I Samuel
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos
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Capítulo 5 de 31Capítulo 5
1 Los filisteos, por su parte, tomaron el arca de Dios y la llevaron de Eben Haézer a Asdod.
2 Tomaron los filisteos el arca de Dios, la introdujeron en el templo de Dagón y la colocaron al lado de Dagón.
3 A la mañana siguiente vinieron los asdodeos al templo de Dagón y he aquí que Dagón estaba caído de bruces en tierra, delante del arca de Yahveh. Levantaron a Dagón y le volvieron a su sitio.
4 Pero a la mañana siguiente temprano, Dagón estaba caído de bruces en tierra, delante del arca de Yahveh y la cabeza de Dagón y sus dos manos estaban rotas en el umbral; sólo quedaba el tronco de Dagón.
5 Por eso los sacerdotes de Dagón y todos los que entran en el templo de Dagón no pisan el umbral de Dagón en Asdod hasta el día de hoy.
6 La mano de Yahveh cayó pesadamente sobre los asdodeos hiriéndolos con tumores, a Asdod y su comarca.
7 Cuando los vecinos de Asdod vieron lo que sucedía, dijeron: «Que no se quede entre nosotros el arca del Dios de Israel, porque su mano se ha endurecido contra nosotros y contra nuestro dios Dagón.»
8 Hicieron, pues, convocar junto a ellos a todos los tiranos de los filisteos y dijeron: «¿Qué debemos hacer con el arca del Dios de Israel?» Decidieron: «El arca del Dios de Israel se trasladará a Gat.» Y trasladaron allí el arca del Dios de Israel.
9 Pero así que la trasladaron, la mano de Yahveh cayó sobre la ciudad provocando gran terror; los varones de la ciudad, desde el más pequeño hasta el mayor, fueron castigados, saliéndoles tumores.
10 Enviaron entonces el arca de Dios a Ecrón, exclamaron los ecronitas: Han encaminado hacia mí el arca del Dios de Israel para hacerme perecer con mi pueblo.»
11 Hicieron convocar a todos los tiranos de los filisteos y dijeron: «Devolved el arca del Dios de Israel; que vuelva a su sitio y no me haga morir a mí y a mi pueblo.» Pues había un terror mortal en toda la ciudad, porque descargó allí duramente la mano de Dios.
12 Los que no murieron fueron atacados de tumores y los alaridos de angustia de la ciudad subieron hasta el cielo.
Reflexión del capítulo 5
Los filisteos creen haber vencido y colocan el arca de Yahveh en el templo de Dagón, junto a su dios. Es el gesto del vencedor que exhibe el trofeo: el Dios de Israel, reducido a botín de guerra, puesto al lado de un ídolo. Pero al día siguiente, Dagón aparece caído de bruces ante el arca; y al día siguiente, la cabeza y las dos manos de la estatua están rotas y tiradas en el umbral. El ídolo no puede sostenerse en pie delante del Dios vivo.
El capítulo es una escena de ironía divina y, al mismo tiempo, una revelación seria. Los dioses de los pueblos no son rivales de Yahveh: caen solos, se rompen, se humillan. Y la mano de Yahveh cae pesada sobre los asdodeos, hiriéndolos con tumores, de modo que el arca se convierte en un problema que ninguno quiere tener cerca. La trasladan de Asdod a Gat y luego a Ecrón, y en cada ciudad el terror crece.
Lo que el capítulo enseña es que la presencia de Dios no se domestica ni se manipula. No basta con tener el arca cerca: hay que saber ante quién se está.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Reconoce hoy la grandeza de Dios sin intentar domesticarlo: no le pidas que se adapte a tus planes, sino dispón tu vida a su voluntad. Y si algo sagrado —una imagen, una práctica, un lugar— se ha convertido en objeto de posesión o de superstición, devuélvele su verdadero sentido y recupéralo con fe. Ante él, todo ídolo cae. Que tu vida entera sea un culto sincero y no un ídolo más.
Oración
Señor, Dios vivo y santo: ante ti caen los ídolos y se quiebran los poderes. Líbranos de manipular tu presencia y de tratar lo sagrado como algo nuestro. Enséñanos la reverencia que reconoce tu señorío. Amén.
Acerca del libro de I Samuel
El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.
Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.
Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.
Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?
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