II Crónicas
Antiguo Testamento | 36 capítulos | 822 versículos
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Capítulo 28 de 36Capítulo 28
1 Tenía Ajaz veinte años cuando empezó a reinar, y reinó dieciséis años en Jerusalén. No hizo lo recto a los ojos de Yahveh, como David su padre.
2 Siguió los caminos de los reyes de Israel, llegando a fundir estatuas para los Baales.
3 Quemó incienso en el valle de Ben Hinnom e hizo pasar a sus hijos por el fuego, según los ritos abominables de las gentes que Yahveh había arrojado de delante de los israelitas.
4 Ofrecía sacrificios y quemaba incienso en los altos, sobre los collados y bajo todo árbol frondoso.
5 Yahveh su Dios le entregó en manos del rey de los arameos, que le derrotaron, haciéndole gran número de prisioneros, que fueron llevados a Damasco. Fue entregado también en manos del rey de Israel, que le causó una gran derrota.
6 Pecaj, hijo de Remalías, mató en Judá en un solo día a 120.000, todos ellos hombres valientes; porque habían abandonado a Yahveh, el Dios de sus padres.
7 Zikrí, uno de los valientes de Efraím, mató a Maasías, hijo del rey, a Azricam, mayordomo de palacio, y a Elcaná, segundo después del rey.
8 Los israelitas se llevaron de entre sus hermanos 200.000 prisioneros: mujeres, hijos e hijas. Se apoderaron también de un enorme botín, que se llevaron a Samaría.
9 Había allí un profeta de Yahveh, llamado Oded, que salió al encuentro del ejército que volvía a Samaría, y les dijo: «He aquí que Yahveh, el Dios de vuestros padres, irritado contra Judá, los ha entregado en vuestras manos, mas vosotros los habéis matado con un furor que ha subido hasta el cielo.
10 Y ahora pensáis en someter a los hijos de Judá y de Jerusalén como siervos y siervas vuestros. ¿Es que vosotros mismos no sois culpables contra Yahveh vuestro Dios?
11 Oídme, pues, y dejad volver a vuestros hermanos que habéis tomado prisioneros, porque el furor de la ira de Yahveh viene sobre vosotros.»
12 Entonces algunos hombres de los jefes de Efraím: Azarías, hijo de Yehojanán; Berekías, hijo de Mesillemot; Ezequías, hijo de Sallum, y Amasá, hijo de Jadlay, se levantaron contra los que venían de la guerra,
13 y les dijeron: «No metáis aquí a estos prisioneros. ¿Por qué, además de la culpa contra Yahveh que ya tenemos contra nosotros, habláis de aumentar todavía nuestros pecados y nuestro delito?; pues grande es nuestro delito y el furor de la ira amenaza a Israel.»
14 Entonces la tropa dejó a los prisioneros y el botín delante de los jefes y de toda la asamblea.
15 Levantáronse entonces los hombres nominalmente designados, reanimaron a los prisioneros y vistieron con el botín a todos los que estaban desnudos, dándoles vestido y calzado. Les dieron de comer y de beber y los ungieron; y transportaron en asnos a todos los débiles, los llevaron a Jericó, ciudad de las palmeras, junto a sus hermanos. Luego se volvieron a Samaría.
16 En aquel tiempo el rey Ajaz envió mensajeros a los reyes de Asiria para que le socorriesen.
17 Porque los de Edom habían venido otra vez y habían derrotado a Judá, llevándose algunos prisioneros.
18 También los filisteos invadieron las ciudades de la Tierra Baja y del Négueb de Judá, y tomaron Bet Semes, Ayyalón, Guederot, Sokó con sus aldeas, Timná con sus aldeas y Guimzó con sus aldeas, y se establecieron allí.
19 Porque Yahveh humillaba a Judá a causa de Ajaz, rey de Israel, que permitía el desenfreno de Judá, y se había rebelado contra Yahveh.
20 Vino contra él Teglatfalasar, rey de Asiria; y le puso sitio, pero no le dominó.
21 Porque Ajaz despojó la Casa de Yahveh y la casa del rey y de los jefes, para dárselo al rey de Asiria, pero de nada le sirvió.
22 Aun en el tiempo del asedio, el rey Ajaz persistió en su rebeldía contra Yahveh.
23 Ofrecía sacrificios a los dioses de Damasco que le habían derrotado, pues se decía: «Los dioses de los reyes de Aram les ayudan a ellos; les ofreceré sacrificios, y me ayudarán a mí.» Ellos fueron la causa de su ruina y de la de todo Israel.
24 Ajaz juntó algunos de los utensilios de la Casa de Dios e hizo añicos otros; cerró las puertas de la Casa de Yahveh y fabricó altares en todas las esquinas de Jerusalén.
25 Erigió altos en cada una de las ciudades de Judá, para quemar incienso a otros dioses, provocando así la ira de Yahveh, el Dios de sus padres.
26 El resto de sus hechos y todas sus obras, las primeras y las postreras, está escrito en el libro de los reyes de Judá e Israel.
27 Se acostó Ajaz con sus padres y lo sepultaron dentro de la Ciudad, en Jerusalén: pues no le colocaron en los sepulcros de los reyes de Israel. En su lugar reinó su hijo Ezequías.
Reflexión del capítulo 28
El capítulo 28 describe el reinado de Ajaz, uno de los peores reyes de Judá. Hizo lo malo ante Dios, quemó incienso a los ídolos, llegó a sacrificar a sus propios hijos en el valle de Ben Hinnom, y multiplicó las infidelidades. Por eso fue entregado a sus enemigos: los arameos y los israelitas del norte lo derrotaron, y en una sola batalla cayeron ciento veinte mil hombres de Judá. El Cronista interpreta la derrota como consecuencia directa del abandono de la alianza.
El pasaje más conmovedor es la intervención del profeta Oded en el reino del norte. Cuando los israelitas se llevaban prisioneros a sus hermanos de Judá, Oded les advirtió que esa crueldad era ya un pecado grave, y los jefes de Efraín, con valentía, vistieron a los desnudos, calzaron a los descalzos, dieron de comer y de beber a los cautivos y los devolvieron a Jericó. En medio de una historia de violencia, brilla un gesto de misericordia que el Cronista destaca: hay que tratar con humanidad al hermano vencido.
Ajaz, en cambio, endurecido, en lugar de convertirse buscó la ayuda de Asiria, cerró las puertas del templo del Señor y multiplicó los altares paganos. El capítulo enseña que el sufrimiento puede ablandar o endurecer el corazón. La misma derrota que hizo compasivos a unos, volvió ciego a otros.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy, cuando alguien de tu entorno haya caído o fracasado, no lo humilles ni te aproveches: vístelo, aliméntalo, devuélvelo a su casa. La misericordia con el vencido es una forma de fe. Y ante tus propias derrotas, no te endurezcas ni busques soluciones que te alejen de Dios: deja que la prueba te vuelva más humilde y compasivo. El dolor bien vivido ensancha el corazón.
Oración
Señor, que las pruebas no endurezcan mi corazón, sino que lo hagan más compasivo. Enséñame a tratar con humanidad a quien ha caído y a buscar tu ayuda antes que la de los poderosos. Amén.
Acerca del libro de II Crónicas
El segundo libro de las Crónicas continúa la historia comenzada en el primero y abarca desde el reinado de Salomón hasta el decreto de Ciro que permite volver del destierro. No es una simple repetición de los libros de los Reyes, sino una relectura teológica de la historia de Judá hecha para una comunidad que ha vuelto del exilio y necesita entender qué salió mal y cómo vivir de nuevo la alianza.
Su autor, llamado tradicionalmente el Cronista, escribe desde Jerusalén después del destierro, probablemente en el siglo IV antes de Cristo. Su interés no está en la política de los reinos del norte, sino en el templo, el culto, el sacerdocio y la dinastía de David. Para él, la historia se lee desde el santuario: la fidelidad a Dios se mide por la pureza del culto y por la obediencia a la Ley, y cada rey es juzgado según haya buscado o abandonado al Señor.
Los grandes protagonistas son Salomón, que construye el templo y lo llena de gloria; los reyes reformadores Asá, Josafat, Ezequías y Josías, que restauran el culto y celebran la Pascua; y también los reyes infieles cuyas caídas explican el desastre final. En el centro brillan dos convicciones: Dios es fiel a su promesa a David, y la misericordia está siempre disponible para quien se humilla y vuelve a él. La frase del capítulo 7 —«si mi pueblo se humilla, yo lo escucharé y sanaré su tierra»— resume el mensaje del libro.
Leído desde la fe cristiana, Crónicas enseña que el culto verdadero no es ritualismo, sino un corazón vuelto a Dios; que la reforma siempre es posible, incluso después de las peores caídas; y que la historia, aun con sus ruinas, permanece en las manos de quien la conduce hacia la restauración.
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