Levítico
Antiguo Testamento | 27 capítulos | 858 versículos
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Capítulo 21 de 27Capítulo 21
1 Dijo Yahveh a Moisés: Habla a los sacerdotes, hijos de Aarón, y diles: Nadie se haga impuro por el cadáver de alguno de los suyos,
2 como no sea pariente cercano suyo: la madre, el padre, el hijo, la hija, el hermano,
3 una hermana virgen, que viva con él y no haya sido desposada aún; por ella puede hacerse impuro.
4 Pues no debe hacerse impuro, siendo señor entre los suyos; se profanaría.
5 Los sacerdotes no se raparán la cabeza, ni se cortarán los bordes de la barba, ni se harán incisiones en su cuerpo.
6 Santos han de ser para su Dios y no profanarán el nombre de su Dios, pues son ellos los que presentan los manjares que se han de abrasar para Yahveh, el alimento de su Dios; han de ser santos.
7 No tomarán por esposa a una mujer prostituta ni profanada, ni tampoco una mujer repudiada por su marido; pues el sacerdote está consagrado a su Dios.
8 Le tendrás por santo, porque él es quien presenta el alimento de tu Dios; por tanto será santo para ti, pues santo soy yo, Yahveh, el que os santifico.
9 Si la hija de un sacerdote prostituyéndose se profana, a su padre profana; será quemada.
10 El sumo sacerdote, superior a sus hermanos, sobre cuya cabeza fue derramado el óleo de la unción y que recibió la investidura para vestir los ornamentos, no llevará desgreñada su cabellera ni rasgará sus vestidos,
11 ni se acercará a ningún cadáver; ni siquiera por su padre o por su madre puede hacerse impuro.
12 No saldrá del santuario para no profanar el santuario de su Dios; pues lleva sobre sí la consagración del óleo de la unción de su Dios. Yo, Yahveh.
13 Tomará una virgen por esposa.
14 No se casará con viuda ni repudiada ni profanada por prostitución, sino que tomará por esposa una virgen de entre su parentela.
15 No profanará su descendencia entre su pueblo, pues soy, yo, Yahveh, el que lo santifico.
16 Yahveh habló a Moisés y dijo:
17 Habla a Aarón y dile: Ninguno de tus descendientes en cualquiera de sus generaciones, si tiene un defecto corporal, podrá acercarse a ofrecer el alimento de su Dios;
18 pues ningún hombre que tenga defecto corporal ha de acercarse: ni ciego ni cojo ni deforme ni monstruoso,
19 ni el que tenga roto el pie o la mano;
20 ni jorobado ni raquítico ni enfermo de los ojos, ni el que padezca sarna o tiña, ni el eunuco.
21 Ningún descendiente de Aarón que tenga defecto corporal puede acercarse a ofrecer los manjares que se abrasan en honor de Yahveh. Tiene defecto; no se acercará a ofrecer los manjares que se abrasan en honor de Yahveh. Tiene defecto; no se acercará a ofrecer el alimento de su Dios.
22 Sin embargo, podrá comer el alimento de su Dios, las cosas sacratísimas, y las sagradas;
23 mas no entrará hasta el velo ni se acercará al altar, porque tiene defecto, para no profanar mi santuario, pues yo soy Yahveh, el que los santifico.
24 Moisés dijo esto a Aarón y a sus hijos y a todos los israelitas.
Reflexión del capítulo 21
Se fijan las condiciones de santidad exigidas a los sacerdotes, especialmente al sumo sacerdote: no podían contaminarse con contactos fúnebres salvo en la familia más cercana, ni casarse con divorciada o prostituta, debían conservar el rito y la integridad física. El sumo sacerdote, ungido y consagrado, llevaba la responsabilidad de no profanar el santuario. Estas normas subrayaban que quien media entre Dios y el pueblo debe ser ejemplo de entrega y pureza. Para la Iglesia, iluminan la exigencia del celibato y de la santidad ministerial, no como desprecio de la carne, sino como signo profético del Reino. El sacerdote representa a Cristo, esposo de la Iglesia. El texto nos recuerda también que toda vocación cristiana implica un grado de consagración: el bautizado está llamado a reflejar la santidad de quien lo eligió. La mediación sacramental descansa sobre la fidelidad de quien la administra.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy reza por la santidad de los sacerdotes y, si estás casado, redescubre tu matrimonio como vocación de fidelidad y servicio. Como todos bautizados, conságrate de nuevo a Dios con un gesto concreto de amor.
Oración
Señor, santifica a quienes has llamado a mediar entre ti y tu pueblo. Hazme fiel a mi propia vocación y ejemplo de tu amor para los demás. Amén.
Acerca del libro de Levítico
Levítico es el tercer libro del Pentateuco y el corazón litúrgico de la alianza del Sinaí. Tradicionalmente atribuido a Moisés, recoge las instrucciones que el Señor comunica desde la Tienda del Encuentro, dirigidas en especial a los sacerdotes hijos de Aarón, de la tribu de Leví, de donde recibe su nombre. No es un libro de narrativa, sino de ley sagrada y culto, compuesto en el desierto durante la peregrinación de Israel, en torno al siglo XIII a.C. Su contexto es el de un pueblo recién liberado de Egipto que debe aprender a vivir como nación santa en presencia de un Dios tres veces santo. Los temas centrales son el sacrificio, la pureza, la santidad y la expiación: Dios habita entre su pueblo, pero su santidad exige un camino de acercamiento y de reparación del pecado. Levítico ocupa un lugar clave en la historia de la salvación porque prepara, como sombra y pedagogía, la obra definitiva de Cristo; la Carta a los Hebreos lee en sus ritos el anuncio del único sacrificio perfecto. Para leerlo hoy en oración conviene no detenerse en la letra de las prescripciones rituales, sino descubrir su mensaje permanente: el respeto al Creador, el sentido del pecado, la necesidad de la reparación y la llamada universal a la santidad. La Iglesia ve en este libro una escuela de adoración y de misericordia que alcanza su plenitud en la Eucaristía, donde la ofrenda se vuelve communión.
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