I Samuel

Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos

1 Sam

Capítulo 13

1 []

2 Se eligió Saúl 3.000 hombres de Israel; había 2.000 con Saúl en Mikmás y en las montañas de Betel, y mil con Jonatán en Gueba de Benjamín, y el resto del pueblo lo devolvió a sus tiendas.

3 Jonatán mató al gobernador de los filisteos que se hallaba en Guibeá, y supieron los filisteos que los hebreos se habian rebelado. Saúl hizo sonar el cuerno por toda la tierra,

4 y todo Israel oyó la noticia: «Saúl ha matado al gobernador de los filisteos. Israel se ha hecho odioso a los filisteos.» Y se reunió el pueblo tras Saúl en Guilgal.

5 Se concentraron los filisteos para combatir a Israel: 3.000 carros, 6.000 caballos y un ejército tan numeroso como la arena de la orilla del mar; y acamparon en Mikmás, al este de Bet Avén.

6 Cuando los hombres de Israel se vieron en peligro, porque se les apretaba de cerca, se escondió la gente en las cavernas, los agujeros, las hendiduras de las peñas, los subterráneos y las cisternas.

7 Algunos hebreos pasaron también el Jordán al país de Gad y Galaad. Saúl estaba todavía en Guilgal y todo el pueblo temblaba junto a él.

8 Esperó siete días conforme al plazo que Samuel había fijado, pero Samuel no llegó a Guilgal y el ejército se desbandó, abandonando a Saúl.

9 Entonces Saúl dijo: «Acercadme el holocausto y los sacrificios de comunión», y ofreció el holocausto.

10 Acababa él de ofrecer el holocausto, cuando llegó Samuel, y Saúl le salió al encuentro para saludarle.

11 Samuel dijo: «¿Qué has hecho?» Y Saúl respondió: «Como vi que el ejército me abandonaba y se desbandaba, que, por otro lado, tú no venías en el plazo fijado, y que los filisteos estaban ya concentrados en Mikmás,

12 me dije: Ahora los filisteos van a bajar contra mí a Guilgal y no he apaciguado a Yahveh. Entonces me he visto forzado a ofrecer el holocausto.»

13 Samuel dijo a Saúl: «Te has portado como un necio. Si hubieras cumplido la orden que Yahveh tu Dios te ha dado, entonces Yahveh hubiera afianzado tu reino para siempre sobre Israel.

14 Pero ahora tu reino no se mantendrá. Yahveh se ha buscado un hombre según su corazón, al que ha designado caudillo de su pueblo, porque tú no has cumplido lo que Yahveh te había ordenado.»

15 Se levantó Samuel y partió de Guilgal para seguir su camino. Los que quedaban del pueblo subieron tras Saúl al encuentro de los hombres de guerra, y vino de Guilgal a Gueba de Benjamín. Saúl pasó revista a las tropas que tenía con él: había unos seiscientos hombres.

16 Saúl, su hijo Jonatán y las tropas que estaban con ellos, se hallaban situados en Gueba de Benjamín, mientras que los filisteos acampaban en Mikmás.

17 La fuerza de choque salió del campo filisteo en tres columnas: una columna tomó la dirección de Ofrá, en la comarca de Sual;

18 otra tomó la dirección de Bet Jorón y la tercera tomó la dirección del alto que domina el valle de los Seboím, hacia el desierto.

19 No había herreros en todo el territorio de Israel, porque los filisteos se decían: «Que no hagan los hebreos espadas ni lanzas.»

20 Así todos los israelitas tenían que bajar a los filisteos para vaciar cada cual su reja, su hacha, su azuela o su aguijada.

21 El precio era dos tercios de siclo por aguzar las azuelas y enderezar la aguijada.

22 Y así ocurrió que el día de la batalla nadie, en toda la tropa que estaba con Saúl y Jonatán, tenía en la mano espada ni lanza. Las había sólo para Saúl y para su hijo Jonatán.

23 Una avanzadilla de filisteos partió hacia el paso de Mikmás.

Reflexión del capítulo 13

Saúl ha reunido al pueblo en Guilgal y espera a Samuel durante siete días, como estaba acordado. Pero Samuel no llega, el ejército se desbanda y los filisteos se concentran con carros, caballos y un ejército «como la arena de la orilla del mar». El rey, viéndose solo y acorralado, toma la decisión fatal: ofrece él mismo el holocausto, un acto reservado al sacerdote y que él no tenía derecho a realizar.

Cuando Samuel llega y pregunta «¿Qué has hecho?», Saúl se justifica con una cadena de razones humanas: el ejército me abandonaba, tú no venías, los filisteos se concentraban, y me dije que debía apaciguar a Yahveh. Cada motivo parece razonable, pero juntos revelan el problema de fondo: Saúl ha puesto su confianza en su propio juicio antes que en la palabra recibida. Samuel pronuncia entonces el veredicto: «Te has portado como un necio. Si hubieras cumplido la orden que Yahveh tu Dios te ha dado, Yahveh hubiera afirmado tu reino para siempre».

Y anuncia algo que orientará todo el resto del libro: Dios se ha buscado un hombre según su corazón, al que ha designado caudillo de su pueblo. La segunda parte muestra la opresión filistea: no había herreros en Israel, y los israelitas tenían que bajar a afilar sus rejas y azuelas con el enemigo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando te sientas presionado y con ganas de decidir por tu cuenta contra lo que sabes que Dios pide, detente. Nombra las razones que te empujan —la prisa, el miedo, la soledad— y pregúntate con honestidad si estás obedeciendo o solo justificando tu impaciencia. Esperar a Dios también es un acto de fe. Dios no necesita tus prisas, sino tu confianza obediente.

Oración

Señor, que pides confianza y no sacrificios hechos a destiempo: danos paciencia para esperar tu hora y humildad para no decidir por nuestra cuenta. Líbranos de justificar la desobediencia con razones que parecen sensatas. Amén.

Acerca del libro de I Samuel

El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.

Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.

Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.

Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?

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