II Crónicas

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 822 versículos

2 Cr

Capítulo 33

1 Manasés tenía doce años cuando comenzó a reinar, y reinó 55 años en Jerusalén.

2 Hizo el mal a los ojos de Yahveh según las abominaciones de las gentes que Yahveh había expulsado delante de los israelitas.

3 Volvió a edificar los altos que su padre Ezequías había derribado, alzó altares a los Baales, hizo cipos, se postró ante todo el ejército de los cielos y les sirvió.

4 Construyó también altares en la Casa de Yahveh, de la que Yahveh había dicho: «En Jerusalén estará mi Nombre para siempre.»

5 Edificó altares a todo el ejército de los cielos en los dos patios de la Casa de Yahveh,

6 e hizo pasar a sus hijos por el fuego en el valle de Ben Hinnom; practicó los presagios, los augurios y la hechicería, e hizo traer nigromantes y adivinos, haciendo mucho mal a los ojos de Yahveh y provocando su cólera.

7 Colocó la imagen del ídolo, que había fabricado, en la Casa de Dios, de la cual había dicho Dios a David y a Salomón, su hijo: «En esta Casa y en Jerusalén, que he elegido de entre todas las tribus de Israel, pondré mi Nombre para siempre.

8 Y no apartaré más el pie de Israel de sobre la tierra que di a vuestros padres, con tal que procuren hacer según todo lo que les he mandado, según toda la Ley, los decretos y las normas ordenados por Moisés.»

9 Manasés desvió a Judá y a los habitantes de Jerusalén para que hicieran mayores males que las gentes que Yahveh había exterminado delante de los israelitas.

10 Habló Yahveh a Manasés y a su pueblo, pero no hicieron caso.

11 Entonces Yahveh hizo venir sobre ellos a los jefes del ejército del rey de Asiria, que apresaron a Manasés con ganchos, le ataron con cadenas de bronce y le llevaron a Babilonia.

12 Cuando se vio en angustia, quiso aplacar a Yahveh su Dios, humillándose profundamente en presencia del Dios de sus padres.

13 Oró a él y Dios accedió, oyó su oración y le concedió el retorno a Jerusalén, a su reino. Entonces supo Manasés que Yahveh es el Dios.

14 Después de esto edificó la muralla exterior de la Ciudad de David al occidente de Guijón, en el torrente, hasta la entrada de la Puerta de los Peces, cercando el Ofel, y la elevó a gran altura. Puso también jefes del ejército en todas las plazas fuertes de Judá.

15 Quitó de la Casa de Yahveh los dioses extraños, el ídolo y todos los altares que había erigido en el monte de la Casa de Yahveh y en Jerusalén, y los echó fuera de la ciudad.

16 Reedificó el altar de Yahveh y ofreció sobre él sacrificios de comunión y de alabanza, y mandó a Judá que sirviese a Yahveh, el Dios de Israel.

17 Sin embargo, el pueblo ofrecía aún sacrificios en los altos, aunque sólo a Yahveh su Dios.

18 El resto de los hechos de Manasés, su oración a Dios, y las palabras de los videntes que le hablaron en nombre de Yahveh, Dios de Israel, se encuentran escritos en los Hechos de los reyes de Israel.

19 Su oración y cómo fue oído, todo su pecado, su infidelidad, los sitios donde edificó altos y donde puso cipos e ídolos antes de humillarse: todo está escrito en los Hechos de Jozay.

20 Se acostó Manasés con sus padres, y le sepultaron en su casa. En su lugar reinó su hijo Amón.

21 Amón tenía veintidós años cuando empezó a reinar, y reinó dos años en Jerusalén.

22 Hizo el mal a los ojos de Yahveh, como había hecho su padre Manasés. Amón ofreció sacrificios y sirvió a todos los ídolos que había fabricado su padre Manasés.

23 Pero no se humilló delante de Yahveh, como se había humillado su padre Manasés; al contrario, Amón cometió aún más pecados.

24 Se conjuraron contra él sus siervos, y le dieron muerte en su casa.

25 Pero el pueblo de la tierra mató a todos los conjurados contra el rey Amón, y proclamó rey en su lugar a su hijo Josías.

Reflexión del capítulo 33

El capítulo 33 presenta a Manasés, hijo de Ezequías, que reinó cincuenta y cinco años e hizo lo peor que se podía hacer en Judá. Reconstruyó los lugares altos que su padre había destruido, levantó altares a los baales, adoró a los astros, profanó el templo con imágenes y practicó la adivinación y la magia. El texto dice que hizo pecar a Judá y que derramó mucha sangre inocente. Es la figura del rey que destruye con sus manos lo que su padre había construido con su fe.

Pero el capítulo da un giro inesperado y luminoso. Los jefes del ejército asirio lo llevan cautivo a Babilonia, con grilletes y cadenas. Y en su angustia, Manasés se humilla profundamente ante el Dios de sus padres y le suplica. Dios escucha su oración y lo devuelve a Jerusalén. Entonces Manasés reconoce que Yahveh es el único Dios, quita los dioses extranjeros, restaura el altar del Señor y ordena a Judá servirle.

El capítulo enseña una verdad consoladora: ninguna vida está tan arruinada que no pueda volver a Dios. El rey más impío de Judá encontró misericordia cuando se humilló. La conversión no depende de la magnitud del pecado, sino de la sinceridad del arrepentimiento. Pero también advierte: el mal cometido deja secuelas, y el hijo de Manasés, Amón, siguió un camino torcido. La misericordia perdona, pero el ejemplo dañino perdura.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy no creas que tu pasado te condena para siempre. Si te has alejado mucho de Dios, humíllate como Manasés y vuelve: la puerta está abierta. Y repara en la medida de lo posible el mal que hayas causado, porque tus acciones dejan huella en los que te rodean, sobre todo en los más jóvenes. Tu ejemplo pesa más que tus palabras.

Oración

Señor, tu misericordia es más grande que mi peor historia. Me humillo ante ti y te pido perdón. Devuélveme a tu camino y ayúdame a reparar el mal que he causado. Que mi ejemplo no arrastre a otros al error. Amén.

Acerca del libro de II Crónicas

El segundo libro de las Crónicas continúa la historia comenzada en el primero y abarca desde el reinado de Salomón hasta el decreto de Ciro que permite volver del destierro. No es una simple repetición de los libros de los Reyes, sino una relectura teológica de la historia de Judá hecha para una comunidad que ha vuelto del exilio y necesita entender qué salió mal y cómo vivir de nuevo la alianza.

Su autor, llamado tradicionalmente el Cronista, escribe desde Jerusalén después del destierro, probablemente en el siglo IV antes de Cristo. Su interés no está en la política de los reinos del norte, sino en el templo, el culto, el sacerdocio y la dinastía de David. Para él, la historia se lee desde el santuario: la fidelidad a Dios se mide por la pureza del culto y por la obediencia a la Ley, y cada rey es juzgado según haya buscado o abandonado al Señor.

Los grandes protagonistas son Salomón, que construye el templo y lo llena de gloria; los reyes reformadores Asá, Josafat, Ezequías y Josías, que restauran el culto y celebran la Pascua; y también los reyes infieles cuyas caídas explican el desastre final. En el centro brillan dos convicciones: Dios es fiel a su promesa a David, y la misericordia está siempre disponible para quien se humilla y vuelve a él. La frase del capítulo 7 —«si mi pueblo se humilla, yo lo escucharé y sanaré su tierra»— resume el mensaje del libro.

Leído desde la fe cristiana, Crónicas enseña que el culto verdadero no es ritualismo, sino un corazón vuelto a Dios; que la reforma siempre es posible, incluso después de las peores caídas; y que la historia, aun con sus ruinas, permanece en las manos de quien la conduce hacia la restauración.

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