I Samuel
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos
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Capítulo 7 de 31Capítulo 7
1 Vinieron las gentes de Quiryat Yearim y subieron el arca de Yahveh. La llevaron a la casa de Abinadab, en la loma, y consagraron a su hijo Eleazar para que custodiase el arca de Yahveh.
2 Pasaron muchos días - veinte años - desde el día en que el arca se instaló en Quiryat Yearim, y toda la casa de Israel suspiró por Yahveh.
3 Entonces Samuel habló así a toda la casa de Israel: «Si os volvéis a Yahveh con todo vuestro corazón, quitad de en medio de vosotros los dioses extranjeros y las Astartés, fijad vuestro corazón en Yahveh y servidle a él solo y entonces él os librará de la mano de los filisteos.»
4 Los israelitas quitaron los Baales y las Astartés y sirvieron sólo a Yahveh.
5 Samuel dijo: «Congregad a todo Israel en Mispá y yo suplicaré a Yahveh por vosotros.»
6 Se congregaron, pues, en Mispá, sacaron agua, que derramaron ante Yahveh, ayunaron aquel día y dijeron: «Hemos pecado contra Yahveh.» Samuel juzgó a los israelitas en Mispá.
7 Cuando los filisteos supieron que los israelitas se habían reunido en Mispá, subieron los tiranos de los filisteos contra Israel. Habiéndolo oído los israelitas, temieron a los filisteos
8 y dijeron los israelitas a Samuel: «No dejes de invocar a Yahveh nuestro Dios, para que él nos salve de la mano de los filisteos.»
9 Tomó Samuel un cordero lechal y lo ofreció entero en holocausto a Yahveh, invocó a Yahveh en favor de Israel y Yahveh le escuchó.
10 Estaba Samuel ofreciendo el holocausto, cuando los filisteos presentaron batalla a Israel, pero tronó Yahveh aquel día con gran estruendo sobre los filisteos, los llenó de terror y fueron batidos ante Israel.
11 Los hombres de Israel salieron de Mispá y persiguieron a los filisteos desbaratándolos hasta más abajo de Bet Kar.
12 Tomó entonces Samuel una piedra y la erigió entre Mispá y Yesaná y le dio el nombre de Eben Haézer, diciendo: «Hasta aquí nos ha socorrido Yahveh.»
13 Los filisteos fueron humillados. No volvieron más sobre el territorio de Israel y la mano de Yahveh pesó sobre los filisteos durante toda la vida de Samuel.
14 Las ciudades que los filisteos habían tomado a los israelitas fueron devueltas a Israel, desde Ecrón hasta Gat, liberando Israel su territorio del dominio de los filisteos. Y hubo paz entre Israel y los amorreos.
15 Samuel juzgó a Israel todos los días de su vida.
16 Hacía cada año un recorrido por Betel, Guilgal, Mispá, juzgando a Israel en todos estos lugares.
17 Después se volvía a Ramá porque allí tenía su casa, y juzgaba a Israel. Y edificó allí un altar a Yahveh.
Reflexión del capítulo 7
El arca descansa veinte años en Quiryat Yearim, y durante ese tiempo «toda la casa de Israel suspiró por Yahveh». Es la imagen de un pueblo que, después de las derrotas, empieza a echar de menos a Dios. Y entonces aparece Samuel, ya maduro, con una propuesta clara: si os volvéis a Yahveh con todo el corazón, quitad de en medio los dioses extraños y las Astartés, y servidle solo a él. La conversión no es un sentimiento vago: empieza por quitar de la vida lo que ocupa el lugar de Dios.
El pueblo obedece, se congrega en Mispá, derrama agua ante Yahveh, ayuna y confiesa: «Hemos pecado contra Yahveh». Es una liturgia de arrepentimiento sencilla y sincera. Y cuando los filisteos aprovechan la reunión para atacar, Israel pide a Samuel que no deje de invocar a Dios. Samuel ofrece un cordero y suplica, y Yahveh responde con un trueno tan grande que desbarata al enemigo.
El capítulo termina con un gesto que da nombre a la esperanza de Israel: Samuel erige una piedra entre Mispá y Yesaná y la llama Eben Haézer, «Hasta aquí nos ha socorrido Yahveh». Es la memoria agradecida de quien reconoce que la victoria no fue suya. La fidelidad se demuestra en la constancia, no en un momento de entusiasmo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Da hoy un paso concreto de conversión: quita de tu vida algo que sabes que ocupa el lugar de Dios. Y haz memoria agradecida de cómo te ha socorrido hasta aquí, como la piedra de Eben Haézer; escribe o comparte con alguien ese recuerdo, para que la gratitud sostenga tu fe en los días difíciles. La memoria agradecida es el mejor antídoto contra la desconfianza.
Oración
Señor, que escuchas la súplica de tu pueblo: danos un corazón que se convierta de verdad, no solo de palabra. Ayúdanos a quitar los ídolos que nos apartan de ti, y a reconocer con gratitud que hasta aquí nos has socorrido. Amén.
Acerca del libro de I Samuel
El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.
Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.
Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.
Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?
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