Sabiduría

Antiguo Testamento | 19 capítulos | 436 versículos

Sb

Capítulo 15

1 Mas tú, Dios nuestro, eres bueno y verdadero, paciente y que con misericordia gobiernas el universo.

2 Aunque pequemos, tuyos somos, porque conocemos tu poder; pero no pecaremos, porque sabemos que somos contados por tuyos.

3 Pues el conocerte a ti es la perfecta justicia y conocer tu poder, la raíz de la inmortalidad.

4 A nosotros no nos extraviaron las creaciones humanas de un arte perverso, ni el inútil trabajo de los pintores, figuras embadurnadas de colores abigarrados,

5 cuya contemplación despierta la pasión en los insensatos que codician la figura sin aliento de una imagen muerta.

6 Apasionados del mal son y dignos de tales esperanzas los que las crean, los que las codician, los que las adoran.

7 Un alfarero trabaja laboriosamente la tierra blanda y modela diversas piezas, todas para nuestro uso; unas van destinadas a usos nobles, otras al contrario, pero todas las modela de igual manera y de la misma arcilla. Sobre el servicio diverso que unas y otras han de prestar, es el alfarero quien decide.

8 Pero luego - ¡mala pena que se toma! - de la misma arcilla modela una vana divinidad. Y la modela él, que poco ha nació de la tierra y que pronto habrá de volver a la tierra de donde fue sacado, cuando le reclamen la devolución de su alma.

9 Pero no se preocupa de que va a morir, de que es efímera su vida; antes rivaliza con orfebres y plateros, imita las obras del broncista y se ufana de modelar falsificaciones.

10 Escoria es su corazón, más vil que la tierra su esperanza, más abyecta que la arcilla su vida,

11 porque desconoció al que le modeló a él, al que le inspiró un alma activa y le infundió un espíritu vivificante.

12 Piensa que la existencia es un juego de niños y la vida, un lucrativo mercado: «Es preciso ganar, dice, por todos los medios, aun malos.»

13 Este hombre más que nadie sabe que peca, como quien de una misma masa de tierra fabrica frágiles piezas y estatuas de ídolos.

14 Insensatos todos en sumo grado y más infelices que el alma de un niño, los enemigos de tu pueblo que un día le oprimieron;

15 como que tuvieron por dioses a todos los ídolos de los gentiles, que no pueden valerse de los ojos para ver, ni de la nariz para respirar, ni de los oídos para oír, ni de los dedos de las manos para tocar, y sus pies son torpes para andar.

16 Al fin, un hombre los hizo, uno que recibió en préstamo el espíritu los modeló; y no hay hombre que modele un dios igual a sí mismo;

17 mortal como es, un ser muerto produce con sus manos impías. Vale ciertamente más que las cosas que adora: él, un tiempo al menos, goza de vida, ellos jamás.

18 Adoran, además, a los bichos más repugnantes que en estupidez superan a todos los demás;

19 ni siquiera poseen la belleza de los animales que, a su modo, cautiva al contemplarlos; están excluidos de la aprobación de Dios y de su bendición.

Reflexión del capítulo 15

El capítulo continúa la crítica a la idolatría comparándola con el oficio del alfarero. El hombre trabaja el barro para hacer una vasija útil, pero con el sobrante fabrica un dios absurdo al que luego adora. Es la cúspide del absurdo: la criatura adora a una criatura hecha por sí misma. El autor recuerda que el ídolo es sordo, ciego, sin aliento. En contraste, el pueblo de Dios tiene al Padre misericordioso que lo corrige por amor. El texto usa la imagen del alfarero para afirmar también que Dios modela a su pueblo como arcilla en manos del artista. Hay aquí un eco de Jeremías. La lección es doble: la idolatría es necedad, y la verdadera relación con Dios es la de hijos moldeados por su mano. La Iglesia ha visto en esto un llamado a la humildad: somos barro, pero barro amado y destinado a ser templo del Espíritu.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy acoge una corrección o una limitación como mano de alfarero que te está formando. No te angusties por tus fallos: eres arcilla en proceso. Y evita juzgar a quienes parecen «idólatras modernos»; recuérdales con tu vida que hay un Dios que moldea y ama.

Oración

Señor, tú eres el alfarero y yo tu arcilla. No me dejes endurecerme en mis ídolos, sino moldéame con paciencia y haz de mí una vasija útil para tu amor. Amén.

Acerca del libro de Sabiduría

El libro de la Sabiduría, también llamado Sabiduría de Salomón, es una de las obras más luminosas del Antiguo Testamento y pertenece, en la Biblia católica, al conjunto de los libros deuterocanónicos, cuya condición inspirada y canónica el Concilio de Trento reafirmó solemnemente. Se compuso en griego, probablemente en Alejandría, hacia el siglo I a.C., en el seno de la comunidad judía de la diáspora, cuando la fe de Israel se enfrentaba a la seducción de la cultura helenística y a veces a la persecución. Aunque lleva el nombre de Salomón, su autor anónimo escribe bajo su figura para presentar la sabiduría como un don de Dios que sobrepasa toda filosofía humana.

La obra se divide en tres grandes bloques: una reflexión sobre la inmortalidad y el destino de los justos frente a los impíos (caps. 1-5), un himno a la sabiduría personificada y el relato de su búsqueda (caps. 6-9), y una revisión de la historia de Israel donde la sabiduría aparece como guía y libertadora (caps. 10-19). Sus temas centrales son la justicia de Dios, la esperanza de la resurrección, la vanidad de la idolatría y la providencia que acompaña a su pueblo a través del éxodo.

Para la fe cristiana, este libro es una preparación admirable al misterio de Cristo: el justo perseguido que triunfa, la sabiduría que es luz de las naciones, el éxodo como figura de la salvación. Leerlo hoy es aprender a vivir con la mirada puesta en lo eterno, a descubrir en el sufrimiento del inocente el anuncio de la cruz y a buscar en Dios la brújula de toda decisión. Se lee mejor como oración: pidiendo al Espíritu esa sabiduría que el mundo no da y que conduce a la vida.

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