el cielo, pero tú en la tierra: sean por tanto pocas tus palabras.
2 Porque, los sueños vienen de las muchas tareas. la voz necia, de las muchas palabras.
3 Si haces voto a Dios, no tardes en cumplirlo; pues no le agradan los necios. El voto que has hecho, cúmplelo.
4 Es mejor no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos.
5 No permitas que tu boca haga de ti un pecador, y luego digas ante el Mensajero que fue inadvertencia. ¿Por qué deberá Dios irritarse por tu palabra y destruir la obra de tus manos?
6 Cuantos los sueños, tantas las vanidades y las muchas palabras. Pero tú teme a Dios.
7 Si en la región ves la opresión del pobre y la violación del derecho y de la justicia, no te asombres por eso. Se te dirá que una dignidad vigila sobre otra dignidad, y otra más dignas sobre ambas.
8 Se invocará el interés común y el servicio del rey.
9 Quien ama el dinero, no se harta de él, y para quien ama riquezas, no bastas ganancias. También esto es vanidad.
10 A muchos bienes, muchos que los devoren; y ¿de qué más sirven a su dueño que de espectáculo para sus ojos?
11 Dulce el sueño del obrero, coma poco o coma mucho; pero al rico la hartura no le deja dormir.
12 Hay un grave mal que yo he visto bajo el sol: riqueza guardada para su dueño, y que solo sirve para su mal,
13 pues las riquezas perecen en un mal negocio, y cuando engendra un hijo, nada queda ya en su mano.
14 Como salió del vientre de su madre, desnudo volverá, como ha venido; y nada podrá sacar de sus fatigas que pueda llevar en la mano.
15 También esto es grave mal: que tal como vino, se vaya; y ¿de qué le vale el fatigarse para el viento?
16 Todos los días pasa en oscuridad, pena, fastidio, enfermedad y rabia.
17 Esto he experimentado: lo mejor para el hombre es comer, beber y disfrutar en todos sus fatigosos afanes bajo el sol, en los contados días de la vida que Dios le da; porque esta es su paga.
18 Y además: cuando a cualquier hombre Dios da riquezas y tesoros, le deja disfrutar de ellos, tomar su paga y holgarse en medio de sus fatigas, esto es un don de Dios.
19 Porque así no recuerda mucho los días de su vida, mientras Dios le llena de alegría el corazón.
Reflexión del capítulo 5
El capítulo quinto es una lección de reverencia y de sobriedad. Qohélet advierte: «No te precipites a hablar, ni tu corazón se apresure a pronunciar una palabra ante Dios», pues Dios está en el cielo y tú en la tierra; por eso, sean pocas tus palabras. Y añade una norma de honradez religiosa: si haces un voto a Dios, cúmplelo sin tardar; es mejor no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos.
Después el sabio desmonta la ilusión de la riqueza. Quien ama el dinero no se harta de él; a muchos bienes, muchos que los devoran; y «dulce es el sueño del obrero», mientras al rico la hartura no le deja dormir. Constata un mal grave: riquezas guardadas que solo sirven para daño de su dueño, porque «como salió del vientre de su madre, desnudo volverá». Nadie se lleva nada de su fatiga.
La conclusión vuelve a ser luminosa y agradecida: lo mejor para el hombre es comer, beber y disfrutar en sus afanes durante los contados días que Dios le da, pues eso es su paga. Y cuando Dios concede riquezas y la capacidad de gozarlas, eso también es don suyo. La clave no está en tener mucho, sino en recibirlo con gratitud y usarlo con libertad de corazón.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy practica la sobriedad en dos frentes. En la oración: antes de hablar, guarda un minuto de silencio y deja que Dios tenga la primera palabra. En lo material: revisa una compra o un gasto impulsivo y pregúntate si te hace más libre o más esclavo. Y cumple sin demora un compromiso o promesa que tengas pendiente, aunque sea pequeño, porque la fidelidad a la palabra dada es parte del temor de Dios.
Oración
Dios del cielo, a quien nadie puede engañar: enséñame a hablar poco y a cumplir lo que prometo. Líbrame de la sed de dinero y concédeme un corazón agradecido, que sepa gozar tus dones sin convertirlos en ídolos. Amén.
Acerca del libro de Eclesiastés
El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.
El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?
Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.
Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.
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