Zacarías

Antiguo Testamento | 14 capítulos | 211 versículos

Za

Capítulo 11

1 Abre tus puertas, Líbano, y el fuego devore tus cedros.

2 Gime, ciprés, porque ha caído el cedro, porque los majestuosos han sido arrasados. Gemid, encinas de Basán, porque ha sido abatida la selva impenetrable.

3 Se oye gemido de pastores, porque ha sido arrasado su esplendor, se oye rugido de leones, porque ha sido arrasada la gloria del Jordán.

4 Así dice Yahveh mi Dios: Apacienta las ovejas de matadero,

5 esas que sus compradores matan impunemente, mientras sus vendedores dicen: «¡Bendito sea Yahveh; ya soy rico!», y a las que no perdonan los pastores.

6 Pues yo no perdonaré más a los habitantes de esta tierra, oráculo de Yahveh; mas he aquí que voy a entregar a los hombres, a cada uno en manos de su vecino y en manos de su rey; ellos aplastarán la tierra y yo no los libraré de sus manos.

7 Apacenté, pues, las ovejas de matadero destinadas a los tratantes de ovejas, y me procuré dos cayados: a uno lo llamé «Gracia» y al otro «Vínculo». Me puse a apacentar las ovejas,

8 y me deshice de los tres pastores en un mes. Pero mi alma se impacientó con ellos y su alma también se hastió de mí.

9 Entonces dije: «¡No os apacentaré más; la que tenga que morir, que muera, la que tenga que desaparecer, que desaparezca, y las que queden, que se coman unas a otras!»

10 Tomé luego mi cayado «Gracia» y lo partí, para romper la alianza que Yahveh había concluido con todos los pueblos.

11 Quedó roto aquel día, y los tratantes de ovejas que me observaban supieron que era una palabra de Yahveh.

12 Yo les dije: «Si os parece bien, dadme mi jornal; sino, dejadlo.» Ellos pesaron mi jornal: treinta siclos de plata.

13 Yahveh me dijo: «¡Echalo al tesoro, esa lindeza de precio en que me han apreciado!» Tomé, pues, los treinta siclos de plata y los eché en la Casa de Yahveh, en el tesoro.

14 Después partí mi segundo cayado «Vínculo», para romper la fraternidad entre Judá e Israel.

15 Yahveh me dijo entonces: «Toma todavía el hato de un pastor necio.

16 Pues he aquí que yo voy a suscitar en esta tierra un pastor que no hará caso de la oveja perdida, ni buscará a la extraviada, ni curará a la herida, ni se ocupará de la sana, sino que comerá la carne de la cebada, y hasta las uñas les arrancará.

17 ¡Ay del pastor inútil que abandona las ovejas! ¡Espada sobre su brazo y sobre su ojo derecho; que su brazo se seque del todo, y del todo se oscurezca su ojo!»

Reflexión del capítulo 11

Este capítulo, uno de los más dramáticos del libro, presenta al profeta asumiendo el papel de pastor. Se le manda apacentar las ovejas destinadas al matadero, esas que los compradores matan impunemente y los vendedores bendicen por enriquecerse. Zacarías toma dos cayados y los llama Gracia y Vínculo. Pero el rebaño lo aborrece y él se impacienta; entonces rompe el cayado Gracia, quebrantando la alianza, y luego el Vínculo, rompiendo la fraternidad entre Judá e Israel. Cuando pide su jornal, le pesan treinta siclos de plata, el precio de un esclavo: el salario despreciable con que valoraron su trabajo. Y el Señor le dice que arroje esa lindeza de precio al tesoro de su Casa; así lo hace. Después se le ordena tomar el hato de un pastor necio, figura de los malos pastores que no buscan a la extraviada, ni curan a la herida, sino que devoran al rebaño. El capítulo termina con un ay contra el pastor inútil que abandona las ovejas. Esta página ilumina la Pasión: los treinta siclos de plata y el pastor despreciado por su pueblo señalan a Jesús, vendido por precio de esclavo y rechazado por los suyos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy examina cómo ejerces tu autoridad, si la tienes: ¿cuidas o te sirves? Elige un gesto que cuide a los más vulnerables —un anciano, un enfermo, un empleado— y no midas tu servicio por la recompensa recibida, sino por el amor con que lo das.

Oración

Señor Jesús, pastor vendido y despreciado por los tuyos, que diste la vida por las ovejas, líbranos de servirnos de los demás en lugar de cuidarlos. Danos entrañas de misericordia hacia los abandonados. Amén.

Acerca del libro de Zacarías

El profeta Zacarías, hijo de Berekías e hijo de Iddó, ejerció su ministerio en Jerusalén tras el destierro de Babilonia, en el mismo período que el profeta Ageo. Su primera profecía está fechada en el octavo mes del segundo año del rey Darío, es decir, hacia el año 520 a. C., cuando un resto de judíos había vuelto a la tierra y trabajaba, con desaliento, en la reconstrucción del Templo. Su nombre significa Yahveh se acuerda, y esa convicción atraviesa todo el libro: Dios no ha olvidado a su pueblo. La obra se divide en dos grandes partes. La primera (caps. 1-8) recoge ocho visiones nocturnas y varios oráculos: los jinetes que recorren la tierra, los cuernos y los herreros, el hombre con la cuerda de medir, el sumo sacerdote Josué purificado, el candelabro de oro y los dos olivos, el rollo volante y la medida de la maldad, y los cuatro carros. En ellas Dios consuela a Jerusalén, promete su reconstrucción y anuncia al Germen, el vástago mesiánico que edificará el Templo. La segunda parte (caps. 9-14) mira al futuro con oráculos sobre el rey humilde que entra montado en un asno, el pastor vendido por treinta siclos de plata, el traspasado por el que se hará duelo y la fuente abierta para lavar el pecado. Por eso Zacarías es uno de los profetas más citados en la Pasión de Cristo. Su mensaje insiste en que la obra de Dios no se realiza por la fuerza ni por el poder, sino por su Espíritu, y en que la auténtica conversión se manifiesta en justicia, misericordia y verdad. Para el creyente católico, Zacarías es una escuela de esperanza: enseña a confiar en las promesas de Dios incluso cuando los comienzos parecen pequeños y la ciudad aún está en ruinas.

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