I Samuel

Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos

1 Sam

Capítulo 1

1 Hubo un hombre de Ramatáyim, sufita de la montaña de Efraím, que se llamaba Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita.

2 Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Peninná; Peninná tenía hijos, pero Ana no los tenía.

3 Este hombre subía de año en año desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios a Yahveh Sebaot en Silo, donde estaban Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí, sacerdotes de Yahveh.

4 El día en que Elcaná sacrificaba, daba sendas porciones a su mujer Peninná y a cada uno de sus hijos e hijas,

5 pero a Ana le daba solamente una porción, pues aunque era su preferida, Yahveh había cerrado su seno.

6 Su rival la zahería y vejaba de continuo, porque Yahveh la había hecho estéril.

7 Así sucedía año tras año; cuando subían al templo de Yahveh la mortificaba. Ana lloraba de continuo y no quería comer.

8 Elcaná su marido le decía: «Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿Es que no soy para ti mejor que diez hijos?»

9 Pero después que hubieron comido en la habitación, se levantó Ana y se puso ante Yahveh. - El sacerdote Elí estaba sentado en su silla, contra la jamba de la puerta del santuario de Yahveh.

10 Estaba ella llena de amargura y oró a Yahveh llorando sin consuelo,

11 e hizo este voto: «¡Oh Yahveh Sebaot! Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y acordarte de mí, no olvidarte de tu sierva y darle un hijo varón, yo lo entregaré a Yahveh por todos los días de su vida y la navaja no tocará su cabeza.»

12 Como ella prolongase su oración ante Yahveh, Elí observaba sus labios.

13 Ana oraba para sí; se movían sus labios, pero no se oía su voz, y Elí creyó que estaba ebria,

14 y le dijo: «¿Hasta cuándo va a durar tu embriaguez? ¡Echa el vino que llevas!»

15 Pero Ana le respondió: «No, señor; soy una mujer acongojada; no he bebido vino ni cosa embriagante, sino que desahogo mi alma ante Yahveh.

16 No juzgues a tu sierva como una mala mujer; hasta ahora sólo por pena y pesadumbre he hablado.»

17 Elí le respondió: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.»

18 Ella dijo: «Que tu sierva halle gracia a tus ojos.» Se fue la mujer por su camino, comió y no pareció ya la misma.

19 Se levantaron de mañana y, después de haberse postrado ante Yahveh, regresaron, volviendo a su casa, en Ramá. Elcaná se unió a su mujer Ana y Yahveh se acordó de ella.

20 Concibió Ana y llegado el tiempo dio a luz un niño a quien llamó Samuel, «porque, dijo, se lo he pedido a Yahveh».

21 Subió el marido Elcaná con toda su familia, para ofrecer a Yahveh el sacrificio anual y cumplir su voto,

22 pero Ana no subió, porque dijo a su marido: «Cuando el niño haya sido destetado, entonces le llevaré, será presentado a Yahveh y se quedará allí para siempre.»

23 Elcaná, su marido, le respondió: «Haz lo que mejor te parezca, y quédate hasta que lo destetes; así Yahveh cumpla su palabra.» Se quedó, pues, la mujer y amamantó a su hijo hasta su destete.

24 Cuando lo hubo destetado, lo subió consigo, llevando además un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino, e hizo entrar en la casa de Yahveh, en Silo, al niño todavía muy pequeño.

25 Inmolaron el novillo y llevaron el niño a Elí

26 y ella dijo: «Oyeme, señor. Por tu vida, señor, yo soy la mujer que estuvo aquí junto a ti, orando a Yahveh.

27 Este niño pedía yo y Yahveh me ha concedido la petición que le hice.

28 Ahora yo se lo cedo a Yahveh por todos los días de su vida; está cedido a Yahveh.» Y le dejó allí, a Yahveh.

Reflexión del capítulo 1

El libro se abre en el santuario de Silo, y lo hace con el dolor silencioso de una mujer. Ana es estéril, y su rival Peninná la zahiere año tras año, hasta que el llanto le quita el apetito. Elcaná, su marido, la quiere y le dice: «¿Es que no soy para ti mejor que diez hijos?», pero el cariño humano no llena el vacío que ella lleva dentro.

Entonces Ana se levanta y ora. No hace un discurso: llora sin consuelo y hace un voto. Promete que, si Dios le concede un hijo, se lo devolverá, cediéndolo para siempre al servicio del Señor. Es una oración desgarrada y generosa: pide un don y, antes de recibirlo, ya lo está entregando. El sacerdote Elí, que la ve mover los labios sin oír su voz, la confunde con una borracha; y ella, con humildad serena, aclara que solo desahoga su alma ante Yahveh. Elí entonces la bendice, y Ana se marcha distinta, como si ya hubiera recibido lo que aún espera.

Dios escucha. Ana concibe y da a luz a Samuel, cuyo nombre significa «se lo he pedido a Yahveh». Y cuando lo desteta, lo lleva al santuario con un novillo y harina, y lo deja allí, diciendo: «Yo se lo cedo a Yahveh por todos los días de su vida».

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Trae hoy a la oración ese dolor que llevas en silencio y que nadie ha podido consolar. No lo disimules ni lo escondas: llóralo ante Dios con la confianza de Ana, que oró sin rendirse aunque la tomaran por borracha. Y pregúntate si estás dispuesto a devolverle lo que te conceda, en lugar de retenerlo solo para ti. La oración desgarrada y generosa es la que abre el cielo.

Oración

Señor, que escuchas el llanto de los humildes: acoge el dolor que traemos escondido. Danos la confianza de Ana para orar sin desfallecer, y un corazón generoso para devolverte, con gratitud, todo lo que nos das. Amén.

Acerca del libro de I Samuel

El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.

Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.

Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.

Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?

Compartir

Enlace copiado