Eclesiastés
Antiguo Testamento | 12 capítulos | 222 versículos
Capítulo 2
1 Hablé en mi corazón: ¡Adelante! ¡Voy a probarte en el placer; disfruta del bienestar! Pero vi que también esto es vanidad.
2 A la risa la llamé: ¡Locura!; y del placer dije: ¿Para qué vale?
3 Traté de regalar mi cuerpo con el vino, mientras guardaba mi corazón en la sabiduría, y entregarme a la necedad hasta ver en qué consistía la felicidad de los humanos, lo que hacen bajo el cielo durante los contados días de su vida.
4 Emprendí mis grandes obras; me construí palacios, me planté viñas;
5 me hice huertos y jardines, y los planté de toda clase de árboles frutales.
6 Me construí albercas con aguas para regar la frondosa plantación.
7 Tuve siervos y esclavas: poseí servidumbre, así como ganados, vacas y ovejas, en mayor cantidad que ninguno de mis predecesores en Jerusalén.
8 Atesoré también plata y oro, tributos de reyes y de provincias. Me procuré cantores y cantoras, toda clase de lujos humanos, coperos y reposteros.
9 Seguí engrandeciéndome más que cualquiera de mis predecesores en Jerusalén, y mi sabiduría se mantenía.
10 De cuanto me pedían mis ojos, nada les negué ni rehusé a mi corazón ninguna alegría; toda vez que mi corazón se solazaba de todas mis fatigas, y esto me compensaba de todas mis fatigas.
11 Consideré entonces todas las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo es vanidad y atrapar vientos, y que ningún provecho se saca bajo el sol.
12 Yo me volví a considerar la sabiduría, la locura y la necedad. ¿Qué hará el hombre que suceda al rey, sino lo que ya otros hicieron?
13 Yo vi que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tieneblas.
14 El sabio tiene sus ojos abiertos, mas el necio en las tinieblas camina. Pero también yo sé que la misma suerte alcanza a ambos.
15 Entonces me dice: Como la suerte del necio será la mía, ¿para qué vales, pues, mi sabiduría? Y pensé que hasta eso mismo es vanidad.
16 No hay recuerdo duradero ni del sabio ni del necio; al correr de los días, todos son olvidados. Pues el sabio muere igual que el necio.
17 He detestado la vida, porque me repugna cuanto se hace bajo el sol, pues todo es vanidad y atrapar vientos.
18 Detesté todos mis fatigosos afanes bajo el sol, que yo dejo a mi sucesor.
19 ¿Quién sabe si será sabio o necio? El se hará dueño de todo mi trabajo, lo que realicé con fatiga y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad.
20 Entregué mi corazón al desaliento, por todos mis fatigosos afanes bajo el sol,
21 pues un hombre que se fatigá con sabiduría, ciencia y destreza, a otro que en nada se fatigó da su propia paga. También esto es vanidad y mal grave.
22 Pues ¿qué le queda a aquel hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol?
23 Pues todos sus días son dolor, y su oficio, penar; y ni aun de noche su corazón descansa. También esto es vanidad.
24 No hay mayor felicidad para el hombre que comer y beber, y disfrutar en medio de sus fatigas. Yo veo que también esto viene de la mano de Dios,
25 pues quien come y quien bebe, lo tiene de Dios.
26 Porque a quien le agrada, da El sabiduría, ciencia y alegría; mas al pecador, da la tarea de amontonar y atesorir para dejárselo a quien agrada a Dios. También esto es vanidad y atrapar vientos.
Reflexión del capítulo 2
Qohélet decide probarlo todo. Se entrega al placer y a la risa, pero los encuentra vanidad; regala su cuerpo con el vino, emprende grandes obras, construye palacios, planta viñas, huertos y jardines, acumula siervos, rebaños, plata, oro, cantores y toda clase de lujos. Confiesa que nada negó a sus ojos ni rehusó a su corazón ninguna alegría, y que todo ello le compensó de sus fatigas.
Sin embargo, cuando considera «todas las obras de sus manos», concluye que todo es vanidad y atrapar vientos. Y añade una observación desconcertante: la sabiduría aventaja a la necedad como la luz a las tinieblas, pero la misma suerte alcanza al sabio y al necio. La muerte iguala a ambos, y el recuerdo de los dos se pierde. Por eso llega a detestar la vida y a desalentarse por un trabajo que dejará a un sucesor que quizá sea necio.
En medio de ese desencanto aparece una luz humilde y verdadera: no hay mayor felicidad para el hombre que comer, beber y disfrutar en medio de sus fatigas, y esto viene de la mano de Dios. No es resignación triste, sino el descubrimiento de que el gozo sencillo es un don, y que solo quien lo recibe de Dios lo posee de verdad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Vivimos tentados por dos extremos: acumular y gozar sin medida, o desalentarnos porque nada dura. Este capítulo propone un camino medio: recibir lo cotidiano como don. Hoy come y bebe con atención, agradeciendo a Dios el pan y el trabajo que lo hicieron posible. Y revisa si hay algo que has convertido en absoluto —un proyecto, un ahorro, una meta— para recordar que solo Dios es el bien que no se pierde.
Oración
Dios, dador de todo bien: enséñame a gozar con sobriedad lo que me das, sin poner en ello mi corazón. Líbrame de la amargura del que todo lo posee y nada agradece, y hazme recibir cada día como un don tuyo. Amén.
Acerca del libro de Eclesiastés
El Eclesiastés, llamado en hebreo Qohélet —término que designa al que preside o habla en una asamblea—, es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. La tradición lo atribuye a Salomón, hijo de David y rey en Jerusalén, aunque su lengua y su pensamiento reflejan una época posterior, cercana al siglo III a.C. Su autor se presenta como un sabio que ha explorado con honradez los límites de la existencia humana y comunica lo que ha descubierto, sin ocultar sus perplejidades.
El libro se abre con una afirmación que lo recorre entero: «Vanidad de vanidades, todo vanidad». No se trata de un pesimismo estéril, sino de la constatación de que las realidades creadas —el trabajo, la riqueza, el placer, la fama e incluso la sabiduría— no bastan por sí solas para dar sentido definitivo a la vida. Qohélet observa los ciclos de la naturaleza, la muerte que iguala al sabio y al necio, la injusticia que prospera y el olvido que lo cubre todo, y desde ahí pregunta con radicalidad: ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga?
Sus temas centrales son la caducidad de lo terreno, el tiempo y sus sazones, el límite del conocimiento humano y, sobre todo, la invitación a recibir la vida cotidiana como don de Dios: comer, beber y alegrarse en el propio trabajo. Frente a la angustia, no propone evasión, sino gratitud y temor de Dios.
Para la fe católica, el Eclesiastés es una escuela de realismo y de humildad. Nos enseña a no absolutizar lo que pasa, a vivir el presente con sobriedad y esperanza, y a recordar que el polvo vuelve a la tierra y el espíritu a Dios que lo dio. Leído a la luz de Cristo, este libro prepara el Evangelio: solo el que es «más que Salomón» da a la existencia el sentido que Qohélet buscaba.
Compartir
Enlace copiado