II Samuel

Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos

2 Sam

Capítulo 7

1 Cuando el rey se estableció en su casa y Yahveh le concedió paz de todos sus enemigos de alrededor,

2 dijo el rey al profeta Natán: «Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita bajo pieles.»

3 Respondió Natán al rey: «Anda, haz todo lo que te dicta el corazón, porque Yahveh está contigo.»

4 Pero aquella misma noche vino la palabra de Dios a Natán diciendo:

5 «Ve y di a mi siervo David: Esto dice Yahveh. ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite?

6 No he habitado en una casa desde el día en que hice subir a los israelitas de Egipto hasta el día de hoy, sino que he ido de un lado para otro en una tienda, en un refugio.

7 En todo el tiempo que he caminado entre todos los israelitas ¿he dicho acaso a uno de los jueces de Israel a los que mandé que apacentaran a mi pueblo Israel: "¿Por qué no me edificáis una casa de cedro?"

8 Ahora pues di esto a mi siervo David: Así habla Yahveh Sebaot: Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel.

9 He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra:

10 fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes,

11 en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; le daré paz con todos sus enemigos. Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa.

12 Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza.

13 (El constituirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.)

14 Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Si hace mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres,

15 pero no apartaré de él mi amor, como lo aparté de Saúl a quien quité de delante de mí.

16 Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente.»

17 Natán habló a David según todas estas palabras y esta visión.

18 El rey David entró, y se sentó ante Yahveh y dijo: «¿Quien soy yo, señor mío Yahveh, y qué mi casa, que me has traído hasta aquí?

19 Y aun esto es poco a tus ojos, señor mío, Yahveh que hablas también a la casa de tu siervo para el futuro lejano... Señor Yahveh.

20 ¿Qué más podrá David añadir a estas palabras? Tú me tienes conocido, Señor Yahveh.

21 Has realizado todas estas grandes cosas según tu palabra y tu corazón, par dárselo a conocer a tu siervo.

22 Por eso eres grande, mi Señor Yahveh; nadie como tú, no hay Dios fuera de ti, como oyeron nuestros oídos.

23 ¿Qué otro pueblo hay en la tierra como tu pueblo Israel a quien un dios haya ido a rescatar para hacerle su pueblo, dándole renombre y haciendo en su favor grandes y terribles cosas, expulsando de delante de tu pueblo, al que rescataste de Egipto, a naciones y dioses extraños?

24 Tú te has constituido a tu pueblo Israel para que sea tu pueblo para siempre, y tú, Yahveh, eres su Dios.

25 Y ahora, Yahveh Dios, mantén firme eternamente la palabra que has dirigido a tu siervo y a su casa y haz según tu palabra.

26 Sea tu nombre por siempre engrandecido; que se diga: Yahveh Sebaot es Dios de Israel; y que la casa de tu siervo David subsista en tu presencia,

27 ya que tú, Yahveh Sebaot, Dios de Israel, has hecho esta revelación a tu siervo diciendo: "yo te edificaré una casa": por eso tu siervo ha encontrado valor para orar en tu presencia.

28 Ahora, mi Señor Yahveh, tú eres Dios, tus palabras son verdad y has prometido a tu siervo esta dicha;

29 dígnate, pues, bendecir la casa de tu siervo para que permanezca por siempre en tu presencia, pues tú mi Señor Yahveh, has hablado y con tu bendición la casa de tu siervo será eternamente bendita.»

Reflexión del capítulo 7

David, ya instalado en un palacio de cedro y en paz con sus enemigos, concibe un proyecto noble: construir una casa para el arca de Dios. El profeta Natán aprueba de inmediato la idea, pero esa misma noche Dios le corrige. No es David quien edificará el templo; es Dios quien edificará una "casa" para David, es decir, una dinastía que permanecerá para siempre. La respuesta divina da la vuelta al deseo del rey: lo que parecía una obra de David para Dios se revela como una obra de Dios para David. La promesa incluye palabras de una hondura inmensa: Dios será padre para el descendiente del rey, y su trono quedará firme eternamente. La tradición cristiana ha leído aquí el anuncio del Mesías, hijo de David, cuyo reino no tendrá fin. El capítulo termina con una de las oraciones más hermosas del Antiguo Testamento, en la que David, sentado ante el Señor, se maravilla de que Dios lo haya sacado del rebaño y haya hablado de su casa "para el futuro lejano". Es la humildad del que se sabe pequeño ante un amor que lo sobrepasa. Dios no se deja encerrar en nuestros planes, por generosos que sean; él responde siempre con una grandeza mayor.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Detente hoy a agradecer, no lo que haces por Dios, sino lo que Dios ha hecho y prometido en tu vida. Escribe tres dones concretos que no te habías ganado y ofrécelos en una oración de alabanza. Si algún proyecto tuyo se ha frustrado o Dios parece decirte que no, no te aferres: pregúntate qué quiere edificar él en su lugar, y acepta que sus planes suelen ser más grandes y distintos que los nuestros. Confía en que, cuando él dice no a una obra tuya, es para realizar otra que no imaginabas.

Oración

Señor, tú eres grande y tus caminos superan mis planes. Gracias porque no me dejas solo con mis proyectos, sino que construyes en mí algo más hondo de lo que yo imagino. Haz firme tu promesa en mi casa y en mi corazón. Amén.

Acerca del libro de II Samuel

El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.

Compartir

Enlace copiado