II Crónicas

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 822 versículos

2 Cr

Capítulo 20

1 Después de esto, los moabitas y ammonitas, y con ellos algunos maonitas, marcharon contra Josafat para atacarle.

2 Vinieron mensajeros que avisaron a Josafat diciendo: «Viene contra ti una gran muchedumbre de gentes de allende el mar, de Edom, que están ya en Jasasón Tamar, o sea, Engadí.»

3 Tuvo miedo y se dispuso a buscar a Yahveh promulgando un ayuno para todo Judá.

4 Congregóse Judá para implorar a Yahveh, y también de todas las ciudades de Judá vino gente a suplicar a Yahveh.

5 Entonces Josafat, puesto en pie en medio de la asamblea de Judá y de Jerusalén, en la Casa de Yahveh, delante del atrio nuevo,

6 dijo: «Yahveh, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en el cielo, y no dominas tú en todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano el poder y la fortaleza, sin que nadie pueda resistirte?

7 ¿No has sido tú, oh Dios nuestro, el que expulsaste a los habitantes de esta tierra delante de tu pueblo Israel, y la diste a la posteridad de tu amigo Abraham para siempre?

8 Ellos la han habitado, y han edificado un santuario a tu Nombre, diciendo:

9 "Si viene sobre nosotros algún mal, espada, castigo, peste o hambre, nos presentaremos delante de esta Casa, y delante de ti, porque tu Nombre reside en esta Casa; clamaremos a tí en nuestra angustia, y tú oirás y nos salvarás."

10 «Pero ahora, mira que los ammonitas y moabitas y los del monte Seír, a donde no dejaste entrar a Israel cuando salía de la tierra de Egipto, por lo cual Israel se apartó de ellos sin destruirlos,

11 ahora nos pagan viniendo a echarnos de la heredad que tú nos has legado.

12 Oh Dios nuestro, ¿no harás tú justicia con ellos? Pues nosotros no tenemos fuerza contra esta gran multitud que viene contra nosotros y no sabemos qué hacer. Pero nuestros ojos se vuelven hacia ti.»

13 Todo Judá estaba en pie ante Yahveh con sus niños, sus mujeres y sus hijos.

14 Vino el espíritu de Yahveh sobre Yajaziel, hijo de Zacarías, hijo de Benaías, hijo de Yeiel, hijo de Mattanías, levita, de los hijos de Asaf, que estaba en medio de la asamblea,

15 y dijo: «¡Atended vosotros, Judá entero y habitantes de Jerusalén, y tú, oh rey Josafat! Así os dice Yahveh: No temáis ni os asustéis ante esa gran muchedumbre; porque esta guerra no es vuestra, sino de Dios.

16 Bajad contra ellos mañana; mirad, ellos van a subir por la cuesta de Sis. Los encontraréis en el valle de Sof, junto al desierto de Yeruel.

17 No tendréis que pelear en esta ocasión. Apostaos y quedaos quietos, y veréis la salvación de Yahveh que vendrá sobre vosotros, oh Judá y Jerusalén. ¡No temáis ni os asustéis! Salid mañana al encuentro de ellos, pues Yahveh estará con vosotros.»

18 Josafat se inclinó rostro en tierra; y todo Judá y los habitantes de Jerusalén se postraron ante Yahveh para adorar a Yahveh.

19 Y los levitas, de los hijos de los quehatitas y de la estirpe de los coreítas, se levantaron para alabar con gran clamor a Yahveh, el Dios de Israel.

20 Al día siguiente se levantaron temprano y salieron al desierto de Técoa. Mientras iban saliendo, Josafat, puesto en pie, dijo: «¡Oídme, Judá y habitantes de Jerusalén! Tened confianza en Yahveh vuestro Dios y estaréis seguros; tened confianza en sus profetas y triumfaréis.»

21 Después, habiendo deliberado con el pueblo, señaló cantores que, vestidos de ornamentos sagrados y marchando al frente de los guerreros, cantasen en honor de Yahveh: «¡Alabad a Yahveh porque es eterno su amor!»

22 Y en el momento en que comenzaron las aclamaciones y las alabanzas, Yahveh puso emboscadas contra los ammonitas y moabitas y los del monte Seír, que habían venido contra Judá, y fueron derrotados.

23 Porque se levantaron los ammonitas y moabitas contra los moradores del monte Seír, para entregarlos al anatema y aniquilarlos, y cuando hubieron acabado con los moradores de Seír se aplicaron a destruirse mutuamente.

24 Judá había venido a la atalaya del desierto y se volvieron hacia la multitud, pero no había más que cadáveres tendidos por tierra; pues ninguno pudo escapar.

25 Josafat y su pueblo fueron a saquear los despojos y hallaron mucho ganado, riquezas y vestidos y objetos preciosos, y recogieron tanto que no lo podían llevar. Emplearon tres días en saquear el botín, porque era abundante.

26 Al cuarto día se reunieron en el valle de Beraká, y allí bendijeron a Yahveh; por eso se llama aquel lugar valle de Beraká hasta el día de hoy.

27 Después todos los hombres de Judá y de Jerusalén, con Josafat al frente, regresaron con júbilo a Jerusalén, porque Yahveh les había colmado de gozo a costa de sus enemigos.

28 Entraron en Jerusalén, en la Casa de Yahveh, con salterios, cítaras y trompetas.

29 El terror de Dios cayó sobre todos los reinos de los países cuando supieron que Yahveh había peleado contra los enemigos de Israel.

30 El reinado de Josafat fue tranquilo, y su Dios le dio paz por todos lados.

31 Josafat reinó sobre Judá. Tenía 35 años cuando comenzó a reinar, y reinó veinticinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Azubá, hija de Siljí.

32 Siguió en todo el camino de su padre Asá, sin desviarse de él, haciendo lo que era recto a los ojos de Yahveh.

33 Con todo no desaparecieron los altos, pues el pueblo aún no había fijado su corazón en el Dios de sus padres.

34 El resto de los hechos de Josafat, los primeros y los postreros, están escritos en la historia de Jehú, hijo de Jananí, que se halla inserta en el libro de los reyes de Israel.

35 Después de esto, Josafat, rey de Judá, se alió con Ocozías, rey de Israel, que le impulsó a hacer el mal.

36 Se asoció con él para construir naves que fueran a Tarsis; y fabricaron las naves en Esyón Guéber.

37 Entonces Eliezer, hijo de Dodaías, de Maresá, profetizó contra Josafat diciendo: «Por haberte aliado con Ocozías, Yahveh ha abierto brecha en tus obras.» En efecto, las naves se destrozaron y no pudieron ir a Tarsis.

Reflexión del capítulo 20

El capítulo 20 contiene una de las escenas de oración más impresionantes del Antiguo Testamento. Moabitas, amonitas y otros pueblos avanzan contra Judá, y Josafat, lleno de temor, «decidió consultar a Yahveh» y convocó un ayuno para todo el pueblo. Reunidos en el templo, el rey pronuncia una oración que es un modelo de confianza: reconoce el poder de Dios, recuerda sus promesas, expone el peligro y termina diciendo: «No sabemos qué hacer, pero nuestros ojos están puestos en ti».

La respuesta llega por medio de un levita: «No temáis, porque la batalla no es vuestra, sino de Dios». Al día siguiente, Josafat pone a los cantores al frente del ejército, y mientras alaban al Señor, los enemigos se destruyen entre sí. La victoria no se gana con las armas, sino con la alabanza. Judá recoge el botín durante tres días y vuelve a Jerusalén dando gracias en el valle de Beracá, que significa «bendición».

El capítulo termina con una advertencia: Josafat vuelve a aliarse con Ocozías, rey impío de Israel, y el profeta Eliezer le anuncia que por eso sus naves se romperán. El hombre de Dios puede confiar en la batalla y aun así equivocarse en las alianzas. La lección es clara: cuando no sabes qué hacer, pon tus ojos en Dios y deja que él pelee por ti.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy, ante un problema que te desborda, no te quedes solo con la angustia: haz como Josafat, reconoce ante Dios que no sabes qué hacer y pon en él tus ojos. Reza con la familia o con alguien de confianza. Y antes de buscar soluciones, alaba: la alabanza cambia la perspectiva y abre paso a la acción de Dios. Alaba antes de ver el resultado.

Oración

Señor, no sé qué hacer, pero mis ojos están puestos en ti. Pelea tú mis batallas y enséñame a confiar más que a temer. Que mi alabanza abra el camino que tú quieres darme. Amén.

Acerca del libro de II Crónicas

El segundo libro de las Crónicas continúa la historia comenzada en el primero y abarca desde el reinado de Salomón hasta el decreto de Ciro que permite volver del destierro. No es una simple repetición de los libros de los Reyes, sino una relectura teológica de la historia de Judá hecha para una comunidad que ha vuelto del exilio y necesita entender qué salió mal y cómo vivir de nuevo la alianza.

Su autor, llamado tradicionalmente el Cronista, escribe desde Jerusalén después del destierro, probablemente en el siglo IV antes de Cristo. Su interés no está en la política de los reinos del norte, sino en el templo, el culto, el sacerdocio y la dinastía de David. Para él, la historia se lee desde el santuario: la fidelidad a Dios se mide por la pureza del culto y por la obediencia a la Ley, y cada rey es juzgado según haya buscado o abandonado al Señor.

Los grandes protagonistas son Salomón, que construye el templo y lo llena de gloria; los reyes reformadores Asá, Josafat, Ezequías y Josías, que restauran el culto y celebran la Pascua; y también los reyes infieles cuyas caídas explican el desastre final. En el centro brillan dos convicciones: Dios es fiel a su promesa a David, y la misericordia está siempre disponible para quien se humilla y vuelve a él. La frase del capítulo 7 —«si mi pueblo se humilla, yo lo escucharé y sanaré su tierra»— resume el mensaje del libro.

Leído desde la fe cristiana, Crónicas enseña que el culto verdadero no es ritualismo, sino un corazón vuelto a Dios; que la reforma siempre es posible, incluso después de las peores caídas; y que la historia, aun con sus ruinas, permanece en las manos de quien la conduce hacia la restauración.

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