Levítico

Antiguo Testamento | 27 capítulos | 858 versículos

Lv

Capítulo 24

1 Yahveh habló a Moisés, diciendo:

2 Manda a los israelitas que te traigan para el alumbrado aceite puro de oliva molida, para alimentar continuamente la llama.

3 Aarón lo preparará fuera del velo del Testimonio, en la Tienda del Encuentro para que arda de continuo ante Yahveh desde la tarde hasta la mañana. Es decreto perpetuo para vuestros descendientes.

4 El colocará las lámparas sobre el candelabro puro que permanece ante Yahveh.

5 Tomarás flor de harina, y cocerás con ella doce tortas, dos décimas para cada una.

6 Las colocarás en dos filas, seis en cada fila, sobre la mesa pura en la presencia de Yahveh.

7 Pondrás sobre cada fila incienso puro, que hará del pan un memorial, manjar abrasado para Yahveh.

8 Se colocará en orden cada sábado en presencia continua ante Yahveh de parte de los israelitas, como alianza perpetua.

9 Será de Aarón y de sus hijos, y lo comerán en lugar sagrado; porque lo considerarás como cosa sacratísima, de los manjares que se abrasan para Yahveh. Decreto perpetuo.

10 Había salido con los israelitas el hijo de una mujer israelita y de padre egipcio. Cuando el hijo de la israelita y un hombre de Israel riñeron en el campo,

11 el hijo de la israelita balsfemó y maldijo el Nombre, por lo que le llevaron ante Moisés. Su madre se llamaba Selomit, hija de Dibrí, de la tribu de Dan.

12 Lo retuvieron en custodia hasta decidir el caso por sentencia de Yahveh.

13 Y entonces Yahveh habló a Moisés y dijo:

14 Saca al blasfemo fuera del campamento; todos los que lo oyeron pongan las manos sobre su cabeza, y que lo lapide toda la comunidad.

15 Y hablarás así a los israelitas: Cualquier hombre que maldiga a su Dios, cargará con su pecado.

16 Quien blasfeme el Nombre de Yahveh, será muerto; toda la comunidad lo lapidará. Sea forastero o nativo, si blasfema el Nombre, morirá.

17 El que hiera mortalmente a cualquier otro hombre, morirá.

18 El que hiera de muerte a un animal indemnizará por él: vida por vida.

19 Si alguno causa una lesión a su prójimo, como él hizo así se le hará:

20 fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; se le hará la misma lesión que él haya causado a otro.

21 El que mate un animal, indemnizará por él; mas el que mate a un hombre, morirá.

22 Del mismo modo juzgarás al forastero y al nativo; porque yo soy Yahveh vuestro Dios.

23 Habló entonces Moisés a los israelitas. Sacaron al blasfemo fuera del campamento y lo lapidaron. Los israelitas hicieron como Yahveh había mandado a Moisés.

Reflexión del capítulo 24

Se disponen el pan de la presencia y el aceite de las lámparas, que debían estar siempre ante el Señor como signo de su providencia y de su luz permanente. Luego se narra el caso de un blasfemo, hijo de mujer israelita y egipcio, que maldice el Nombre y es llevado fuera del campamento para ser ejecutado por la asamblea. Se establece la ley del talión, 'ojo por ojo, diente por diente', como medida de justicia proporcional que limitaba la venganza desbocada. El capítulo revela la seriedad del Nombre de Dios, que no puede ser profanado, y la necesidad de justicia en la comunidad. Para el cristiano, Jesús perfecciona el talión con el amor a los enemigos y enseña a no jurar en vano. El pan y la luz ante el Señor prefiguran la Eucaristía y Cristo luz del mundo. El texto recuerda que honrar a Dios con la vida y con la lengua es deber de su pueblo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy cuida tu lenguaje: evita maldecir, jurar en vano o hablar mal de Dios y de los demás. Como gesto, enciende una vela en tu oración como signo de la luz de Cristo que debes mantener encendida.

Oración

Señor, tú eres luz y pan de vida. Guarda mi lengua de toda blasfemia y mantén encendida en mí tu luz para glorificar tu Nombre. Amén.

Acerca del libro de Levítico

Levítico es el tercer libro del Pentateuco y el corazón litúrgico de la alianza del Sinaí. Tradicionalmente atribuido a Moisés, recoge las instrucciones que el Señor comunica desde la Tienda del Encuentro, dirigidas en especial a los sacerdotes hijos de Aarón, de la tribu de Leví, de donde recibe su nombre. No es un libro de narrativa, sino de ley sagrada y culto, compuesto en el desierto durante la peregrinación de Israel, en torno al siglo XIII a.C. Su contexto es el de un pueblo recién liberado de Egipto que debe aprender a vivir como nación santa en presencia de un Dios tres veces santo. Los temas centrales son el sacrificio, la pureza, la santidad y la expiación: Dios habita entre su pueblo, pero su santidad exige un camino de acercamiento y de reparación del pecado. Levítico ocupa un lugar clave en la historia de la salvación porque prepara, como sombra y pedagogía, la obra definitiva de Cristo; la Carta a los Hebreos lee en sus ritos el anuncio del único sacrificio perfecto. Para leerlo hoy en oración conviene no detenerse en la letra de las prescripciones rituales, sino descubrir su mensaje permanente: el respeto al Creador, el sentido del pecado, la necesidad de la reparación y la llamada universal a la santidad. La Iglesia ve en este libro una escuela de adoración y de misericordia que alcanza su plenitud en la Eucaristía, donde la ofrenda se vuelve communión.

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