Sabiduría

Antiguo Testamento | 19 capítulos | 436 versículos

Sb

Capítulo 16

1 Por eso, mediante seres semejantes, fueron justamente castigados; una multitud de bichos les sometieron a tormento.

2 En vez de tal castigo, concediste favores a tu pueblo: para satisfacer su voraz apetito, les preparaste como alimento un manjar exquisito: codornices;

3 para que aquéllos, aun ansiando el alimento, por el asqueroso aspecto de los bichos que les enviabas, hasta el apetito natural perdiesen, y éstos, pasadas unas breves privaciones, viniesen a gustar manjares exquisitos.

4 Era razón que aquéllos, los opresores, sufrieran un hambre irremediable, mientras a éstos bastaba mostrarles la clase de tormento que sus enemigos padecían.

5 Incluso cuando cayó sobre ellos la ira terrible de animales feroces, cuando por mordeduras de sinuosas serpientes perecían, no persistió tu cólera hasta el fin.

6 Como advertencia se vieron atribulados por breve tiempo, pues tenían una señal de salvación como recuerdo del mandamiento de tu Ley;

7 y el que a ella se volvía, se salvaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador de todos.

8 De este modo convenciste a nuestros enemigos de que tú eres el que libras de todo mal:

9 a ellos picaduras de langostas y moscas los mataban, - y bien merecían que bichos tales los castigasen - sin que remedio hallaran para su vida;

10 a tus hijos, en cambio, ni dientes de serpientes venenosas los vencieron, pues vino tu misericordia en su socorro y los sanó.

11 Las mordeduras - pronto curadas - les recordaban tus preceptos no fuera que, cayendo en profundo olvido, se vieran excluidos de tu liberalidad.

12 Ni los curó hierba ni emplasto alguno, sino tu palabra, Señor, que todo lo sana.

13 Pues tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir.

14 El hombre, en cambio, puede matar por su maldad, pero no hacer tornar al espíritu que se fue, ni liberar al alma ya acogida en el Hades.

15 Es imposible escapar de tu mano.

16 Los impíos que rehusaban conocerte fueron fustigados por la fuerza de tu brazo; lluvias insólitas, granizadas, aguaceros implacables los persigueron y el fuego los devoró.

17 Y lo más extraño era que con el agua, que todo lo apaga, el fuego cobraba una violencia mayor. El universo, en efecto, combate en favor de los justos.

18 Las llamas unas veces se amansaban para no consumir a los animales enviados contra los impíos, y darles a entender, por lo que veían, que el juicio de Dios les hostigaba;

19 pero otras, aun en medio de las aguas, abrasaban con fuerza superior a la del fuego para destruir las cosechas de una tierra inicua.

20 A tu pueblo, por el contrario, le alimentaste con manjar de ángeles; les suministraste, sin cesar desde el ciel un pan ya preparado que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos.

21 El sustento que les dabas revelaba tu dulzura con tus hijos pues, adaptándose al deseo del que lo tomaba, se tranformaba en lo que cada uno quería.

22 Nieve y hielo resistían al fuego sin fundirse, para que supieran que el fuego, para destruir las cosechas de sus enemigos, entre el granizo abrasaba y fulguraba entre la lluvia,

23 mientras que, para que los justos pudieran sustentarse, hasta de su natural poder se olvidaba.

24 Porque la creación, sirviéndote a ti, su Hacedor, se embravece para castigo de los inicuos y se amansa en favor de los que en ti confían.

25 Por eso, también entonces, cambiándose en todo, servía a tu liberalidad que a todos sustenta, conforme al deseo de los necesitados.

26 De este modo enseñabas a tus hijos queridos, Señor, que no son las diversas especies de frutos los que alimentan al hombre, sino que es tu palabra la que mantiene a los que creen en ti.

27 El fuego no alcanzaba a disolver lo que sencillamente derretía el calor de un breve rayo de sol.

28 Con ello le enseñabas que debían adelantarse al sol para darte gracias y recurrir a ti al rayar el día,

29 pues la esperanza del ingrato como escarcha invernal se derrite y corre como agua inútil.

Reflexión del capítulo 16

El autor vuelve a las maravillas del éxodo, leídas como contrastes entre Egipto e Israel. Las codornices que Dios envió fueron alimento, pero también prueba para los codiciosos; las serpientes que mordían a Israel eran castigo y a la vez remedio, pues la mirada a la serpiente de bronce sanaba. El fuego de las langostas se apagaba solo ante los justos. Todo esto muestra que la creación obedece a su Creador y se vuelve instrumento de misericordia o de juicio según convenga a la salvación. El maná, además, era incorruptible para los que lo recogían con fe. El capítulo afirma que la misma naturaleza que castiga al impío sostiene al justo. Es una meditación sobre la providencia que dispone todas las cosas para el bien de los que aman a Dios. La serpiente de bronce anuncia ya el signo de la cruz, por el cual miramos y somos curados.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy, cuando una prueba o una tentación te muerda, no te desesperes: levanta la mirada a Cristo en la cruz y pide sanación. Recibe los dones de cada día con fe y sin codicia. Agradece que la misma vida que te castiga pueda también curarte si la entregas a Dios.

Oración

Señor, tú dispones todas las cosas para nuestra salvación y aun las pruebas las vuelves remedio. Haz que, mirando a Cristo en la cruz, encuentre curación y aprenda a recibir tus dones con fe y sin codicia. Amén.

Acerca del libro de Sabiduría

El libro de la Sabiduría, también llamado Sabiduría de Salomón, es una de las obras más luminosas del Antiguo Testamento y pertenece, en la Biblia católica, al conjunto de los libros deuterocanónicos, cuya condición inspirada y canónica el Concilio de Trento reafirmó solemnemente. Se compuso en griego, probablemente en Alejandría, hacia el siglo I a.C., en el seno de la comunidad judía de la diáspora, cuando la fe de Israel se enfrentaba a la seducción de la cultura helenística y a veces a la persecución. Aunque lleva el nombre de Salomón, su autor anónimo escribe bajo su figura para presentar la sabiduría como un don de Dios que sobrepasa toda filosofía humana.

La obra se divide en tres grandes bloques: una reflexión sobre la inmortalidad y el destino de los justos frente a los impíos (caps. 1-5), un himno a la sabiduría personificada y el relato de su búsqueda (caps. 6-9), y una revisión de la historia de Israel donde la sabiduría aparece como guía y libertadora (caps. 10-19). Sus temas centrales son la justicia de Dios, la esperanza de la resurrección, la vanidad de la idolatría y la providencia que acompaña a su pueblo a través del éxodo.

Para la fe cristiana, este libro es una preparación admirable al misterio de Cristo: el justo perseguido que triunfa, la sabiduría que es luz de las naciones, el éxodo como figura de la salvación. Leerlo hoy es aprender a vivir con la mirada puesta en lo eterno, a descubrir en el sufrimiento del inocente el anuncio de la cruz y a buscar en Dios la brújula de toda decisión. Se lee mejor como oración: pidiendo al Espíritu esa sabiduría que el mundo no da y que conduce a la vida.

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