I Samuel

Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos

1 Sam

Capítulo 2

1 Entonces Ana dijo esta oración: «Mi corazón exulta en Yahveh, mi cuerno se levanta en Dios, mi boca se dilata contra mis enemigos, porque me he gozado en tu socorro.

2 No hay Santo como Yahveh, (porque nadie fuera de ti), ni roca como nuestro Dios.

3 No multipliquéis palabras altaneras. No salga de vuestra boca la arrogancia. Dios de sabiduría es Yahveh, suyo es juzgar las acciones.

4 El arco de los fuertes se ha quebrado, los que tambalean se ciñen de fuerza.

5 Los hartos se contratan por pan, los hambrientos dejan su trabajo. La estéril da a luz siete veces, la de muchos hijos se marchita.

6 Yahveh da muerte y vida, hace bajar al seol y retornar.

7 Yahveh enriquece y despoja, abate y ensalza.

8 Levanta del polvo al humilde, alza del muladar al indigente para hacerle sentar junto a los nobles, y darle en heredad trono de gloria, pues de Yahveh los pilares de la tierra y sobre ellos ha sentado el universo.

9 Guarda los pasos de sus fieles, y los malos perecen en tinieblas, (pues que no por la fuerza triunfa el hombre).

10 Yahveh, ¡quebrantados sus rivales! el Altísimo truena desde el cielo. Yahveh juzga los confines de la tierra, da pujanza a su Rey, exalta el cuerno de su Ungido.»

11 Partió Elcaná para Ramá, y el niño se quedó para servir a Yahveh a las órdenes del sacerdote Elí.

12 Los hijos de Elí eran unos malvados que no conocían a Yahveh

13 ni las normas de los sacerdotes respecto del pueblo: cuando alguien ofrecía un sacrificio, venía el criado del sacerdote, mientras se estaba cociendo la carne, con el tenedor de tres dientes en la mano,

14 lo hincaba en el caldero o la olla, en la cacerola o el puchero, y todo lo que sacaba el tenedor, el sacerdote se lo quebada; y así hacían con todos los israelitas que iban allí, a Silo.

15 Incluso antes de que quemasen la grasa, venía el criado del sacerdote y decía al que sacrificaba: «Dame carne para asársela al sacerdote, no te aceptará carne hervida, sino solamente carne cruda.»

16 Y si el hombre le decías: «Primero se quema la grasa, y después tomarás cuanto se te antoje», le respondía: «No, me lo darás ahora o lo tomo por la fuerza.»

17 El pecado de los jóvenes era muy grande ante Yahveh, porque trataban con desprecio la ofrenda hecha a Yahveh.

18 Estaba Samuel al servicio de Yahveh, muchacho vestido con efod de lino.

19 Le hacía su madre un vestido pequeño que le llevaba de año en año, cuando subía con su marido para ofrecer el sacrificio anual.

20 Bendecía luego Elí a Elcaná y a su mujer diciendo: «Que Yahveh te conceda descendencia de esta mujer, a cambio del préstamo que ella ha cedido a Yahveh.» Y ellos se volvían a su lugar.

21 En efecto, Yahveh visitó a Ana, que concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas; el niño Samuel crecía ante Yahveh.

22 Elí era muy anciano; oyó todo cuanto sus hijos hacían a todo Israel,

23 y les dijo: «¿Por qué os portáis de ese modo que yo mismo he oído comentar a todo el pueblo?

24 No, hijos míos, los rumores que oigo no son buenos...

25 Si un hombre peca contra otro hombre, Dios será el árbitro; pero si el hombre peca contra Yahveh ¿quién intercederá por él?» Pero ellos no escucharon la voz de su padre, porque Yahveh deseaba hacerles morir.

26 Cuanto al niño Samuel, iba creciendo y haciéndose grato tanto a Yahveh como a los hombres.

27 Vino un hombre de Dios a Elí y le dijo: Así ha dicho Yahveh. Claramente me he revelado a la casa de tu padre, cuando ellos estaban en Egipto al servicio de la casa de Faraón.

28 Y le elegí entre todas las tribus de Israel para ser mi sacerdote, para subir a mi altar, incensar la ofrenda y llevar el efod en mi presencia, y he concedido a la casa de tu padre parte en todos los sacrificios por el fuego de los hijos de Israel.

29 ¿Por qué pisoteáis el sacrificio y la oblación que yo he ordenado y pesan tus hijos más que yo, cebándoos con lo mejor de todas las oblaciones de mi pueblo Israel?

30 Por eso - palabra de Yahveh, Dios de Israel - yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían siempre en mi presencia, pero ahora - palabra de Yahveh - me guardaré bien de ello. Porque a los que me honran, yo les honro, pero los que me desprecian son viles.

31 He aquí que vienen días en que amputarán tu brazo y el brazo de la casa de tu padre, de suerte que en tu casa los hombres no lleguen a madurar.

32 Tú mirarás al lado de la Morada todo el bien que yo haga a Israel y nunca habrá hombres maduros en tu casa.

33 Conservaré a alguno de los tuyos cabe mi altar para que sus ojos se consuman y su alma se marchite, pero la mayor parte de los tuyos perecerá por la espada de los hombres.

34 Será para ti señal lo que va a suceder a tus dos hijos Jofní y Pinjás: en el mismo día morirán los dos.

35 Yo me suscitaré un sacerdote fiel, que obre según mi corazón y mis deseos, le edificaré una casa permanente y caminará siempre en presencia de mi ungido.

36 El que quedare de tu casa vendrá a postrarse ante él para conseguir algún dinero o una torta de pan y dirá: "Destíname, por favor, a una función sacerdotal cualquiera, para que tenga un bocado de pan que comer."»

Reflexión del capítulo 2

El capítulo contiene uno de los cantos más hermosos del Antiguo Testamento, la oración de Ana, que la liturgia cristiana ha conservado como modelo del Magnificat. Ana exulta en Yahveh y proclama una convicción que recorre toda la Escritura: Dios rompe el arco de los fuertes, harta a los hambrientos, da muerte y vida, levanta del polvo al humilde y abate al poderoso. No es un canto de venganza, sino la alabanza de quien ha experimentado que la fuerza del mundo no decide la historia.

Junto a esa luz, el capítulo muestra una sombra terrible: los hijos de Elí, Jofní y Pinjás, son unos malvados que no conocen a Yahveh. Se apoderan de lo mejor de los sacrificios, tratan con desprecio la ofrenda debida a Dios y escandalizan al pueblo. Elí, ya anciano, les reprende con palabras suaves, pero no los corrige; y su debilidad se convierte en complicidad. Por eso un hombre de Dios le anuncia que su casa será amputada y que sus dos hijos morirán el mismo día.

En medio de todo, un detalle lleno de esperanza: el niño Samuel crecía, servía a Yahveh y se hacía grato tanto a Dios como a los hombres. Frente a la corrupción del sacerdocio, Dios prepara en silencio a su profeta. La historia de la salvación no se detiene por las infidelidades de los que deberían ser fieles; Dios suscita, cuando hace falta, un corazón nuevo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si tienes autoridad sobre alguien —un hijo, un alumno, un colaborador—, no te limites a reprender de palabra: corrige de verdad, con firmeza y caridad, antes de que la omisión te haga cómplice. Y alaba hoy a Dios por lo que ha levantado en tu vida desde la humildad, sin atribuirte lo que has recibido. Dios abate a los soberbios y ensalza a los humildes.

Oración

Señor, que abates a los poderosos y levantas a los humildes: gracias por tu justicia que endereza la historia. Danos valentía para corregir a quien debemos, sin dureza ni cobardía, y un corazón que se alegre en ti como el de Ana. Amén.

Acerca del libro de I Samuel

El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.

Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.

Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.

Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?

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