II Crónicas

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 822 versículos

2 Cr

Capítulo 36

1 El pueblo de la tierra tomó a Joacaz, hijo de Josías, y le proclamó rey en Jerusalén, en lugar de su padre.

2 Joacaz tenía veintitrés años cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses en Jerusalén.

3 El rey de Egipto le destituyó en Jerusalén, e impuso al país una contribución de cien talentos de plata y un talento de oro.

4 El rey de Egipto proclamó rey de Judá y Jerusalén a Eliaquim, hermano de Joacaz, cambiándole el nombre por el de Yoyaquim. Y a Joacaz, su hermano, le tomó Nekó y lo llevó a Egipto.

5 Yoyaquim tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. Hizo el mal a los ojos de Yahveh su Dios.

6 Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él y le ató con cadenas de bronce para conducirle a Babilonia.

7 Nabucodonosor llevó también a Babilonia algunos objetos de la Casa de Yahveh que depositó en su santuario, en Babilonia.

8 El resto de los hechos de Yoyaquim, las abominaciones que cometió y todo lo que le sucedió, está escrito en el libro de los reyes de Israel y de Judá. En su lugar reinó su hijo Joaquín.

9 Joaquín tenía ocho años cuando empezó a reinar, y reinó tres meses y diez días en Jerusalén; hizo el mal a los ojos de Yahveh.

10 A la vuelta de un año mandó el rey Nabucodonosor que le llevasen a Babilonia, juntamente con los objetos más preciosos de la Casa de Yahveh, y puso por rey en Judá y Jerusalén a Sedecías, hermano de Joaquín.

11 Sedecías tenía veintiún años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén.

12 Hizo el mal a los ojos de Yahveh su Dios, y no se humilló ante el profeta Jeremías que le hablaba por boca de Yahveh.

13 También él se rebeló contra el rey Nabucodonosor, que le había hecho jurar por Dios; endureció su cerviz y se obstinó en su corazón, en vez de volverse a Yahveh, el Dios de Israel.

14 Del mismo modo, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según todas las costumbres abominables de las gentes, y mancharon la Casa de Yahveh, que él se había consagrado en Jerusalén.

15 Yahveh, el Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada.

16 Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira de Yahveh contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio.

17 Entonces hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a los mejores en la Casa de su santuario, sin perdonar a joven ni a doncella, a viejo ni a canoso; a todos los entregó Dios en su mano.

18 Todos los objetos de la Casa de Dios, grandes y pequeños, los tesoros de la Casa de Yahveh y los tesoros del rey y de sus jefes, todo se lo llevó a Babilonia.

19 Incendiaron la Casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén: pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos.

20 Y a los que escaparon de la espada los llevó cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos de él y de sus hijos hasta el advenimiento del reino de los persas;

21 para que se cumpliese la palabra de Yahveh, por boca de Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.»

22 En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra de Yahveh, por boca de Jeremías, movió Yahveh el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino:

23 «Así habla Ciro, rey de Persia: Yahveh, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. El me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él y suba!»

Reflexión del capítulo 36

El capítulo 36 cierra el libro con la tragedia y la esperanza entrelazadas. Tras la muerte de Josías, el pueblo pasa por una sucesión de reyes que hacen el mal: Joacaz, deportado a Egipto; Joaquín, llevado cautivo a Babilonia con los tesoros del templo; Sedecías, que se rebela contra el rey de Babilonia y desoye la voz del profeta Jeremías. El Cronista resume la causa de la ruina con una frase estremecedora: tanto los jefes de los sacerdotes como el pueblo acumularon infidelidades, copiaron las abominaciones de las naciones vecinas y profanaron la Casa del Señor. La infidelidad no fue solo de los reyes, sino del pueblo entero.

Dios, dice el texto, envió sin cesar mensajeros para avisar, porque sentía compasión de su pueblo y de su santuario. Pero ellos se burlaron de los enviados de Dios y se rieron de sus profetas, hasta que no hubo remedio. Entonces los caldeos incendiaron el templo, derribaron las murallas de Jerusalén y se llevaron al pueblo cautivo a Babilonia, donde permaneció setenta años, hasta que se cumplió la palabra de Jeremías.

Y el libro no termina en la ruina. Termina con el decreto de Ciro, rey de Persia, que reconoce que Yahveh le ha dado todos los reinos y lo ha encargado de reconstruir su Casa en Jerusalén. La historia del pueblo elegido se cierra con una puerta abierta: la misericordia de Dios prepara ya la restauración, y la promesa sigue viva.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy no te acostumbres a las advertencias de Dios ni las dejes pasar: él corrige porque ama y no quiere que te pierdas. Si tu vida se ha derrumbado como Jerusalén, recuerda que el capítulo no termina en las ruinas, sino en un nuevo comienzo. Dios ya está preparando tu restauración. Empieza hoy a reconstruir, aunque sea con una sola piedra.

Oración

Señor, tú corriges porque amas y no abandonas a tu pueblo aunque lo veas caer. Ayúdame a escuchar tus advertencias sin endurecerme. Y cuando todo parezca ruina, dame esperanza: tú ya estás preparando un nuevo comienzo. Amén.

Acerca del libro de II Crónicas

El segundo libro de las Crónicas continúa la historia comenzada en el primero y abarca desde el reinado de Salomón hasta el decreto de Ciro que permite volver del destierro. No es una simple repetición de los libros de los Reyes, sino una relectura teológica de la historia de Judá hecha para una comunidad que ha vuelto del exilio y necesita entender qué salió mal y cómo vivir de nuevo la alianza.

Su autor, llamado tradicionalmente el Cronista, escribe desde Jerusalén después del destierro, probablemente en el siglo IV antes de Cristo. Su interés no está en la política de los reinos del norte, sino en el templo, el culto, el sacerdocio y la dinastía de David. Para él, la historia se lee desde el santuario: la fidelidad a Dios se mide por la pureza del culto y por la obediencia a la Ley, y cada rey es juzgado según haya buscado o abandonado al Señor.

Los grandes protagonistas son Salomón, que construye el templo y lo llena de gloria; los reyes reformadores Asá, Josafat, Ezequías y Josías, que restauran el culto y celebran la Pascua; y también los reyes infieles cuyas caídas explican el desastre final. En el centro brillan dos convicciones: Dios es fiel a su promesa a David, y la misericordia está siempre disponible para quien se humilla y vuelve a él. La frase del capítulo 7 —«si mi pueblo se humilla, yo lo escucharé y sanaré su tierra»— resume el mensaje del libro.

Leído desde la fe cristiana, Crónicas enseña que el culto verdadero no es ritualismo, sino un corazón vuelto a Dios; que la reforma siempre es posible, incluso después de las peores caídas; y que la historia, aun con sus ruinas, permanece en las manos de quien la conduce hacia la restauración.

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