I Samuel
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 811 versículos
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Capítulo 24 de 31Capítulo 24
1 Subió de allí David y se asentó en los refugios de Engadí.
2 Cuando regresó Saúl de perseguir a los filisteos, le avisaron: «David está en el desierto de Engadí.»
3 Tomó entonces Saúl 3.000 hombres selectos de todo Israel y partió en busca de David y de sus hombres al este del roquedal de Yeelim.
4 Llegó a unos rediles de ganado junto al camino; había allí una cueva y Saúl entró en ella para hacer sus necesidades. David y sus hombres estaban instalados en el fondo de la cueva.
5 Los hombres de David le dijeron: «Mira, este es el día que Yahveh te anunció: Yo pongo a tu enemigo en tus manos, haz de él lo que te plazca.» Levantóse David y silenciosamente cortó la punta del manto de Saúl.
6 Después su corazón le latía fuertemente por haber cortado la punta del manto de Saúl,
7 y dijo a sus hombres: «Yahveh me libre de hacer tal cosa a mi señor y de alzar mi mano contra él, porque es el ungido de Yahveh.»
8 David habló con energía a sus hombres para que no se lanzasen contra Saúl. Saúl marchó de la cueva y continuó su camino,
9 tras lo cual se levantó David, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl: «¡Oh rey, mi señor!» Volvió Saúl la vista, e inclinándose David, rostro en tierra, se postró ante él,
10 y dijo David a Saúl: «¿Por qué escuchas a las gentes que te dicen: David busca tu ruina?
11 Hoy mismo han visto tus ojos que Yahveh te ha puesto en mis manos en la cueva, pero no he querido matarte, te he perdonado, pues me he dicho: No alzaré mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Yahveh.
12 Mira, padre mío, mira la punta de tu manto en mi mano; si he cortado la punta de tu manto y no te he matado, reconoce y mira que no hay en mi camino maldad ni crimen, ni he pecado contra ti, mientras que tú me pones insidias para quitarme la vida.
13 Que juzgue Yahveh entre los dos y que Yahveh me vengue de ti, pero mi mano no te tocará,
14 pues como dice el antiguo proverbio: De los malos sale malicia, pero mi mano no te tocará.
15 ¿Contra quién sale el rey de Israel, a quién estás persiguiendo? A un perro muerto, a una pulga.
16 Que Yahveh juzgue y sentencie entre los dos, que él vea y defienda mi causa y me haga justicia librándome de tu mano.»
17 Cuando David hubo acabado de decir estas palabras a Saúl, dijo Saúl: «¿Es ésta tu voz, hijo mío David?» Y alzando Saúl su voz, rompió a llorar,
18 y dijo a David: «Más justo eres tú que yo, pues tú me haces beneficios y yo te devuelvo males;
19 hoy has mostrado tu bondad, pues Yahveh me ha puesto en tus manos y no me has matado.
20 ¿Qué hombre encuentra a su enemigo y le permite seguir su camino en paz? Que Yahveh te premie por el bien que hoy me has hecho.
21 Ahora tengo por cierto que reinarás y que el reino de Israel se afirmará en tus manos.
22 Ahora, pues, júrame por Yahveh que no exterminarás mi descendencia después de mí y que no borrarás mi nombre de la casa de mi padre.»
23 David se lo juró a Saúl. Saúl se fue a su casa y David y sus hombres subieron al refugio.
Reflexión del capítulo 24
El capítulo narra una de las páginas más nobles de David. Saúl entra solo en una cueva de Engadí para sus necesidades, sin saber que David y sus hombres están escondidos en el fondo. Los suyos le susurran: «Mira, este es el día que Yahveh te anunció: yo pongo a tu enemigo en tus manos». Es la ocasión perfecta. David se acerca y, en lugar de matarlo, corta la punta de su manto.
En seguida su corazón le late fuertemente por haberlo hecho. Ese detalle es decisivo: David tiene escrúpulos incluso de un gesto que no hiere a nadie, porque ha tocado al ungido de Yahveh. Su respeto no nace del miedo, sino de una convicción profunda: la vida del rey pertenece a Dios, y no es suyo el derecho de arrebatarla. «Yahveh me libre de alzar mi mano contra él, porque es el ungido de Yahveh».
Después sale y grita detrás de Saúl, se inclina y le muestra la punta del manto. Le dice que no hay maldad ni rebeldía en él, que no ha querido matarlo aunque podía, y que deje que Yahveh juzgue entre los dos. Saúl, conmovido, rompe a llorar y reconoce: «Más justo eres tú que yo, pues tú me haces beneficios y yo te devuelvo males». Incluso le pide que le jure que no exterminará a su descendencia.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Si tienes en tus manos la oportunidad de vengarte de alguien que te ha hecho daño, renuncia a ella. Como David, corta solo el manto: deja constancia de tu derecho, pero no toques la vida ni la dignidad del otro, y deja el juicio en manos de Dios, que ve lo que los hombres no ven. Renunciar a la venganza es confiar el juicio al Señor.
Oración
Señor, que juzgas con justicia: danos el dominio de nosotros mismos que tuvo David, capaz de perdonar teniendo el poder para vengar. Líbranos de la venganza y enséñanos a vencer el mal con el bien. Amén.
Acerca del libro de I Samuel
El Primer Libro de Samuel narra el nacimiento de la monarquía en Israel, desde los últimos años del tiempo de los Jueces hasta la muerte de Saúl en el monte Gelboé. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de Samuel. Es un relato de transición: el pueblo pasa de ser gobernado por jueces y profetas a tener un rey como las demás naciones, y en ese paso se juega su fidelidad a Yahveh.
Tres figuras dominan el libro. Samuel, hijo de Ana y Elcaná, consagrado a Dios desde niño en Silo, es el último juez y el primer gran profeta: escucha la voz de Dios y unge reyes. Saúl, el benjaminita alto y apuesto, es el rey que el pueblo pide y que Dios concede; empieza con humildad, pero su impaciencia y su desobediencia lo llevan al rechazo. Y David, el pastor de Belén, el menor de los hijos de Jesé, es el ungido escondido, el elegido según el corazón de Dios, perseguido durante años por el rey que debería suceder.
Los grandes temas del libro son la escucha de la palabra de Dios —«Habla, que tu siervo escucha»—, la obediencia que vale más que los sacrificios, la unción como don del Espíritu, la amistad fiel de David y Jonatán, y la paciencia de quien se niega a tomarse la justicia por su mano y respeta al ungido del Señor.
Para la fe católica, este libro ilumina la historia de la salvación. David, el rey ungido y perseguido, prefigura a Cristo, el Mesías, hijo de David; y Samuel abre la larga línea de los profetas que hablan en nombre de Dios. La pregunta del libro sigue siendo la nuestra: ¿a quién obedeceremos, a Dios o a nuestro propio criterio?
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