I Samuel

Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos

1 Sam

Capítulo 3

1 Servía el niño Samuel a Yahveh a las órdenes de Elí; en aquel tiempo era rara la palabra de Yahveh, y no eran corrientes las visiones.

2 Cierto día, estaba Elí acostado en su habitación - sus ojos iban debilitándose y ya no podía ver -

3 no estaba aún apagada la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el Santuario de Yahveh, donde se encontraba el arca de Dios.

4 Llamó Yahveh: «¡Samuel, Samuel!» El respondió: «¡Aquí estoy!»,

5 y corrió donde Elí diciendo: «¡Aquí estoy, porque me has llamado.» Pero Elí le contestó: «Yo no te he llamado; vuélvete a acostar.» El se fue y se acostó.

6 Volvió a llamar Yahveh: «¡Samuel!» Se levantó Samuel y se fue donde Elí diciendo: «Aquí estoy, porque me has llamado.» Elí le respondió: «Yo no te he llamado, hijo mío, vuélvete a acostar.»

7 Aún no conocía Samuel a Yahveh, pues no le había sido revelada la palabra de Yahveh.

8 Tercera vez llamó Yahveh a Samuel y él se levantó y se fue donde Elí diciendo: «Aquí estoy, porque me has llamado.» Comprendió entonces Elí que era Yahveh quien llamaba al niño,

9 y dijo a Samuel: «Vete y acuéstate, y si te llaman, dirás: Habla, Yahveh, que tu siervo escucha.» Samuel se fue y se acostó en su sitio.

10 Vino Yahveh, se paró y llamó como las veces anteriores «Samuel, Samuel!» Respondió Samuel: «¡Habla, que tu siervo escucha.»

11 Dijo Yahveh a Samuel: «Voy a ejecutar una cosa tal en Israel, que a todo el que la oiga le zumbarán los oídos.

12 Ese día cumpliré contra Elí todo cuanto he dicho contra su casa, desde el principio hasta el fin.

13 Tú le anunciarás que yo condeno su casa para siempre, porque sabía que sus hijos vilipendiaban a Dios y no los ha corregido.

14 Por esto juro a la casa de Elí que ni sacrificio ni oblación expiarán jamás la iniquidad de la casa de Elí.»

15 Samuel siguió acostado hasta la mañana y después abrió las puertas de la Casa de Yahveh. Samuel temía contar la visión a Elí,

16 pero Elí le llamó y le dijo: «Samuel, hijo mío»; él respondió: «Aquí estoy.»

17 El preguntó: «¿Qué es lo que te ha dicho? ¡No me ocultes nada! Que Dios te haga esto y añada esto otro si me ocultas una palabra de lo que te ha dicho.»

18 Entonces Samuel se lo manifestó todo, sin ocultarle nada; Elí dijo: «El es Yahveh. Que haga lo que bien le parezca.»

19 Samuel crecía, Yahveh estaba con él y no dejó caer en tierra ninguna de sus palabras.

20 Todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel estaba acreditado como profeta de Yahveh.

21 Yahveh continuó manifestándose en Silo, porque en Silo se revelaba a Samuel la palabra de Yahveh.

Reflexión del capítulo 3

El capítulo narra la vocación de Samuel, y empieza con un dato revelador: «en aquel tiempo era rara la palabra de Yahveh, y no eran corrientes las visiones». En un momento de sequedad espiritual, cuando el sacerdocio está corrompido y la lámpara de Dios aún no se ha apagado, Dios llama a un muchacho que duerme en el santuario. La escena es de una sencillez conmovedora: Yahveh llama tres veces, y tres veces Samuel corre hacia Elí, porque todavía no conoce a Yahveh ni le ha sido revelada su palabra.

Aquí aparece la figura de Elí en su mejor momento. El anciano, casi ciego, no se irrita por las interrupciones nocturnas; comprende poco a poco lo que está sucediendo y le enseña al niño la respuesta que lo cambiará todo: «Habla, Yahveh, que tu siervo escucha». La misión del viejo es preparar al joven para escuchar una voz que él ya no oirá con la misma fuerza. Transmitir la fe es, muchas veces, enseñar a otro a escuchar a Dios.

Y cuando Samuel responde, recibe un mensaje terrible: el juicio sobre la casa de Elí, porque conocía la maldad de sus hijos y no los corrigió. Samuel teme contárselo, pero Elí le exige la verdad y la acoge con una frase de fe desnuda: «El es Yahveh. Que haga lo que bien le parezca». Desde entonces, Samuel crece, Yahveh está con él y todo Israel lo reconoce como profeta.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Reserva hoy un momento de silencio y di con sinceridad: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Y si tienes que transmitir la fe a alguien más joven, no le des solo tus ideas ni tus conclusiones: enséñale a escuchar a Dios por sí mismo, como hizo Elí con Samuel, con paciencia y sin impacientarse. Escuchar es el primer paso de toda vocación.

Oración

Señor, que llamas en el silencio de la noche: abre nuestros oídos para reconocer tu voz. Danos la docilidad de Samuel y la humildad de Elí, y que sepamos transmitir a otros el arte de escucharte. Amén.

Acerca del libro de I Samuel

El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.

Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.

Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.

Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?

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