I Samuel

Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos

1 Sam

Capítulo 23

1 Avisaron a David: «Mira, los filisteos están atacando a Queilá y han saqueado las eras.»

2 Consultó David a Yahveh: «¿Debo ir a batir a esos filiesteos?» Yahveh respondió a David: «Vete, batirás a los filisteos y salvarás a Queilá.»

3 Dijeron a David sus hombres: «Mira, ya en Judá estamos con temor ¿y todavía vamos a marchar a Queilá contra las huestes de los filisteos?»

4 David consultó de nuevo a Yahveh. Yahveh respondió: «Levántate, baja a Queilá porque he entregado a los filisteos en tus manos.»

5 Fue David con sus hombres a Queilá, atacó a los filisteos, se llevó sus rebaños, les causó una gran mortandad y libró David a los habitantes de Queilá.

6 Cuando Abiatar, hijo de Ajimélek, huyó a donde David, descendió también a Queilá, llevando en su mano el efod.

7 Se avisó a Saúl que David había entrado en Queilá y dijo: «Dios lo ha entregado en mis manos, pues él mismo se ha encerrado yendo a una ciudad con puertas y cerrojos.»

8 Llamó Saúl a todo el pueblo a las armas para bajar a Queilá y cercar a David y sus hombres.

9 Supo David que Saúl tramitaba su ruina, y dijo al sacerdote Abiatar: «Acerca el efod.»

10 Dijo David: «Yahveh, Dios de Israel, tu siervo ha oído que Saúl intenta venir a Queilá para destruir la ciudad por mi causa.

11 ¿Descenderá de verdad Saúl como tu siervo ha oído? Yahveh, Dios de Israel, hazlo saber por favor a tu siervo.» Yahveh respondió: «Bajará.»

12 Preguntó David: «¿Me entregarán los vecinos de Queilá, a mí y a mis hombres, en manos de Saúl?» Respondió Yahveh: «Te entregarán.»

13 Se levantó David con sus hombres, que eran unos trescientos; salieron de Queilá, y anduvieron errando. Avisaron a Saúl que David se había escapado de Queilá y suspendió la expedición.

14 David se asentó en el desierto, en refugios, y se quedó en la montaña del desierto de Zif; Saúl le buscaba sin cesar, pero Dios no le entregó en sus manos.

15 Se enteró David de que Saúl había salido a campaña para buscar su muerte. Estaba entonces David en el desierto de Zif, en Jorsa.

16 Jonatán, hijo de Saúl, se levantó y fue donde David, en Jorsa, le dio ánimos en Dios,

17 y le dijo: «No temas, porque la mano de Saúl, mi padre, no te alcanzará; tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo. Hasta mi padre Saúl lo tiene sabido.»

18 Hicieron ambos una alianza ante Yahveh; David se quedó en Jorsa, y Jonatán se volvió a su casa.

19 Subieron algunos zifitas a Guibeá, donde Saúl, para decirle: «¿No se esconde David entre nosotros, en los refugios de Jorsa, en la colina de Jakilá, que está al sur de la estepa?

20 Tú deseas con toda tu alma, oh rey, descender. Desciende y es cosa nuestra entregarlo en manos del rey.»

21 Respondió Saúl: «Que Yahveh os bendiga por haberos compadecido de mí.

22 Id, pues; aseguraos bien, enteraos, mirad el lugar donde se pone su pie y quién le ha visto allí, porque me han dicho que es muy astuto.

23 Mirad y reconoced todos los escondrijos en que pueda esconderse, y volved a mí cuando estéis seguros y subiré con vosotros, y si está en la comarca le rebuscaré entre todas las familias de Judá.»

24 Se levantaron y se fueron a Zif, precediendo a Saúl. Estaban David y sus hombres en el desierto de Maón, en la llanura, al sur del desierto.

25 Fue Saúl con sus hombres en su busca; avisaron a David y bajó al tajo que está en el desierto de Maón. Lo oyó Saúl y persiguió a David en el desierto de Maón.

26 Iba Saúl y sus hombres por un lado de la montaña, y David y sus hombres por el lado de la otra. Huía David a toda prisa ante Saúl, mientras Saúl y sus hombres intentaban pasar a la parte de David y sus hombres para apresarlos,

27 cuando he aquí que llegó un mensajero a Saúl y le dijo: «Date prisa y ven, porque los filisteos han invadido la tierra.»

28 Abandonó Saúl la persecución de David y marchó al encuentro de los filisteos. Por eso se llamó aquel lugar «Peña de la Separación.»

Reflexión del capítulo 23

El capítulo presenta a David como un jefe que consulta a Dios antes de actuar. Los filisteos atacan Queilá, y David pregunta: «¿Debo ir a batir a esos filisteos?». Yahveh responde que sí, pero sus hombres tienen miedo; entonces David vuelve a consultar, y recibe la misma respuesta con más firmeza. La oración repetida es la manera de escuchar con calma antes de comprometer a otros. David vence y salva a los habitantes de Queilá.

Pero la salvación de una ciudad no garantiza la gratitud de sus habitantes. Cuando Saúl marcha contra Queilá, David consulta de nuevo y Dios le revela que los hombres de la ciudad lo entregarían. Entonces sale con sus trescientos hombres y se interna en el desierto. Es una lección amarga y serena: haber hecho el bien no asegura la lealtad de los que se beneficiaron de él.

En medio de la persecución, aparece el momento más luminoso del capítulo. Jonatán va a buscar a David en Jorsa, «le dio ánimos en Dios» y le dijo: no temas, la mano de mi padre no te alcanzará; tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo. El amigo no le trae consuelos vagos, sino la certeza de la promesa divina. Después los zifitas denuncian a David, y cuando Saúl está a punto de capturarlo, la invasión de los filisteos lo obliga a retirarse. El lugar se llamó «Peña de la Separación».

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Antes de una decisión que afecte a otros, no improvises: consulta a Dios y, si hace falta, vuelve a preguntarle hasta tener paz. Y cuando veas a alguien desanimado, dale ánimos «en Dios», como Jonatán: recuérdale la promesa y la fidelidad del Señor, no solo tu opinión personal. Acompañar así es un arte que se aprende. Consultar a Dios antes de actuar es señal de sabiduría.

Oración

Señor, que guías a quien te consulta: enséñanos a escucharte antes de actuar y a repetir la oración cuando dudamos. Danos amigos que nos animen en ti, y la paz de saber que tú separas a los tuyos del mal. Amén.

Acerca del libro de I Samuel

El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.

Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.

Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.

Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?

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