II Crónicas
Antiguo Testamento | 36 capítulos | 822 versículos
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Capítulo 12 de 36Capítulo 12
1 Cuando Roboam hubo consolidado y afianzado el reino, abandonó la Ley de Yahveh y con él todo Israel.
2 Y sucedió que el año quinto del rey Roboam subió Sosaq, rey de Egipto, contra Jerusalén, - pues no era fiel a Yahveh -
3 con 1.200 carros y 60.000 caballos; no se podía contar la gente que venía con él de Egipto: libios, sukíes y etíopes.
4 Tomó las ciudades fortificadas de Judá y llegó hasta Jerusalén.
5 El profeta Semaías vino a Roboam y a los jefes de Judá que se habían reunido en Jerusalén para hacer frente a Sosaq, y les dijo: «Así dice Yahveh: Vosotros me habéis abandonado, y por esto también yo os abandono en manos de Sosaq.»
6 Entonces los jefes de Israel y el rey se humillaron y dijeron: «¡Justo es Yahveh!»
7 Cuando Yahveh vio que se habían humillado, fue dirigida la palabra de Yahveh a Semaáis, diciendo: «Por haberse ellos humillado, no los destruiré, sino que dentro de poco les daré la salvación y no se derramará mi cólera sobre Jerusalén por mano de Sosaq.
8 Pero serán sus siervos, para que sepan lo que es mi servidumbre y la servidumbre de los reinos de las naciones.»
9 Subió, pues, Sosaq, rey de Egipto, contra Jerusalén y se apoderó de los tesoros de la Casa de Yahveh y de los tesoros de la casa del rey. De todo se apoderó. Habiéndose llevado los escudos de oro que había hecho Salomón,
10 el rey Roboam hizo en su lugar escudos de bronce, que confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada de la casa del rey.
11 Cuando el rey entraba en la Casa de Yahveh, venían los de la guardia y los llevaban, y después los devolvían a la sala de la guardia.
12 Gracias a su humillación se apartó de él la ira de Yahveh y no le destruyó del todo; y concedió algunas cosas buenas a Judá.
13 Se afianzó, pues, el rey Roboam en Jerusalén, y reinó. Roboam tenía 41 años cuando comenzó a reinar y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad que había elegido Yahveh de entre todas las tribus de Israel para poner en ella su Nombre. El nombre de su madre era Naamá, ammonita.
14 Hizo lo que era malo, porque no había dispuesto su corazón para buscar a Yahveh.
15 Los hechos de Roboam, los primeros y los postreros, ¿no están escritos en la historia del profeta Semaías y del vidente Iddó? Hubo guerra continua entre Roboam y Jeroboam.
16 Roboam se acostó con sus padres y fue sepultado en la ciudad de David. Reinó en su lugar su hijo Abías.
Reflexión del capítulo 12
El capítulo 12 relata una de las lecciones más claras del Cronista sobre la relación entre fidelidad y seguridad. Apenas Roboam hubo consolidado y afianzado su reino, abandonó la Ley del Señor, y el pueblo entero hizo lo mismo con él. La prosperidad se convirtió en ocasión de infidelidad. Y entonces subió Sosaq, rey de Egipto, contra Jerusalén, se apoderó de los tesoros del templo y de palacio, y se llevó los escudos de oro que Salomón había hecho.
Ante la amenaza, el profeta Semaías anuncia que, puesto que el pueblo ha abandonado a Dios, él también lo abandonará. Pero cuando los príncipes de Israel y el rey se humillan y reconocen que el Señor es justo, Dios responde que, ya que se han humillado, no los destruirá por completo. La salvación llega, pero no completa: servirán a Sosaq y aprenderán la diferencia entre servir a Dios y servir a un rey extranjero. La humildad salva, aunque no siempre evita todas las consecuencias.
El capítulo encierra una verdad que atraviesa toda la Escritura: la caída no está en la debilidad, sino en la infidelidad; y el camino de regreso comienza siempre por reconocer la propia culpa. Roboam reinó y hubo guerras continuas, señal de un reinado a medias, sostenido por la misericordia pero marcado por el pecado.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy revisa si tu bienestar te ha vuelto descuidado con Dios. La comodidad es más peligrosa que la crisis para la fe. Si has abandonado alguna práctica o compromiso, reconócelo sin excusas y vuelve. Y aprende a distinguir a quién sirves: el pecado promete libertad y acaba en servidumbre; Dios, en cambio, libera incluso cuando corrige. Vuelve a él sin miedo y sin demora.
Oración
Señor, cuando me he alejado de ti, tú me has dejado sentir la necesidad de tu ayuda. Reconozco mis infidelidades y me humillo ante ti. Líbrame de servir a lo que me esclaviza y devuélveme a tu camino. Amén.
Acerca del libro de II Crónicas
El segundo libro de las Crónicas continúa la historia comenzada en el primero y abarca desde el reinado de Salomón hasta el decreto de Ciro que permite volver del destierro. No es una simple repetición de los libros de los Reyes, sino una relectura teológica de la historia de Judá hecha para una comunidad que ha vuelto del exilio y necesita entender qué salió mal y cómo vivir de nuevo la alianza.
Su autor, llamado tradicionalmente el Cronista, escribe desde Jerusalén después del destierro, probablemente en el siglo IV antes de Cristo. Su interés no está en la política de los reinos del norte, sino en el templo, el culto, el sacerdocio y la dinastía de David. Para él, la historia se lee desde el santuario: la fidelidad a Dios se mide por la pureza del culto y por la obediencia a la Ley, y cada rey es juzgado según haya buscado o abandonado al Señor.
Los grandes protagonistas son Salomón, que construye el templo y lo llena de gloria; los reyes reformadores Asá, Josafat, Ezequías y Josías, que restauran el culto y celebran la Pascua; y también los reyes infieles cuyas caídas explican el desastre final. En el centro brillan dos convicciones: Dios es fiel a su promesa a David, y la misericordia está siempre disponible para quien se humilla y vuelve a él. La frase del capítulo 7 —«si mi pueblo se humilla, yo lo escucharé y sanaré su tierra»— resume el mensaje del libro.
Leído desde la fe cristiana, Crónicas enseña que el culto verdadero no es ritualismo, sino un corazón vuelto a Dios; que la reforma siempre es posible, incluso después de las peores caídas; y que la historia, aun con sus ruinas, permanece en las manos de quien la conduce hacia la restauración.
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