I Samuel

Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos

1 Sam

Capítulo 12

1 Samuel dijo a todo Israel: «Ya veis que os he atendido en todo lo que me habéis pedido y he puesto un rey sobre vosotros.

2 En adelante, el rey marchara delante de vosotros. Cuanto a mí, he envejecido y encanecido, y mis hijos entre vosotros están. He andado delante de vosotros desde mi juventud hasta hoy.

3 Aquí me tenéis. Atestiguad contra mí delante de Yahveh y delante de su ungido. ¿De quién he tomado yo el buey o de quién he tomado el asno? ¿A quién he atropellado u oprimido? ¿Quién me ha sobornado para que cerrara los ojos? Yo os lo restituiré.»

4 Respondieron: «No nos has atropellado ni oprimido, y nada has recibido de nadie.»

5 El les dijo: «Yahveh es testigo contra vosotros, y su ungido es testigo hoy de que vosotros no habéis encontrado nada en mis manos.» Respondieron: «Es testigo.»

6 Dijo entonces Samuel al pueblo: «Testigo es aquel Yahveh que suscitó a Moisés y Aarón y que hizo subir a vuestros padres del país de Egipto.

7 Presentaos ahora para que yo pleitee con vosotros ante Yahveh y para recordaros todos los beneficios que Yahveh ha llevado a cabo en favor vuestro y de vuestros padres.

8 Cuando Jacob entró en Egipto, los egipcios los oprimieron y vuestros padres clamaron a Yahveh. Entonces Yahveh envió a Moisés y Aarón que sacaron a vuestros padres de Egipto y los puso en este lugar.

9 Pero ellos olvidaron a Yahveh su Dios, y él los entregó en manos de Sísara, jefe del ejército de Jasor, en manos de los filisteos y del rey de Moab, que combatieron contra ellos.

10 Clamaron a Yahveh diciendo: "Hemos pecado, porque hemos abandonado a Yahveh y servido a los Baales y a las Astartés. Pero ahora, líbranos de las manos de nuestros enemigos y te serviremos."

11 Envió entonces Yahveh a Yerubbaal, a Baraq, a Jefté y a Samuel, os ha librado de los enemigos que os rodeaban y habéis vivido en seguridad.

12 Pero, en cuanto habéis visto que Najás, rey de los ammonitas, venía contra vosotros, me habéis dicho: "¡No! Que reine un rey sobre nosotros," siendo así que vuestro rey es Yahveh, Dios vuestro.

13 Aquí tenéis ahora al rey que os habéis elegido. Yahveh ha establecido un rey sobre vosotros.

14 Si teméis a Yahveh y le servís, si escucháis su voz y no os rebeláis contra las órdenes de Yahveh; si vosotros y el rey que reine sobre vosotros seguís a Yahveh vuestro Dios, está bien.

15 Pero si no escucháis la voz de Yahveh, si os rebeláis contra las órdenes de Yahveh, entonces la mano de Yahveh pesará sobre vosotros y sobre vuestro rey.

16 Una vez más, quedaos para ver este gran prodigio que Yahveh realiza a vuestros ojos.

17 ¿No es ahora la cosecha del trigo? Pues bien, voy a invocar a Yahveh para que haga tronar y llover. Reconoced y ved el gran mal que habéis hecho a los ojos de Yahveh, a pedir un rey para vosotros.»

18 Invocó Samuel a Yahveh, que hizo tronar y llover aquel mismo día, y todo el pueblo cobró mucho temor a Yahveh y a Samuel.

19 Dijo todo el pueblo a Samuel: «Suplica a Yahveh tu Dios en favor de tus siervos, para que no muramos; hemos colmado nuestros pecados pidiendo en rey para nosotros.»

20 Pero Samuel dijo al pueblo: «No temáis. Cierto que habéis hecho esta maldad. Pero ahora, no os alejéis de Yahveh y servidle con todo vuestro corazón,

21 y no os apartéis en pos de los que no son nada, que no sirven ni salvan porque no son nada.

22 Pues Yahveh no rechazará a su pueblo por el honor de su gran nombre, porque Yahveh se ha dignado hacer de vosotros su pueblo.

23 Por mi parte, lejos de mí pecar contra Yahveh dejando de suplicar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto.

24 Sólo a Yahveh temeréis y le serviréis fielmente, con todo vuestro corazón, porque habéis visto esta cosa grandiosa que ha realizado en medio de vosotros.

25 Pero si os portáis mal, pereceréis, vosotros y vuestro rey.»

Reflexión del capítulo 12

Samuel se despide como juez con un discurso de una dignidad impresionante. No se defiende con argumentos, sino que se pone a disposición del pueblo: «Aquí me tenéis. Atestiguad contra mí delante de Yahveh. ¿De quién he tomado yo el buey o el asno? ¿A quién he oprimido? ¿De quién he aceptado un regalo?». Y el pueblo reconoce: «No nos has atropellado ni oprimido, y nada has recibido de nadie». Es el retrato del servidor limpio, que puede mirar atrás sin deudas.

Después Samuel recorre la historia de Israel: cómo Dios sacó a los padres de Egipto, los libró de sus enemigos cada vez que clamaron, y cómo ellos, olvidando a Yahveh, pidieron un rey cuando ya tenían a Dios por rey. No les dice esto para condenarlos sin remedio, sino para que entiendan la gravedad de lo que han hecho. Y les da una señal: invoca a Yahveh y hace tronar y llover en plena cosecha del trigo.

Pero el capítulo no termina en el castigo, sino en la misericordia. Samuel los tranquiliza: «No temáis. Cierto que habéis hecho esta maldad; pero ahora, no os alejéis de Yahveh y servidle con todo vuestro corazón». Y pronuncia una de las frases más nobles del libro: «Lejos de mí pecar contra Yahveh dejando de suplicar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto».

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Examina tu vida de servicio: ¿puedes decir con verdad que no has oprimido ni te has aprovechado de nadie? Y si alguien que depende de ti se ha equivocado, no lo abandones: sigue rezando por él y mostrándole el camino recto, como Samuel, que no dejó de interceder por un pueblo que lo había rechazado. La integridad de una vida vale más que cualquier aplauso.

Oración

Señor, que nos llamas a servir con manos limpias: danos integridad en lo pequeño y en lo grande. Que nunca dejemos de interceder por los que nos han sido confiados, ni de enseñarles el camino bueno y recto. Amén.

Acerca del libro de I Samuel

El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.

Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.

Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.

Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?

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