I Samuel

Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos

1 Sam

Capítulo 21

1 Se levantó David y se fue, y Jonatán volvió a la ciudad.

2 Llegó David a Nob, donde el sacerdote Ajimélek; vino Ajimélek temblando al encuentro de David y le preguntó: « Por qué vienes solo y no hay nadie contigo?»

3 Respondió David al sacerdote Ajimélek: «El rey me ha dado una orden y me ha dicho: «Que nadie sepa el asunto a que te mando y lo que te ordeno.» A los muchachos los he citado en tal lugar.

4 Así pues, ¿qué tienes a mano? Dame cinco panes o lo que haya.»

5 Respondió el sacerdote a David: «No tengo a mano pan profano, pero hay pan consagrado, si es que los muchachos se han abstenido al menos del trato con mujeres.»

6 Respondió David al sacerdote:» Ciertamente que la mujer nos está prohibida, como siempre que salgo a campaña, y los cuerpos de los muchachos están puros; aunque es un viaje profano, cierto que hoy sus cuerpos están puros.»

7 Diole entonces el sacerdote panes consagrados, porque no había allí otro pan sino el pan de la presencia, el retirado de delante de Yahveh para colocar pan reciente el día que tocaba retirarlo.

8 Estaba allí aquel día uno de los servidores de Saúl, detenido ante Yahveh; se llamaba Doeg, edomita, el más robusto de los pastores de Saúl.

9 Dijo David a Ajimélek: «¿No tienes aquí a mano una lanza o una espada? Porque ni siquera he cogido mi espada y mis armas, pues urgía la orden del rey.»

10 Respondió el sacerdote: «Ahí está la espada de Goliat el filisteo que mataste en el valle del Terebinto, envuelta en un paño detrás del efod; si la quieres tómala; fuera de ésta, no hay otra.» Dijo David: «Ninguna mejor. Dámela.»

11 Se levantó David y huyó aquel día de Saúl, yendo donde Akís, rey de Gat.

12 Los servidores de Akís le dijeron: «¿No es este David, rey de la tierra? ¿No es éste a quien cantaban en corro : Saúl mató sus millares y David sus miríadas?»

13 Meditó David estas palabras y temió mucho a Akís, rey de Gat.

14 Y se fingió demente ante sus ojos haciéndose el loco en medio de ellos; tamborileaba sobre el batiente de la puerta y dejaba caer la saliva sobre su barba.

15 Dijo pues Akís a sus servidores: «Mirad, este hombre está loco. ¿Para qué me lo habéis traído?

16 ¿Es que me hacen falta locos, que me habéis traído a este para que haga el loco a mi costa? ¿Va a entrar éste en mi casa?»

Reflexión del capítulo 21

David llega solo a Nob, donde el sacerdote Ajimélek, que sale temblando a su encuentro. David le oculta la verdad —le dice que viene por una misión secreta del rey— y le pide pan. Ajimélek no tiene pan profano, solo el pan de la presencia, reservado a los sacerdotes; pero se lo da, tras comprobar que los jóvenes están ritualmente puros. Es un detalle que la tradición recordará: el hambre de un perseguido pesa más que la ley del pan consagrado. David recibe también la espada de Goliat, guardada detrás del efod.

Pero hay una sombra en la escena: estaba allí, detenido ante Yahveh, un servidor de Saúl llamado Doeg el edomita. Su presencia silenciosa será después la causa de una matanza. El mal suele avanzar así, con testigos que no dicen nada y que luego hablan cuando conviene.

La segunda parte muestra la humillación de David: huye a Gat, tierra del mismo Goliat, y los servidores de Akís lo reconocen como el vencedor de los filisteos. Temiendo por su vida, se finge demente: tamborilea sobre el batiente de la puerta y deja caer la saliva por la barba.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si en algún momento tienes que fingir o esconderte para sobrevivir, no te avergüences: Dios acompaña también esos pasos frágiles y temerosos. Y si eres testigo de algo injusto, no te quedes callado como Doeg esperando el momento oportuno para tu provecho, porque el silencio cómplice también hace daño. Habla cuando debas hablar. Dios no abandona al que tiembla, sino que lo sostiene.

Oración

Señor, que no desprecias la debilidad de los tuyos: acompáñanos cuando tenemos miedo y no sabemos cómo actuar. Danos la prudencia de David en la huida y la valentía de no callar cuando somos testigos de la injusticia. Amén.

Acerca del libro de I Samuel

El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.

Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.

Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.

Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?

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