Zacarías
Antiguo Testamento | 14 capítulos | 211 versículos
Capítulo 12
1 Oráculo. Palabra de Yahveh sobre Israel. Oráculo de Yahveh, el que despliega los cielos, funda la tierra y forma el espíritu del hombre en su interior.
2 He aquí que yo hago de Jerusalén una copa de vértigo para todos los pueblos del contorno (durante el asedio contra Jerusalén). (2-b) (y también sobre Judá).
3 Aquel día haré yo de Jerusalén una piedra de levantamiento para todos los pueblos: todos los que la levanten se desgarrarán completamente. Y contra ella se congregarán todas las naciones de la tierra.
4 Aquel día - oráculo de Yahveh - heriré de aturdimiento a todo caballo, y a su caballero, de locura. Y a todos los pueblos heriré de ceguera. (Mas sobre la casa de Judá abriré mis ojos.)
5 Entonces dirán en su corazón los jefes de Judá: «La fuerza de los habitantes de Jerusalén está en Yahveh Sebaot su Dios.»
6 Aquel día haré de los jefes de Judá como un brasero con fuego de leña, como una antorcha con fuego de gavillas; y devorarán a derecha e izquierda a todos los pueblos del contorno, mientras que Jerusalén será de nuevo habitada en su lugar.
7 Salvará Yahveh en primer lugar a las tiendas de Judá, para que el prestigio de la casa de David y el prestigio de los habitantes de Jerusalén no se crezca sobre Judá.
8 Aquel día protegerá Yahveh a los habitantes de Jerusalén: el más flaco entre ellos será aquel día como David, y la casa de David será como Dios, como un ángel de Yahveh, al frente de ellos.
9 Aquel día me dispondré a destruir a todas las naciones que vengan contra Jerusalén;
10 derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito.
11 Aquel día será grande la lamentación en Jerusalén, como la lamentación de Hadad Rimmón en la llanura de Meguiddó.
12 Y se lamentará el país, cada familia aparte: la familia de la casa de David aparte y sus mujeres aparte; la familia de la casa de Natán aparte y sus mujeres aparte;
13 la familia de la casa de Leví aparte; y sus mujeres aparte; la familia de la casa de Semeí aparte y sus mujeres aparte;
14 todas las demás familias, cada familia aparte y sus mujeres aparte.
Reflexión del capítulo 12
El capítulo anuncia la prueba y la salvación de Jerusalén. El Señor, que despliega los cielos y forma el espíritu del hombre, hará de la ciudad una copa de vértigo y una piedra de levantamiento para todos los pueblos: quienes intenten alzarla se desgarrarán. Cuando se congreguen las naciones contra ella, Dios herirá de aturdimiento a los caballos y de ceguera a los pueblos, pero sobre la casa de Judá abrirá sus ojos. Los jefes de Judá reconocerán que la fuerza de los habitantes de Jerusalén está en Yahveh. El más flaco entre ellos será como David, y la casa de David será como Dios, como un ángel del Señor al frente de ellos. Pero el centro del capítulo es una revelación sobrecogedora: derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración, y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como por un hijo único, y lo llorarán amargamente como a un primogénito. El evangelista Juan verá cumplida esta palabra en el costado abierto de Cristo en la cruz. La lamentación será universal, familia por familia, cada una aparte.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
El capítulo promete un espíritu de gracia y de oración, y ese don se acoge arrodillándose. Hoy contempla a Cristo traspasado: ante un crucifijo, deja que el dolor por tus pecados se convierta en gratitud y en súplica. Pide al Señor el don de la oración y reza por la conversión de quienes aún no le conocen, sin juzgarlos.
Oración
Señor, que derramas un espíritu de gracia y de oración, abre nuestros ojos para mirar al que traspasaron. Que el dolor de nuestros pecados se vuelva amor agradecido y súplica confiada por los que no te conocen. Amén.
Acerca del libro de Zacarías
El profeta Zacarías, hijo de Berekías e hijo de Iddó, ejerció su ministerio en Jerusalén tras el destierro de Babilonia, en el mismo período que el profeta Ageo. Su primera profecía está fechada en el octavo mes del segundo año del rey Darío, es decir, hacia el año 520 a. C., cuando un resto de judíos había vuelto a la tierra y trabajaba, con desaliento, en la reconstrucción del Templo. Su nombre significa Yahveh se acuerda, y esa convicción atraviesa todo el libro: Dios no ha olvidado a su pueblo. La obra se divide en dos grandes partes. La primera (caps. 1-8) recoge ocho visiones nocturnas y varios oráculos: los jinetes que recorren la tierra, los cuernos y los herreros, el hombre con la cuerda de medir, el sumo sacerdote Josué purificado, el candelabro de oro y los dos olivos, el rollo volante y la medida de la maldad, y los cuatro carros. En ellas Dios consuela a Jerusalén, promete su reconstrucción y anuncia al Germen, el vástago mesiánico que edificará el Templo. La segunda parte (caps. 9-14) mira al futuro con oráculos sobre el rey humilde que entra montado en un asno, el pastor vendido por treinta siclos de plata, el traspasado por el que se hará duelo y la fuente abierta para lavar el pecado. Por eso Zacarías es uno de los profetas más citados en la Pasión de Cristo. Su mensaje insiste en que la obra de Dios no se realiza por la fuerza ni por el poder, sino por su Espíritu, y en que la auténtica conversión se manifiesta en justicia, misericordia y verdad. Para el creyente católico, Zacarías es una escuela de esperanza: enseña a confiar en las promesas de Dios incluso cuando los comienzos parecen pequeños y la ciudad aún está en ruinas.
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