II Samuel

Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos

2 Sam

Capítulo 23

1 Estas son las últimas palabras de David: Oráculo de David, hijo de Jesé, oráculo del hombre puesto en alto, el ungido del Dios de Jacob, el suave salmista de Israel:

2 El espíritu de Yahveh habla por mí, su palabra está en mi lengua.

3 El Dios de Jacob ha hablado, me ha dicho la Roca de Israel. El justo que gobierna a los hombres, que gobierna en el temor de Dios,

4 como luz matinal al romper el sol en una mañana sin nubes, haciendo brillar tras la lluvia el césped de la tierra.

5 Pues firme ante Dios está mi casa, porque ha hecho conmigo un pacto sempiterno, en todo ordenado y custodiado. El hará germinar toda mi salud y todo mi deseo.

6 Como espinas del desierto todos los malvados, que no son recogidos con la mano.

7 Nadie los toca si no es con hierro o el fuste de una lanza para ser consumidos por el fuego.

8 Estos son los nombres de los valientes de David: Isbaal el jakmonita, el primero de los tres; fue el que blandió su lanza e hizo ochocientas víctimas de una sola vez.

9 Después de él, Eleazar, hijo de Dodó, ajojita, uno de los tres héroes. Estaba con David en Pas Dammim cuando los filisteos se concentraron para presentar batalla y los hombres de Israel retrocedían.

10 El se mantuvo firme y atacó a los filisteos hasta que se le crispó la mano y se lo quedéo pegada a la espada; aquel día obró Yahveh una gran victoria; el ejército volvió sobre sus pasos, pero sólo para apoderarse de los despojos.

11 Después de él, Sammá, hijo de Elá, hararita. Los filisteos se habían concentrado en Lejí. Había allí una pieza toda de lentejas. El ejército huyó ante los filisteos.

12 Pero él se puso en medio de la pieza, la defendió y batió a los filisteos. Yahveh obró una gran victoria.

13 Tres de los Treinta bajaron al tiempo de la cosecha y llegaron donde David a la caverna de Adullam, cuando un destacamento filisteo estaba acampado en el valle de los Refaím.

14 David estaba en el refugio y había en Belén un puesto de filisteos.

15 David expresó este deseo: «¡Quién me diera a beber agua de la cisterna que hay a la puerta de Bélen!»

16 Rompieron entonces los Tres héroes por el campamento de los filisteos y sacaron agua de la cisterna que hay a la puerta de Bélen, se la llevaron y la ofrecieron a David, pero él no quiso beberla, sino que la derramó como libación a Yahveh,

17 diciendo: «¡Líbreme Yahveh de hacer tal cosa! ¡Es la sangre de los hombres que han ido exponiendo su vida!» Y no quiso beberla. - Estas cosas hicieron los Tres héroes.

18 Abisay, hermano de Joab, e hijo de Sarvia, era jefe de los Treinta; fue el que blandió su lanza contra trescientos hombres y conquistó renombre entre los Treinta.

19 Fue el más afamado de los Treinta, llegando a ser su capitán, pero no igualó a los Tres.

20 Benaías, hijo de Yehoyadá, hombre valeroso y pródigo en hazañas, de Cabseel, fue el que mató a los dos héroes de Moab; el que bajó y mató al león dentro del pozo, un día de nieve.

21 Mató también a un egipcio de gran estatura; tenía el egipcio una lanza en su mano, pero él bajó a su encuentro con un bastón, arrancó la lanza de la mano del egipcio y con su misma lanza le mató.

22 Esto hizo Benaías, hijo de Yehoyadá, y se granjeó renombre entre los Treinta valientes.

23 Fue más ilustre que los Treinta pero no igualó a los Tres. David le hizo jefe de su guardia personal.

24 Asahel, hermano de Joab, estaba entre los Treinta. Eljanán, hijo de Dodó, de Belén.

25 Sammá, de Jarod. Elicá, de Jarod.

26 Jeles, de Bet Pélet. Irá, hijo de Iqques, de Técoa.

27 Abiezer, de Anatot. Sibbekay, de Jusá.

28 Salmón, de Ajoj. Majray, de Netofá.

29 Jeled, hijo de Baaná, de Netofá. Ittay, hijo de Ribay, de Guibeá de Benjamín.

30 Benaías, de Piratón. Hidday, de los torrentes de Gaás.

31 Abibaal, de Bet Haarabá. Azmávet de Bajurim.

32 Elyajbá, de Saalbón. Yasén, de Guizón. Jonatán,

33 hijo de Sammá, de Harar. Ajiam, hijo de Sarar, de Harar.

34 Elifélet, hijo de Ajasbay, de Bet Maaká. Eliam, hijo de Ajitófel, de Guiló.

35 Jesray, de Carmelo. Paaray, de Arab.

36 Yigal, hijo de Natán, de Sobá. Baní, de Gad.

37 Séleq el ammonita. Najray, de Beerot, escudero de Joab, hijo de Sarvia.

38 Irá, de Yattir. Gareb, de Yattir.

39 Urías el hitita. En total, 37.

Reflexión del capítulo 23

El capítulo reúne las últimas palabras de David, que se presenta como el ungido de Dios y el salmista de Israel, y proclama que el justo que gobierna con temor de Dios es como la luz de una mañana sin nubes. Confiesa que su casa está firme ante Dios porque él ha hecho con él un pacto eterno, y que los malvados, en cambio, son como espinas que acaban en el fuego. Después el texto enumera a los valientes de David, esos hombres anónimos cuya fidelidad sostuvo su reinado. Entre todos destaca una escena inolvidable: tres de ellos, sabiendo que el rey ha expresado el deseo de beber del agua de la cisterna de Belén, se abren paso a través del campamento enemigo para traérsela; y David, conmovido, se niega a beberla porque es como la sangre de quienes arriesgaron la vida por él, y la derrama ante el Señor. Este capítulo nos enseña que la grandeza de un rey no está solo en sus victorias, sino en quienes lo acompañan, y que la amistad y la fidelidad son dones que merecen reverencia. El deseo de beber el agua de su pueblo se cumplirá en Cristo, que en la cruz bebe el cáliz de nuestra salvación.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Agradece hoy, por escrito o de palabra, a una persona que te ha sido leal en los momentos difíciles y que quizá nunca has reconocido lo suficiente. Mira con reverencia el sacrificio de los demás y no des por sentado el esfuerzo de quienes te sostienen cada día: tus padres, tus amigos, tus compañeros. Y si tú puedes ser hoy ese apoyo para alguien que está agotado, ofrécete sin que te lo pidan, como aquellos valientes que arriesgaron todo por un deseo del rey.

Oración

Señor, gracias por los amigos fieles que pones en mi camino. Enséñame a valorar su entrega y a no beber nunca, con indiferencia, el agua que otros han ganado con su esfuerzo. Hazme yo también fiel y generoso con los demás. Amén.

Acerca del libro de II Samuel

El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.

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