II Samuel

Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos

2 Sam

Capítulo 18

1 David pasó revista al ejército que estaba con él y puso a su cabeza jefes de millar y de cien.

2 Dividió David el ejército en tres cuerpos: un tercio a las órdenes de Joab; un tercio a las órdenes de Abisay, hijo de Sarvia, hermano de Joab, y un tercio a las órdenes de Ittay de Gat. Y dijo David a su ejército: «Yo mismo saldré también con vosotros.»

3 Pero la tropa dijo: «No debes salir, porque si nosotros tenemos que huir, no tendría importancia; aunque muriera la mitad de nosotros no tendría importancia; pero tú eres como 10.000 de nosotros. Es mejor que puedas venir en nuestra ayuda desde la ciudad.»

4 El rey les dijo: «Haré lo que bien os parezca.» Se quedó, pues, el rey junto a la puerta y salió todo el ejército por centenares y millares.

5 El rey ordenó a Joab, Abisay y a Ittay: «Tratad bien, por amor a mí, al joven Absalón.» Y todo el ejército oyó las órdenes del rey a todos los jefes acerca de Absalón.

6 El ejército salió al campo, al encuentro de Israel, y se trabó la batalla en el bosque de Efraím.

7 El pueblo de Israel fue derrotado allí por los veteranos de David, y hubo aquel día un gran estrago de 20.000 hombres.

8 La batalla se extendió por todo aquel contorno y aquel contorno y aquel día devoró el bosque más hombres que la espada.

9 Absalón se topó con los veteranos de David. Iba Absalón montado en un mulo y el mulo se metió bajo el ramaje de una gran encina. La cabeza de Absalón se trabó y quedó en la encina colgado entre el cielo y la tierra, mientras que el mulo que estaba debajo de él siguió adelante.

10 Lo vio un hombre y se lo avisó a Joab diciendo: «He visto a Absalón colgado de una encina.»

11 Joab dijo al hombre que le avisaba: «Y viéndole ¿por qué no le has derribado allí mismo en tierra, yo te habría dado diez siclos de plata y un cinturón?»

12 El hombre respondió a Joab: «Aunque pudiera pesar en la palma de mi mano mil siclos de plata, no alzaría mi mano contra el hijo del rey, pues ante nuestros oídos te ordenó el rey, a ti, a Abisay y a Ittay: "Guardadme al joven Absalón."

13 Si me hubiera mentido a mí mismo, expondría mi vida, pues al rey nada se le oculta y tú mismo te hubieras mantenido aparte.»

14 Respondió Joab: «No voy a estarme mirando tu cara.» Y tomando tres dardos en su mano los clavó en el corazón de Absalón, que estaba todavía vivo en medio de la encina.

15 Luego se acercaron diez jóvenes, escuderos de Joab, que hirieron a Absalón y lo remataron.

16 Joab mandó tocar el cuerno y el ejército dejó de perseguir a Israel, porque Joab retuvo al ejército.

17 Tomaron a Absalón, le echaron en el bosque en un gran hoyo y pusieron encima un gran montón de piedras; y todo Israel huyó, cada uno a su tienda.

18 Estando en vida, había decidido Absalón alzarse la estela que está en el valle del rey, pues se había dicho: « No tengo hijo para perpetuar mi nombre», y había puesto a la estela su mismo nombre. Se llama «La Mano de Absalón», hasta el día de hoy.

19 Ajimaas, hijo de Sadoq, dijo: «Voy a correr y anunciar al rey la buena noticia de que Yahveh le ha librado de manos de sus enemigos.»

20 Pero Joab le dijo; «No serás tú hombre que dé buenas noticias hoy. Otro día las darás; hoy no las darás porque el hijo del rey ha muerto.»

21 Y Joab dijo al kusita: «Anda y anuncia al rey lo que has visto.» El kusita se postró ante Joab y partió a la carrera.

22 Insistió de nuevo Ajimaas, hijo de Sadoq, y dijo a Joab: «Pase lo que pase, yo también quiero correr tras el kusita.» Joab le dijo: «¿Para qué vas a correr, hijo mío? aunque vayas, por esta noticia no te van a dar albricias.»

23 El dijo: «Pase lo que pase, voy a correr.» Entonces le dijo: «Corre.» Ajimaas corrió por el camino de la vega y adelantó al kusita.

24 Estaba David entre las dos puertas. El centinela que estaba en el terrado de la puerta, sobre la muralla, alzó la vista y vio a un hombre que venía corriendo solo.

25 Gritó el centinela y se lo comunicó al rey y el dijo: «Si viene solo, hay buenas noticias en su boca.» Mientras éste se acercaba corriendo,

26 vio el centinela otro hombre corriendo y gritó el centinela de la puerta: «Ahí viene otro hombre solo, corriendo.» Dijo el rey: «También éste trae buenas noticias.»

27 Dijo el centinela: «Ya distingo el modo de correr del primero: por su modo de correr es Ajimaas, hijo de Sadoq.» Dijo el rey: «Es un hombre de bien; viene para dar buenas noticias.»

28 Se acercó Ajimaas y dijo al rey: «¡Paz!», y se postró ante el rey, rostro en tierra. Luego prosiguió: «Bendito sea Yahveh tu Dios que ha sometido a los hombres que alzaban la mano contra mi señor el rey.»

29 Preguntó el rey: «¿Está bien el joven Absalón?» Ajimaas respondió: «Yo vi un gran tumulto cuando el siervo del rey, Joab, envió a tu siervo pero no sé qué era.»

30 El rey dijo: «Pasa y ponte acá.» El pasó y se quedó.

31 Llegó el kusita y dijo: «Recibe, oh rey mi señor, la buena noticia, pues hoy te ha liberado Yahveh de la mano de todos lo que se alzaban contra ti.»

32 Dijo el rey al kusita: «Está bien el joven Absalón?» Respondió el kusita: «Que les suceda como a ese joven a todos los enemigos de mi señor el rey y a todos los que se levantan contra ti para hacerte mal.»

Reflexión del capítulo 18

La batalla se libra en el bosque de Efraím, donde las tropas de Absalón son derrotadas. El texto señala con crudeza que el bosque devoró más hombres que la espada: la propia naturaleza se convierte en instrumento del juicio. Absalón, montado en su mulo, queda atrapado por el cabello en las ramas de una encina, y allí, indefenso, es descubierto. David había ordenado expresamente que se respetara la vida del joven, pero Joab, desobedeciendo al rey, lo remata con sus dardos. Al recibir la noticia, David no celebra la victoria: sube a la estancia sobre la puerta y llora desconsoladamente por su hijo, repitiendo su nombre entre sollozos y deseando haber muerto en su lugar. La victoria militar se convierte en duelo. Aquí se ve el corazón de un padre que, por encima del rey traicionado, sigue amando al hijo perdido. El capítulo nos confronta con el precio de la rebeldía y, a la vez, con la grandeza de un amor paterno que no se rinde ni ante la traición. Dios mismo se revela como el Padre que llora por sus hijos y no se resigna a perderlos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Reza hoy por alguien que se ha alejado de ti por su propio camino, sin rencor, sin reproches y sin desearle mal alguno. Pídele a Dios que lo proteja y lo traiga de vuelta. Examina también si obedeces las instrucciones que has recibido, incluso cuando crees que podrías hacerlo mejor por tu cuenta, como Joab, que desobedeció al rey y causó un dolor irreparable. La fidelidad y la obediencia también son formas de amar.

Oración

Padre bueno, tú no te resignas a perder a ninguno de tus hijos. Dame un corazón como el de David, capaz de llorar y amar incluso al que me traiciona, y enséñame a obedecer y a respetar los límites que me das. Amén.

Acerca del libro de II Samuel

El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.

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