II Crónicas
Antiguo Testamento | 36 capítulos | 822 versículos
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Capítulo 9 de 36Capítulo 9
1 La reina de Sabá había oído la fama de Salomón, y vino a Jerusalén para probar a Salomón por medio de enigmas, con gran séquito y con camellos que traían aromas, gran cantidad de oro y piedras preciosas. Llegada que fue donde Salomón, le dijo todo cuanto tenía en su corazón.
2 Salomón resolvió todas sus preguntas; y no hubo ninguna proposición oscura que Salomón no pudiese resolver.
3 Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón y la casa que había edificado,
4 los manjares de su mesa, las habitaciones de sus servidores, el porte de sus ministros y sus vestidos, sus coperos con sus trajes y los holocaustos que ofrecía en la Casa de Yahveh, se quedó sin aliento,
5 y dijo al rey: «Verdad es cuanto oí decir en mi tierra de tus palabras y de tu sabiduría.
6 No daba yo crédito a lo que se decía, hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos; y encuentro que no se me había contado ni la mitad de la grandeza de tu sabiduría, pues tú superas todo lo que oí decir.
7 ¡Dichosas tus gentes! ¡Dichosos estos tus servidores, que están siempre en tu presencia y escuchan tu sabiduría!
8 ¡Bendito sea Yahveh, tu Dios, que se ha complacido en ti, poniéndote sobre su trono como rey de Yahveh, tu Dios, por el amor que tu Dios tiene hacia Israel para conservarle por siempre, y te ha puesto por rey sobre ellos para administrar derecho y justicia!»
9 Dio al rey 120 talentos de oro, gran cantidad de aromas y piedras preciosas. Nunca hubo aromas como los que la reina de Sabá dio al rey Salomón.
10 Los siervos de Juram y los siervos de Salomón, que habían traído oro de Ofir, trajeron también madera de algummim y piedras preciosas.
11 Con la madera de algummim hizo el rey entarimados para la Casa de Yahveh y la casa del rey, cítaras y salterios para los cantores. No se había visto nunca en la tierra de Judá madera semejante.
12 El rey Salomón dio a la reina de Sabá todo cuanto ella quiso pedirle, aparte lo que ella había traído al rey. Después se volvió y regresó a su país con sus servidores.
13 El peso del oro que llegaba a Salomón cada año era de 666 talentos de oro,
14 sin contar las contribuciones de los mercaderes y comerciantes. Todos los reyes de Arabia y los inspectores del país traían oro y plata a Salomón.
15 Hizo el rey Salomón doscientos grandes escudos de oro batido, aplicando seiscientos siclos de oro batido en cada escudo,
16 y trescientos escudos pequeños de oro batido, aplicando trescientos siclos de oro en cada escudo; el rey los colocó en la casa «Bosque del Líbano».
17 Hizo el rey un gran trono de marfil y lo revistió de oro puro.
18 El trono tenía seis gradas y un cordero de oro al respaldo, y brazos a uno y otro lado del asiento, y dos leones, de pie, junto a los brazos.
19 Más doce leones de pie sobre las seis gradas a uno y otro lado. No se hizo cosa semejante en ningún reino.
20 Todas las copas de beber del rey Salomón eran de oro, y toda la vajilla de la casa «Bosque del Líbano» era de oro fino. La plata no se estimaba en nada en tiempo del rey Salomón.
21 Porque el rey tenía naves que navegaban a Tarsis con los siervos de Juram, y cada tres años venía la flota de Tarsis trayendo oro y plata, marfil, monos y pavos reales.
22 Así el rey Salomón sobrepujó a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría.
23 Todos los reyes de la tierra querían ver el rostro de Salomón, para oír la sabiduría que Dios había puesto en su corazón.
24 Y cada uno de ellos traía su presente, objetos de plata y objetos de oro, vestidos, armas, aromas, caballos y mulos, año tras año.
25 Tenía Salomón 4.000 caballerizas para sus caballos y carros, y 12.000 caballos, que puso en cuarteles en las ciudades de los carros y en Jerusalén junto al rey.
26 Dominaba sobre todos los reyes desde el Río hasta el país de los filisteos y hasta la frontera de Egipto.
27 Hizo el rey que la plata fuese tan abundante en Jerusalén como las piedras, y los cedros como los sicómoros de la Tierra Baja.
28 Traían también caballos para Salomón de Musur y de todos los países.
29 El resto de los hechos de Salomón, los primeros y los postreros, ¿no están escritos en la historia del profeta Natán, en la profecía de Ajías el silonita, y en las visiones de Yedó el vidente, sobre Jeroboam, hijo de Nebat?
30 Salomón reinó en Jerusalén sobre todo Israel cuarenta años.
31 Se acostó Salomón con sus padres, y le sepultaron en la ciudad de su padre David. En su lugar reinó su hijo Roboam.
Reflexión del capítulo 9
El capítulo 9 narra la visita de la reina de Sabá, que llega a Jerusalén atraída por la fama de Salomón y dispuesta a ponerlo a prueba con enigmas. Trae consigo un séquito imponente, camellos cargados de aromas, oro y piedras preciosas. Pero lo que la deja sin aliento no son las riquezas, sino la sabiduría del rey y la felicidad de quienes lo rodean. «¡No me habían contado ni la mitad!», exclama. La sabiduría verdadera no se puede imitar ni comprar: se reconoce cuando se la encuentra.
La reina bendice al Dios de Israel, porque comprende que la sabiduría de Salomón viene de lo alto y que su trono se sostiene por el amor de Dios a su pueblo. Es una extranjera quien mejor interpreta lo que está viendo: no un rey genial, sino un rey amado por su Dios. La escena anticipa lo que Jesús dirá más tarde: la reina del Sur se levantará en el juicio contra esta generación, porque vino de lejos a escuchar la sabiduría, y aquí hay algo más grande que Salomón.
El capítulo termina con la descripción de las riquezas del rey y con su muerte. La gloria alcanza su cumbre y comienza a declinar. El Cronista no oculta que todo esplendor humano tiene un final. La sabiduría de Salomón fue un don; lo que el pueblo haga con ella después de su muerte determinará su suerte.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy busca la sabiduría donde de verdad se encuentra: en la Palabra de Dios, en el consejo de los sabios, en la experiencia de los humildes. No te dejes deslumbrar por la fama ni por la riqueza, que pasan. Y si alguien te busca por el bien que Dios ha puesto en ti, no te atribuyas el mérito: señala, como Salomón, a la fuente de todo don.
Oración
Señor, tú eres la fuente de toda sabiduría y tu gloria no se apaga. Enséñame a buscarte por encima de las riquezas y a no atribuirme lo que es don tuyo. Que mi vida señale hacia ti. Amén.
Acerca del libro de II Crónicas
El segundo libro de las Crónicas continúa la historia comenzada en el primero y abarca desde el reinado de Salomón hasta el decreto de Ciro que permite volver del destierro. No es una simple repetición de los libros de los Reyes, sino una relectura teológica de la historia de Judá hecha para una comunidad que ha vuelto del exilio y necesita entender qué salió mal y cómo vivir de nuevo la alianza.
Su autor, llamado tradicionalmente el Cronista, escribe desde Jerusalén después del destierro, probablemente en el siglo IV antes de Cristo. Su interés no está en la política de los reinos del norte, sino en el templo, el culto, el sacerdocio y la dinastía de David. Para él, la historia se lee desde el santuario: la fidelidad a Dios se mide por la pureza del culto y por la obediencia a la Ley, y cada rey es juzgado según haya buscado o abandonado al Señor.
Los grandes protagonistas son Salomón, que construye el templo y lo llena de gloria; los reyes reformadores Asá, Josafat, Ezequías y Josías, que restauran el culto y celebran la Pascua; y también los reyes infieles cuyas caídas explican el desastre final. En el centro brillan dos convicciones: Dios es fiel a su promesa a David, y la misericordia está siempre disponible para quien se humilla y vuelve a él. La frase del capítulo 7 —«si mi pueblo se humilla, yo lo escucharé y sanaré su tierra»— resume el mensaje del libro.
Leído desde la fe cristiana, Crónicas enseña que el culto verdadero no es ritualismo, sino un corazón vuelto a Dios; que la reforma siempre es posible, incluso después de las peores caídas; y que la historia, aun con sus ruinas, permanece en las manos de quien la conduce hacia la restauración.
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