Zacarías
Antiguo Testamento | 14 capítulos | 211 versículos
Capítulo 2
1 Alcé luego mis ojos y tuve una visión: Eran cuatro cuernos.
2 Y dije al ángel que hablaba conmigo: «¿Qué son éstos?» Me dijo: «Son los cuernos que dispersaron a Judá (a Israel) y a Jerusalén.»
3 Yahveh me hizo ver después cuatro herreros.
4 Y dije: «¿Qué vienen a hacer éstos?» El habló y dijo: «(Aquellos son los cuernos que dispersaron a Judá, hasta que nadie osó levantar cabeza.) Y éstos han venido a espantarlos (a abatir los cuernos de las naciones que alzaron el cuerno contra la tierra de Judá para dispersarla).»
5 Alcé los ojos y tuve una visión: Era un hombre con una cuerda de medir en la mano.
6 Le dije: «¿A dónde vas?» Me dijo: «A medir a Jerusalén, a ver cuánta es su anchura y cuánta su longitud.»
7 En esto, salió el ángel que hablaba conmigo, y otro ángel salió a su encuentro
8 y le dijo: «Corre, habla a ese joven y dile: Como las ciudades abiertas será habitada Jerusalén, debido a la multitud de hombres y ganados que habrá dentro de ella.
9 Y yo seré para ella - oráculo de Yahveh - muralla de fuego en torno, y dentro de ella seré gloria.»
10 ¡Hala, hala, huid del país del Norte - oráculo de Yahveh, - ya que a los cuatro vientos del cielo os esparcí yo! - oráculo de Yahveh -
11 ¡Hala, sálvate, Sión, tú que moras en Babilonia!
12 Pues así dice Yahveh Sebaot que tras la gloria me ha enviado a las naciones que os despojaron: «El que os toca a vosotros a la niña de mi ojo toca.»
13 He aquí que yo alzo mi mano contra ellas, y serán despojo de sus mismos esclavos. Sabréis así que Yahveh Sebaot me ha enviado.
14 Grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti, oráculo de Yahveh.
15 Muchas naciones se unirán a Yahveh aquel día: serán para mí un pueblo, y yo moraré en medio de ti. Sabrás así que Yahveh Sebaot me ha enviado a ti.
16 Poseerá Yahveh a Judá, porción suya en la Tierra Santa, y elegirá de nuevo a Jerusalén.
17 ¡Silencio, toda carne, delante de Yahveh, porque él se despierta de su santa Morada!
Reflexión del capítulo 2
La segunda visión muestra cuatro cuernos que dispersaron a Judá y Jerusalén, y luego cuatro herreros que vienen a abatirlos: el poder que humilló al pueblo no quedará sin respuesta. Viene después el hombre con una cuerda de medir, enviado a medir Jerusalén. Pero la orden que recibe es sorprendente: no se trata de trazar límites estrechos, sino de anunciar que la ciudad será habitada como campo abierto, por la multitud de hombres y ganados que habrá dentro de ella. Y Dios mismo promete ser para ella muralla de fuego en torno, y gloria en su interior. Sigue un llamamiento urgente: huid del país del Norte, salvad, Sión, tú que moras en Babilonia. El Señor anuncia que se enfrentará a las naciones que despojaron a su pueblo, y emplea una imagen entrañable: quien os toca a vosotros toca la niña de mi ojo. El capítulo culmina con la promesa de la presencia divina: grita de gozo, hija de Sión, porque yo vengo a morar dentro de ti; muchas naciones se unirán a Yahveh y serán su pueblo. Y ante tan gran misterio, toda carne debe callar: el Señor se despierta de su santa Morada.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Dios promete habitar en medio de su pueblo, y tú eres parte de ese pueblo. Hoy prepara un espacio interior para su presencia: ordena tu jornada, reserva un rato de silencio y deja a un lado las seguridades falsas —como los desterrados debían dejar Babilonia—. Y si alguien sufre por su fe, hazle saber que tocarle es tocar la niña del ojo de Dios.
Oración
Señor, muralla de fuego y gloria en medio de tu pueblo, arranca de nosotros todo apego a la esclavitud y ven a morar en nuestro interior. Que tu presencia nos haga testigos de esperanza ante los que sufren. Amén.
Acerca del libro de Zacarías
El profeta Zacarías, hijo de Berekías e hijo de Iddó, ejerció su ministerio en Jerusalén tras el destierro de Babilonia, en el mismo período que el profeta Ageo. Su primera profecía está fechada en el octavo mes del segundo año del rey Darío, es decir, hacia el año 520 a. C., cuando un resto de judíos había vuelto a la tierra y trabajaba, con desaliento, en la reconstrucción del Templo. Su nombre significa Yahveh se acuerda, y esa convicción atraviesa todo el libro: Dios no ha olvidado a su pueblo. La obra se divide en dos grandes partes. La primera (caps. 1-8) recoge ocho visiones nocturnas y varios oráculos: los jinetes que recorren la tierra, los cuernos y los herreros, el hombre con la cuerda de medir, el sumo sacerdote Josué purificado, el candelabro de oro y los dos olivos, el rollo volante y la medida de la maldad, y los cuatro carros. En ellas Dios consuela a Jerusalén, promete su reconstrucción y anuncia al Germen, el vástago mesiánico que edificará el Templo. La segunda parte (caps. 9-14) mira al futuro con oráculos sobre el rey humilde que entra montado en un asno, el pastor vendido por treinta siclos de plata, el traspasado por el que se hará duelo y la fuente abierta para lavar el pecado. Por eso Zacarías es uno de los profetas más citados en la Pasión de Cristo. Su mensaje insiste en que la obra de Dios no se realiza por la fuerza ni por el poder, sino por su Espíritu, y en que la auténtica conversión se manifiesta en justicia, misericordia y verdad. Para el creyente católico, Zacarías es una escuela de esperanza: enseña a confiar en las promesas de Dios incluso cuando los comienzos parecen pequeños y la ciudad aún está en ruinas.
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