Sabiduría
Antiguo Testamento | 19 capítulos | 436 versículos
Capítulo 8
1 Se despliega vigorosamente de un confín al otro del mundo y gobierna de excelente manera el universo.
2 Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza.
3 Realza su nobleza por su convivencia con Dios, pues el Señor de todas las cosas la amó.
4 Pues está iniciada en la ciencia de Dios y es la que elige sus obras.
5 Si en la vida la riqueza es una posesión deseable, ¿qué cosa más rica que la Sabiduría que todo lo hace?
6 Si la inteligencia es creadora, ¿quién sino la Sabiduría es el artífice de cuanto existe?
7 ¿Amas la justicia? Las virtudes son sus empeños, pues ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza: lo más provechoso para el hombre en la vida.
8 ¿Deseas además gran experiencia? Ella conoce el pasado y conjetura el porvenir, sabe interpretar las máximas y resolver los enigmas, conoce de antemano las señales y los prodigios, así como la sucesión de épocas y tiempos.
9 Decidí, pues, tomarla por compañera de mi vida, sabiendo que me sería una consejera para el bien y un aliento en las preocupaciones y penas:
10 «Tendré gracias a ella gloria entre la gente, y, aunque joven, honor ante los ancianos.
11 Apareceré agudo en el juicio y en presencia de los poderosos seré admirado.
12 Si callo, esperarán; si hablo, prestarán atención; si me alargo hablando, pondrán la mano en su boca.
13 Gracias a ella tendré la inmortalidad y dejaré recuerdo eterno a los que después de mí vengan.
14 Gobernaré a los pueblos, y las naciones me estarán sometidas.
15 Oyendo hablar de mí, soberanos terribles temerán. Me mostraré bueno entre las multitudes y valiente en la guerra.
16 Vuelto a casa, junto a ella descansaré, pues no causa amargura su compañía ni tristeza la convivencia con ella, sino satisfacción y alegría».
17 Pensando esto conmigo mismo y considerando en mi corazón que se encuentra la inmortalidad en emparentar con la Sabiduría,
18 en su amistad un placer bueno, en los trabajos de sus manos inagotables riquezas, prudencia en cultivar su trato y prestigio en conversar con ella, por todos los medios buscaba la manera de hacérmela mía.
19 Era yo un muchacho de buen natural, me cupo en suerte un alma buena,
20 o más bien, siendo bueno, vine a un cuerpo incontaminado;
21 pero, comprendiendo que no podría poseer la Sabiduría si Dios no me la daba, - y ya era un fruto de la prudencia saber de quién procedía esta gracia - recurrí al Señor y le pedí, y dije con todo mi corazón:
Reflexión del capítulo 8
La sabiduría se presenta como una compañera de inconmensurable belleza. El autor desea hacerla morada suya porque sabe que ella lo guiará bien y lo defenderá en su trabajo. Con la sabiduría vienen la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, esas virtudes que constituyen el verdadero bien del hombre. Ella enseña a conocer los designios de Dios y a agradarle con rectitud. El capítulo une sabiduría y virtud: no se trata de un saber abstracto, sino de una forma de vivir. Poseer la sabiduría es poseer la inmortalidad, porque ella es participación del espíritu de Dios. El autor incluso se pregunta quién puede conocer los planes divinos si Dios no da la sabiduría y envía su Espíritu Santo. Es un texto que los Padres de la Iglesia amaron al hablar del Espíritu, y que nos recuerda que la vida buena no nace de la propia astucia, sino del don de Dios que ilumina la conducta.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Identifica hoy una virtud que te cuesta —la paciencia, la honestidad, la templanza— y pídele a la sabiduría que te la enseñe. No quieras solo saber, sino vivir lo que sabes. Al acostarte, repasa si hoy tu conducta fue recta y deja que Dios te corrija con amor.
Oración
Señor, envía tu Espíritu Santo para que me conceda la sabiduría que me hace vivir en justicia. Que ella guíe mis obras y me defienda del error, y que por ella aprenda a agradarte. Amén.
Acerca del libro de Sabiduría
El libro de la Sabiduría, también llamado Sabiduría de Salomón, es una de las obras más luminosas del Antiguo Testamento y pertenece, en la Biblia católica, al conjunto de los libros deuterocanónicos, cuya condición inspirada y canónica el Concilio de Trento reafirmó solemnemente. Se compuso en griego, probablemente en Alejandría, hacia el siglo I a.C., en el seno de la comunidad judía de la diáspora, cuando la fe de Israel se enfrentaba a la seducción de la cultura helenística y a veces a la persecución. Aunque lleva el nombre de Salomón, su autor anónimo escribe bajo su figura para presentar la sabiduría como un don de Dios que sobrepasa toda filosofía humana.
La obra se divide en tres grandes bloques: una reflexión sobre la inmortalidad y el destino de los justos frente a los impíos (caps. 1-5), un himno a la sabiduría personificada y el relato de su búsqueda (caps. 6-9), y una revisión de la historia de Israel donde la sabiduría aparece como guía y libertadora (caps. 10-19). Sus temas centrales son la justicia de Dios, la esperanza de la resurrección, la vanidad de la idolatría y la providencia que acompaña a su pueblo a través del éxodo.
Para la fe cristiana, este libro es una preparación admirable al misterio de Cristo: el justo perseguido que triunfa, la sabiduría que es luz de las naciones, el éxodo como figura de la salvación. Leerlo hoy es aprender a vivir con la mirada puesta en lo eterno, a descubrir en el sufrimiento del inocente el anuncio de la cruz y a buscar en Dios la brújula de toda decisión. Se lee mejor como oración: pidiendo al Espíritu esa sabiduría que el mundo no da y que conduce a la vida.
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