Levítico
Antiguo Testamento | 27 capítulos | 858 versículos
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Capítulo 17 de 27Capítulo 17
1 Yahveh habló a Moisés, diciendo:
2 Habla a Aarón y a sus hijos, y a todos los israelitas, y diles: Esta es la orden que ha dado Yahveh:
3 Cualquier hombre de la casa de Israel que inmole buey, oveja o cabra dentro del campamento, o fuera del mismo,
4 sin llevarlos a la entrada de la Tienda del Encuentro, para presentarlos como ofrenda a Yahveh ante la Morada de Yahveh, será considerado reo de sangre. Tal hombre ha derramado sangre y será exterminado de en medio de su pueblo.
5 Por eso los israelitas presentarán al sacerdote, para Yahveh, a la entrade de la Tienda del Encuentro, aquellas víctimas que suelen inmolar en el campo, para que se ofrezcan como sacrificios de comunión.
6 El sacerdote derramará la sangre sobre el altar de Yahveh, a la entrada de la Tienda del Encuentro, y quemará las grasas como calmante aroma para Yahveh.
7 De este modo ellos ya no seguirán sacrificando sus sacrificios a los sátiros tras los cuales estaban prostituyéndose. Decreto perpetuo será éste para ellos de generación en generación.
8 Diles: Cualquier hombre de la casa de Israel, o de los forasteros que residen en medio de ellos, que ofrezca holocausto o sacrificio,
9 y no lo traiga a la entrada de la Tienda del Encuentro para sacrificarlo en honor de Yahveh, ese será exterminado de entre su parentela.
10 Si un hombre cualquiera de la casa de Israel, o de los forasteros que residen en medio de ellos, come cualquier clase de sangre, yo volveré mi rostro contra el que coma sangre y los exterminaré de en medio de su pueblo.
11 Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la doy para hacer expiación en el altar por vuestras vidas, pues la expiación por la vida, con la sangre se hace.
12 Por eso tengo dicho a los israelitas: «Ninguno de vosotros comerá sangre; ni tampoco coma sangre el forastero que reside en medio de vosotros.»
13 Cualquier hombre de la casa de Israel, o de los forasteros que residen en medio de ellos, que cace un animal o un ave que es lícito comer, derramará su sangre y la cubrirá con tierra.
14 Porque la vida de toda carne es su sangre. Por eso mando a los israelitas: «No comeréis la sangre de ninguna carne, pues la vida de toda carne es su sangre. Quien la coma, será exterminado.»
15 Todo nativo o forastero que coma carne de bestia muerta o destrozada lavará sus vestidos, se bañará en agua y quedará impuro hasta la tarde; después será puro.
16 Si no los lava ni baña su cuerpo, cargará con su iniquidad.
Reflexión del capítulo 17
El capítulo centraliza el culto: todo sacrificio debe ofrecerse en la entrada de la Tienda, pues la sangre es la vida que Dios da para expiar. Se prohíbe tajantemente comer sangre, porque ella está sobre el altar para reconciliar. También se condena el sacrificar a los demonios bajo la apariencia de ofrendas, recordando que la alianza excluye toda idolatría. La sangre, sede de la vida, pertenece al Señor y es el medio de expiación. Este texto funda la seriedad del culto único y rechaza la religiosidad sincreta. Para el cristiano, la sangre de Cristo es el nuevo y definitivo sacrificio de reconciliación, y la Eucaristía su memorial. La prohibición de comer sangre subraya el respeto a la vida, don de Dios que no se dispone arbitrariamente. La lección perdura: adorar al verdadero Dios exige coherencia; no se puede dividir la fe entre el Señor y los ídolos modernos de poder, placer o dinero.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy examina si hay en tu vida algún 'altar' rival: una lealtad, un ídolo de comodidad o de imagen que dispute el primer puesto a Dios. Abandona esa división y ofrece tu culto sin doblez.
Oración
Señor, tú diste tu sangre para reconciliarme. Líbrame de toda idolatría oculta y haz de mí un adorador en espíritu y verdad. Amén.
Acerca del libro de Levítico
Levítico es el tercer libro del Pentateuco y el corazón litúrgico de la alianza del Sinaí. Tradicionalmente atribuido a Moisés, recoge las instrucciones que el Señor comunica desde la Tienda del Encuentro, dirigidas en especial a los sacerdotes hijos de Aarón, de la tribu de Leví, de donde recibe su nombre. No es un libro de narrativa, sino de ley sagrada y culto, compuesto en el desierto durante la peregrinación de Israel, en torno al siglo XIII a.C. Su contexto es el de un pueblo recién liberado de Egipto que debe aprender a vivir como nación santa en presencia de un Dios tres veces santo. Los temas centrales son el sacrificio, la pureza, la santidad y la expiación: Dios habita entre su pueblo, pero su santidad exige un camino de acercamiento y de reparación del pecado. Levítico ocupa un lugar clave en la historia de la salvación porque prepara, como sombra y pedagogía, la obra definitiva de Cristo; la Carta a los Hebreos lee en sus ritos el anuncio del único sacrificio perfecto. Para leerlo hoy en oración conviene no detenerse en la letra de las prescripciones rituales, sino descubrir su mensaje permanente: el respeto al Creador, el sentido del pecado, la necesidad de la reparación y la llamada universal a la santidad. La Iglesia ve en este libro una escuela de adoración y de misericordia que alcanza su plenitud en la Eucaristía, donde la ofrenda se vuelve communión.
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