II Crónicas

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 822 versículos

2 Cr

Capítulo 26

1 Todo el pueblo de Judá tomó a Ozías, que tenía dieciséis años, y le proclamaron rey en lugar de su padre Amasías.

2 Reconstruyó Elat y la devolvió a Judá, después que el rey se hubo acostado con sus padres.

3 Dieciséis años tenía Ozías cuando empezó a reinar, y reinó 52 años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yekoliá, de Jerusalén.

4 Hizo lo recto a los ojos de Yahveh, enteramente como lo había hecho su padre Amasías.

5 Buscó a Dios durante la vida de Zacarías, que le instruyó en el temor de Dios; y mientras buscó a Yahveh, Dios le dio prosperidad.

6 Salió a campaña contra los filisteos y abrió brecha en el muro de Gat, en el muro de Yabné y en el muro de Asdod; restauró las ciudades en la región de Asdod y entre los filisteos.

7 Dios le ayudó contra los filisteos, contra los árabes que habitaban en Gur Báal y contra los meunitas.

8 Los ammonitas pagaron tributo a Ozías, y su fama llegó hasta la frontera de Egipto, porque se había hecho sumamente poderoso.

9 Ozías construyó torres en Jerusalén sobre la puerta del Angulo, sobre la puerta del Valle y en el Angulo, y las fortificó.

10 Construyó también torres en el desierto y excavó muchas cisternas, pues poseía numerosos ganados en la Tierra Baja y en la llanura, así como labradores y viñadores en las montañas y en los campos fértiles, porque le gustaba la agricultura.

11 Ozías tenía un ejército que hacía la guerra; salía a campaña por grupos, conforme al número de su censo hecho bajo la vigilancia de Yeiel el escriba, y Maaseías el notario, a las órdenes de Jananías, uno de los jefes del rey.

12 El número total de los jefes de familia era de 2.600 hombres esforzados.

13 A sus órdenes había un ejército de campaña de 307.500 hombres, que hacían la guerra con gran valor, para ayudar al rey contra el enemigo.

14 Ozías proporcionó a todo aquel ejército en cada una de sus campañas escudos y lanzas, yelmos y corazas, arcos y hondas, para tirar piedras.

15 Hizo construir en Jerusalén ingenios inventados por expertos, para colocarlos sobre las torres y los ángulos y para arrojar saetas y grandes piedras. Su fama se extendió lejos, porque fue prodigioso el modo como supo buscarse colaboradores hasta hacerse fuerte.

16 Mas, una vez fortalecido en su poder, se ensoberbeció hasta acarrearse la ruina, y se rebeló contra Yahveh su Dios, entrando en el Templo de Yahveh para quemar incienso sobre el altar del incienso.

17 Fue tras él Azarías, el sacerdote, y con él ochenta sacerdotes de Yahveh, hombres valientes,

18 que se opusieron al rey Ozías y le dijeron: «No te corresponde a ti, Ozías, quemar incienso a Yahveh, sino a los sacerdotes, los hijos de Aarón, que han sido consagrados para quemar el incienso. ¡Sal del santuario porque estás prevaricando, y tú no tienes derecho a la gloria que viene de Yahveh Dios!»

19 Entonces Ozías, que tenía en la mano un incensario para ofrecer incienso, se llenó de ira, y mientras se irritaba contra los sacerdotes, brotó la lepra en su frente, a vista de los sacerdotes, en la Casa de Yahveh, junto al altar del incienso.

20 El sumo sacerdote Azarías y todos los sacerdotes volvieron hacía él sus ojos, y vieron que tenía lepra en la frente. Por lo cual lo echaron de allí a toda prisa; y él mismo se apresuró a salir, porque Yahveh le había herido.

21 El rey Ozías, quedó leproso hasta el día de su muerte, y habitó en una casa aislada, como leproso, porque había sido excluido de la Casa de Yahveh; su hijo Jotam estaba al frente de la casa del rey y administraba justicia al pueblo de la tierra.

22 El resto de los hechos de Ozías, los primeros y los postreros, los escribió el profeta Isaías, hijo de Amós.

23 Acostose Ozías con sus padres y lo sepultaron con sus padres en el campo de los sepuclros de los reyes, porque decían: «Es un leproso.» En su lugar reinó su hijo Jotam.

Reflexión del capítulo 26

El capítulo 26 presenta a Ozías, un rey que comenzó a reinar a los dieciséis años y buscó a Dios mientras vivió el profeta Zacarías. Mientras buscó al Señor, Dios le dio prosperidad: venció a los filisteos y a los árabes, fortificó Jerusalén con torres y máquinas de guerra, organizó un ejército poderoso, impulsó la agricultura y la ganadería. Su fama se extendió hasta Egipto, porque fue maravillosamente ayudado.

Pero el mismo texto que describe su grandeza añade la raíz de su ruina: cuando alcanzó la fuerza, su corazón se llenó de soberbia hasta corromperse. Ozías se atrevió a entrar en el templo para ofrecer incienso, una función reservada a los sacerdotes. El sumo sacerdote Azarías y ochenta sacerdotes valientes se le enfrentaron y le advirtieron que esa tarea no le correspondía a él, sino a los sacerdotes. El rey se enfureció, y en ese momento le brotó la lepra en la frente. Quedó leproso hasta el final de sus días y tuvo que vivir apartado, sin poder entrar en la Casa de Dios.

El capítulo enseña una lección que atraviesa toda la Escritura: la fuerza sin humildad se corrompe. El poder no autoriza a traspasar los límites que Dios ha establecido. Y la enfermedad del rey es imagen de algo más profundo: quien usurpa lo sagrado queda excluido de la presencia de Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy revisa si el éxito te ha hecho creer que las reglas no se aplican a ti. Respeta los límites de tu función y no invadas el terreno de otros, por capaz que te sientas. Y agradece a quienes te advierten con valentía, aunque te incomode: son un don de Dios para protegerte de tu propia soberbia. Escúchalos con gratitud.

Oración

Señor, tú me has dado dones y éxitos, y quiero usarlos con humildad. Líbrame de creerme por encima de los demás y de traspasar los límites que tú has puesto. Que la fuerza no me corrompa. Amén.

Acerca del libro de II Crónicas

El segundo libro de las Crónicas continúa la historia comenzada en el primero y abarca desde el reinado de Salomón hasta el decreto de Ciro que permite volver del destierro. No es una simple repetición de los libros de los Reyes, sino una relectura teológica de la historia de Judá hecha para una comunidad que ha vuelto del exilio y necesita entender qué salió mal y cómo vivir de nuevo la alianza.

Su autor, llamado tradicionalmente el Cronista, escribe desde Jerusalén después del destierro, probablemente en el siglo IV antes de Cristo. Su interés no está en la política de los reinos del norte, sino en el templo, el culto, el sacerdocio y la dinastía de David. Para él, la historia se lee desde el santuario: la fidelidad a Dios se mide por la pureza del culto y por la obediencia a la Ley, y cada rey es juzgado según haya buscado o abandonado al Señor.

Los grandes protagonistas son Salomón, que construye el templo y lo llena de gloria; los reyes reformadores Asá, Josafat, Ezequías y Josías, que restauran el culto y celebran la Pascua; y también los reyes infieles cuyas caídas explican el desastre final. En el centro brillan dos convicciones: Dios es fiel a su promesa a David, y la misericordia está siempre disponible para quien se humilla y vuelve a él. La frase del capítulo 7 —«si mi pueblo se humilla, yo lo escucharé y sanaré su tierra»— resume el mensaje del libro.

Leído desde la fe cristiana, Crónicas enseña que el culto verdadero no es ritualismo, sino un corazón vuelto a Dios; que la reforma siempre es posible, incluso después de las peores caídas; y que la historia, aun con sus ruinas, permanece en las manos de quien la conduce hacia la restauración.

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