Sabiduría
Antiguo Testamento | 19 capítulos | 436 versículos
Capítulo 7
1 Yo también soy un hombre mortal como todos, un descendiente del primero que fue formado de la tierra. En el seno de una madre fui hecho carne;
2 durante diez meses fui modelado en su sangre, de una semilla de hombre y del placer que acompaña al sueño.
3 Yo también, una vez nacido, aspiré el aire común, caí en la tierra que a todos recibe por igual y mi primera voz fue la de todos: lloré.
4 Me crié entre pañales y cuidados.
5 Pues no hay rey que haya tenido otro comienzo de su existencia;
6 una es la entrada en la vida para todos y una misma la salida.
7 Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría.
8 Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella.
9 Ni a la piedra más preciosa la equiparé, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena y barro parece la plata en su presencia.
10 La amé más que la salud y la hermosura y preferí tenerla a ella más que a la luz, porque la claridad que de ella nace no conoce noche.
11 Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos.
12 Y yo me regocijé con todos estos bienes porque la Sabiduría los trae, aunque ignoraba que ella fuese su madre.
13 Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico; no me guardo ocultas sus riquezas
14 porque es para los hombres un tesoro inagotable y los que lo adquieren se granjean la amistad de Dios recomendados por los dones que les trae la instrucción.
15 Concédame Dios hablar según él quiere y concebir pensamientos dignos de sus dones, porque él es quien guía a la Sabiduría y quien dirige a los sabios;
16 que nosotros y nuestras palabras en sus manos estamos con toda nuestra prudencia y destreza en el obrar.
17 Fue él quien me concedió un conocimiento verdadero de los seres, para conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos,
18 el principio, el fin y el medio de los tiempos, los cambios de los solsticios y la sucesión de las estaciones,
19 los ciclos del año y la posición de las estrellas,
20 la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras, el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces.
21 Cuanto está oculto y cuanto se ve, todo lo conocí, porque el artífice de todo, la Sabiduría, me lo enseñó.
22 Pues hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo,
23 incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.
24 Porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza.
25 Es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega a alcanzarla.
26 Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad.
27 Aun siendo sola, lo puede todo; sin salir de sí misma, renueva el universo; en todas las edades, entrando en las almas santas, forma en ellas amigos de Dios y profetas,
28 porque Dios no ama sino a quien vive con la Sabiduría.
29 Es ella, en efecto, más bella que el sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora,
30 porque a la luz sucede la noche, pero contra la Sabiduría no prevalece la maldad.
Reflexión del capítulo 7
El autor habla en primera persona como Salomón y confiesa su propia fragilidad: es mortal como todos, engendrado por un padre mortal. Reconoce que ningún dominio ni riqueza le bastan sin la sabiduría, y que ella es el tesoro que por encima de todo deseó. La sabiduría, dice, es un espíritu amante de los hombres, única, múltiple, sutil, incansable, penetrante, sin mancha. El autor la presenta casi como una persona viva que habita en todas las cosas y renueva el universo. Al comparar la sabiduría con todo lo demás —plata, salud, luz— afirma que no hay nada que se le iguale. Quien la posee posee un bien que nada supera. Este capítulo es el corazón poético del libro y presagia la identificación cristiana de la Sabiduría con el Verbo encarnado. Nos enseña a desear el conocimiento de Dios por encima de cualquier éxito, y a confiar en que la sabiduría es accesible a quien la busca con sinceridad y humildad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Haz hoy una oración sencilla pidiendo la sabiduría antes de tus tareas importantes. Ante una decisión difícil, no busques solo consejo humano: detente y pregunta a Dios qué es lo recto. Valora más aprender a vivir bien que acumular datos o bienes.
Oración
Señor, reconozco mi fragilidad y mi necesidad de tu luz. Dame la sabiduría que amas y que renueva todas las cosas, y pon en mí un corazón que la busque por encima de toda riqueza. Amén.
Acerca del libro de Sabiduría
El libro de la Sabiduría, también llamado Sabiduría de Salomón, es una de las obras más luminosas del Antiguo Testamento y pertenece, en la Biblia católica, al conjunto de los libros deuterocanónicos, cuya condición inspirada y canónica el Concilio de Trento reafirmó solemnemente. Se compuso en griego, probablemente en Alejandría, hacia el siglo I a.C., en el seno de la comunidad judía de la diáspora, cuando la fe de Israel se enfrentaba a la seducción de la cultura helenística y a veces a la persecución. Aunque lleva el nombre de Salomón, su autor anónimo escribe bajo su figura para presentar la sabiduría como un don de Dios que sobrepasa toda filosofía humana.
La obra se divide en tres grandes bloques: una reflexión sobre la inmortalidad y el destino de los justos frente a los impíos (caps. 1-5), un himno a la sabiduría personificada y el relato de su búsqueda (caps. 6-9), y una revisión de la historia de Israel donde la sabiduría aparece como guía y libertadora (caps. 10-19). Sus temas centrales son la justicia de Dios, la esperanza de la resurrección, la vanidad de la idolatría y la providencia que acompaña a su pueblo a través del éxodo.
Para la fe cristiana, este libro es una preparación admirable al misterio de Cristo: el justo perseguido que triunfa, la sabiduría que es luz de las naciones, el éxodo como figura de la salvación. Leerlo hoy es aprender a vivir con la mirada puesta en lo eterno, a descubrir en el sufrimiento del inocente el anuncio de la cruz y a buscar en Dios la brújula de toda decisión. Se lee mejor como oración: pidiendo al Espíritu esa sabiduría que el mundo no da y que conduce a la vida.
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