Sabiduría
Antiguo Testamento | 19 capítulos | 436 versículos
Capítulo 11
1 Ella dirigió felizmente sus empresas por medio de un profeta santo.
2 Atravesaron un desierto deshabitado y fijaron sus tiendas en parajes inaccesibles;
3 hicieron frente a sus enemigos y rechazaron a sus adversarios.
4 Tuvieron sed y te invocaron: de una roca abrupta se les dio agua, de una piedra dura, remedio para su sed.
5 Lo mismo que fue para sus enemigos un castigo, fue para ellos en su apuro un beneficio.
6 En vez de la fuente perenne de un río enturbiado por una mezcla de sangre y barro
7 en pena de su decreto infanticida, diste a los tuyos inesperadamente un agua abundante,
8 mostrándoles por la sed que entonces sufrieron de qué modo habías castigado a sus adversarios.
9 Pues cuando sufrieron su prueba - si bien con misericordia corregidos - conocieron cómo los impíos, juzgados con cólera, eran torturados;
10 pues a ellos los habías probado como padre que amonesta, pero a los otros los habías castigado como rey severo que condena.
11 Tanto estando lejos como cerca, igualmente se consumían,
12 pues una doble tristeza se apoderó de ellos, y un lamento con el recuerdo del pasado:
13 porque, al oír que lo mismo que era su castigo, era para los otros un beneficio, reconocieron al Señor;
14 pues al que antes hicieron exponer y luego rechazaron con escarnio, al final de los acontecimientos le admiraron después de padecer una sed bien diferente de la de los justos.
15 Por sus locos e inicuos pensamientos por los que, extraviados, adoraban reptiles sin razón y bichos despreciables, les enviaste en castigo muchedumbre de animales sin razón,
16 para que aprendiesen que, por donde uno peca, por allí es castigado.
17 Pues bien podía tu mano omnipotente - ella que de informe materia había creado el mundo - enviar contra ellos muchedumbre de osos o audaces leones,
18 o bien fieras desconocidas, entonces creadas, llenas de furor, respirando aliento de fuego, lanzando humo hediondo o despidiendo de sus ojos terribles centellas,
19 capaces, no ya de aniquilarlos con sus ataques, sino de destruirlos con sólo su estremecedor aspecto.
20 Y aun sin esto, de un simple soplo podían sucumbir, perseguidos por la Justicia, aventados por el soplo de tu poder. Pero tú todo lo dispusiste con medida, número y peso.
21 Pues el actuar con inmenso poder siempre está en tu mano. ¿Quién se podrá oponer a la fuerza de tu brazo?
22 Como lo que basta a inclinar una balanza, es el mundo entero en tu presencia, como la gota de rocío que a la mañana baja sobre la tierra.
23 Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan.
24 Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho.
25 Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?
26 Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida,
Reflexión del capítulo 11
El autor compara el trato de Dios con Egipto y con Israel. A los egipcios los castigó por su idolatría, pero poco a poco, para que pudieran arrepentirse; a su pueblo lo libró y lo alimentó en el desierto. Subraya una verdad central: Dios corrige a los enemigos con medida y da tiempo a la conversión, porque no se alegra de la pérdida de nadie. Al alumno lo disciplina con paciencia; al tirano lo golpea para que aprenda. El maná era un alimento que se adaptaba al gusto de cada uno, signo de la providencia tierna de Dios. El texto defiende la bondad divina frente a quienes creen que el castigo es crueldad: Dios permite el mal para conducir al bien y never se complace en la ruina. Es una meditación sobre la pedagogía de Dios, que usa incluso la adversidad como escuela. La Iglesia lee aquí la paciencia de Dios, que quiere la salvación de todos los hombres.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando Dios permita hoy una contrariedad, no te rebeles ni te desanimes: puede ser una corrección amorosa. Pide la gracia de aprovechar la prueba en lugar de quejarte. Y recuerda que Dios da a cada uno lo que necesita, aunque no siempre lo que pide.
Oración
Señor, tú corriges con medida y deseas la conversión de todos. Enséñame a leer tus avisos como signos de tu amor y a dejar que tu paciencia me conduzca al arrepentimiento. Amén.
Acerca del libro de Sabiduría
El libro de la Sabiduría, también llamado Sabiduría de Salomón, es una de las obras más luminosas del Antiguo Testamento y pertenece, en la Biblia católica, al conjunto de los libros deuterocanónicos, cuya condición inspirada y canónica el Concilio de Trento reafirmó solemnemente. Se compuso en griego, probablemente en Alejandría, hacia el siglo I a.C., en el seno de la comunidad judía de la diáspora, cuando la fe de Israel se enfrentaba a la seducción de la cultura helenística y a veces a la persecución. Aunque lleva el nombre de Salomón, su autor anónimo escribe bajo su figura para presentar la sabiduría como un don de Dios que sobrepasa toda filosofía humana.
La obra se divide en tres grandes bloques: una reflexión sobre la inmortalidad y el destino de los justos frente a los impíos (caps. 1-5), un himno a la sabiduría personificada y el relato de su búsqueda (caps. 6-9), y una revisión de la historia de Israel donde la sabiduría aparece como guía y libertadora (caps. 10-19). Sus temas centrales son la justicia de Dios, la esperanza de la resurrección, la vanidad de la idolatría y la providencia que acompaña a su pueblo a través del éxodo.
Para la fe cristiana, este libro es una preparación admirable al misterio de Cristo: el justo perseguido que triunfa, la sabiduría que es luz de las naciones, el éxodo como figura de la salvación. Leerlo hoy es aprender a vivir con la mirada puesta en lo eterno, a descubrir en el sufrimiento del inocente el anuncio de la cruz y a buscar en Dios la brújula de toda decisión. Se lee mejor como oración: pidiendo al Espíritu esa sabiduría que el mundo no da y que conduce a la vida.
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