I Samuel
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos
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Capítulo 30 de 31Capítulo 30
1 Cuando David y sus hombres llegaron al tercer día a Siquelag, los amalecitas habían hecho una incursión contra el Négueb y contra Siquelag, y habían irrumpido en Siquelag incendiándola,
2 y llevándose las mujeres y cuanto allí había, pequeños y grandes. No mataron a nadie, sino que se los llevaron cautivos y se fueron por su camino.
3 Cuando David y sus hombres llegaron a la ciudad, se encontraron con que estaba incendiada, y sus mujeres, sus hijos y sus hijas habían sido llevados.
4 David y las tropas que con él estaban alzaron su voz y lloraron hasta quedar sin aliento.
5 Habían sido llevadas las dos mujeres de David, Ajinoam de Yizreel y Abigaíl, mujer de Nabal de Carmelo.
6 David se hallaba en grave apuro porque la gente hablaba de apedrearlo, pues el alma de todo el pueblo estaba llena de amargura, cada uno por sus hijos y sus hijas. Pero David halló fortaleza en Yahveh su Dios.
7 Dijo David al sacerdote Abiatar, hijo de Ajimélek: «Acércame el efod.» Abiatar acercó el efod a David.
8 Consultó David a Yahveh diciendo: «¿Debo perseguir a esta banda? ¿Le daré alcance?» Le contestó: «Persíguela, porque de cierto la alcanzarás y librarás a los cautivos.»
9 Partió David con los seiscientos hombres que tenía y llegaron al torrente Besor.
10 Continuó David la persecución con cuatrocientos hombres, quedándose doscientos que estaban demasiado fatigados para atravesar el torrente Besor.
11 Encontraron en el campo a un egipcio y lo llevaron a David. Le dieron pan, que él comió, y agua para beber.
12 Diéronle también un trozo de pan de higos secos y dos racimos de pasas. Cuando hubo comido, recobró su espíritu, pues había estado tres días y tres noches sin comer pan ni beber agua.
13 David le preguntó: «¿A quién perteneces y de dónde eres?» Respondió: «Soy un muchacho egipcio, esclavo de un amalecita, pero mi dueño me abandonó porque me puse enfermo hace tres días.
14 Hemos hecho una incursión contra el Négueb de los kereteos y el de Judá y contra el Négueb de Caleb, incendiando Siquelag.»
15 Díjole David: «¿Podrías guiarme hacia esa banda?» Respondió: «Júrame por Dios que no me matarás y que no me entregarás en manos de mi dueño, y te guiaré hacia esa banda.»
16 Les guió, y los hallaron desparramados por todo el campo, comiendo, bebiendo y bailando por el gran botín que habían tomado en tierra de filisteos y en tierra de Judá.
17 David los batió desde el alba al anochecer; sólo se salvaron de entre ellos cuatrocientos jóvenes que montaron en camellos y huyeron.
18 Salvó David todo lo que los amalecitas habían capturado. También rescató David a sus dos mujeres.
19 Nada les faltó, ni pequeño ni grande, ni el botín, ni sus hijos, ni sus hijas, ni nada de cuanto les habían capturado. David se llevó todo.
20 Tomaron todo el ganado mayor y menor y lo condujeron ante él diciendo: «Este es el botín de David.»
21 Llegó David donde los doscientos hombres que, demasiado fatigados para seguirle, se habían quedado en el torrente Besor. Salieron al encuentro de David y de la gente que venía con él; se acercaron David y la tropa y les saludaron.
22 Pero todos los perversos y malvados de entre los hombres que habían ido con David, contestaron: «A los que no han ido con nosotros no se les dará el botín que hemos salvado, sino sólo su mujer y sus hijos; que lo tomen y se vayan.»
23 David dijo: «No hagáis esto con lo que Yahveh nos ha concedido. Nos ha guardado y ha entregado en nuestras manos a esa banda que vino contra nosotros.
24 ¿Quién os dará la razón en este caso? Porque: Esta es la parte del que baja a la batalla y ésta la parte del que se queda con la impedimenta. Se partirá por igual.»
25 Y desde aquel día en adelante lo estableció como decreto y norma para Israel, hasta el día de hoy.
26 Llegó David a Siquelag y envió parte del botín a los ancianos de Judá, según sus ciudades, diciendo: «Aquí tenéis un presente del botín tomado a los enemigos de Yahveh»,
27 a los de Betul, a los de Ramá del Négueb, a los de Yattir,
28 a los de Aroer, a los de Sifmot, a los de Estemoa,
29 a los de Carmelo, a los de las ciudades de Yerajmeel, a los de las ciudades de los quenitas,
30 a los de Jormá, a los de Bor Asan, a los de Eter,
31 a los de Hebrón y a todos los lugares por donde anduvo David con su gente.
Reflexión del capítulo 30
El capítulo narra una de las pruebas más duras de David. Al volver a Siquelag, él y sus hombres encuentran la ciudad incendiada y a sus mujeres e hijos llevados cautivos por los amalecitas. El texto dice que lloraron hasta quedar sin aliento, y que la gente hablaba de apedrear a David, porque el alma de todos estaba llena de amargura. El jefe que había perdido todo tenía además que temer a los suyos.
Y en ese punto aparece una frase que merece ser subrayada: «David se fortaleció en Yahveh su Dios». No se justifica, no responde con ira, no se derrumba: busca fuerza donde sabe que está. Después consulta a Dios por medio del efod, y recibe la orden de perseguir a la banda, con la promesa de que alcanzará y rescatará todo.
La persecución tiene detalles preciosos. Encuentran en el campo a un esclavo egipcio abandonado por su amo enfermo; David le da pan, agua, higos secos y pasas, y el hombre, recobradas las fuerzas, les guía hasta los amalecitas. La compasión con un enemigo abandonado se convierte en la clave de la victoria. Rescatan todo, y luego, cuando algunos quieren negar el botín a los doscientos que se quedaron fatigados, David establece una norma justa: la parte del que baja a la batalla y la del que se queda con la impedimenta son iguales.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando todo se derrumbe, haz lo que David: antes de reaccionar, fortalécete en Dios y consulta su voluntad. Y cuida de los que no pueden seguir tu ritmo —los fatigados, los débiles, los abandonados— dándoles su parte y tu ayuda, porque la victoria es de todos y el reparto debe ser justo. La generosidad es señal de un corazón agradecido.
Oración
Señor, fortaleza de los que han perdido todo: enséñanos a fortalecernos en ti antes de actuar. Danos un corazón compasivo con los abandonados y justo en el reparto, para que nadie quede sin su parte. Amén.
Acerca del libro de I Samuel
El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.
Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.
Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.
Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?
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