II Samuel
Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos
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Capítulo 9 de 24Capítulo 9
1 David preguntó: «¿Queda todavía algún hijo de la casa de Saúl? Quiero favorecerle por amor a Jonatán.
2 Tenía la familia de Saúl un siervo llamado Sibá. Le convocaron ante David y el rey le dijo: «¿Eres tú Sibá?» Respondió: «Tu siervo soy.»
3 Dijo el rey: «¿Queda alguien todavía de la casa de Saúl para que yo tenga con él una misericordia sin medida?» Sibá contestó al rey: «Vive todavía un hijo de Jonatán, tullido de pies.»
4 El rey le preguntó: «¿Dónde está?» Respondió Sibá al rey: «Esta en casa de Makir, hijo de Ammiel, en Lo Debar.»
5 Y el rey David mandó traerlo de la casa de Makir, hijo de Ammiel, de Lo Debar.
6 Llegó Meribbaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, adonde David y cayendo sobre su rostro se postró. David le dijo: «Meribbaal», y respondió: «Aquí tienes a tu siervo.»
7 David le dijo: «No temas, quiero favorecerte por amor de Jonatán, tu padre. Haré que te devuelvan todos los campos de tu padre Saúl, y tú comerás siempre a mi mesa.»
8 El se postró y dijo: «¿Qué es tu siervo, para que te fijes en un perro muerto como yo?»
9 Llamó el rey a Sibá, criado de Saúl, y le dijo: «Todo lo que pertenecía a Saúl y a toda su casa, se lo doy al hijo de tu señor.
10 Cultivarás para él la tierra tú, tus hijos y tus siervos, y se lo llevarás a la familia de tu señor para que pueda comer. Meribbaal, el hijo de tu señor, comerá siempre a mi mesa.» Tenía Sibá quince hijos y veinte siervos.
11 Respondió Sibá al rey: «Tu siervo hará todo lo que mi señor el rey ha mandado a su siervo.» Meribbaal comía a la mesa de David como uno de los hijos del rey.
12 Tenía Meribbaal un hijo pequeño, llamado Miká. Todos los que vivían en casa de Sibá eran siervos de Meribbaal.
13 Pero Meribbaal vivía en Jerusalén porque comía siempre a la mesa del rey. Estaba tullido de pies.
Reflexión del capítulo 9
En medio de los capítulos de guerra, este pasaje se detiene en un gesto de bondad. David pregunta si queda algún descendiente de la casa de Saúl para mostrarle misericordia por amor a Jonatán. Aparece entonces Meribbaal, hijo de su amigo, tullido de los pies, que vive escondido y se presenta ante el rey temblando. David no solo le devuelve las tierras de su padre, sino que le invita a comer siempre a su mesa, como uno más de los hijos del rey. La escena es un retrato anticipado de la gracia: alguien que no puede valerse por sí mismo, que no aporta nada y que solo puede recibir, es acogido por pura fidelidad a una promesa hecha a otro. David honra la memoria de Jonatán cuidando de su hijo inválido. Aquí aprendemos que la misericordia no se otorga a los que la merecen, sino a los que la necesitan; y que la amistad verdadera se demuestra cuando el amigo ya no está. También nosotros somos ese Meribbaal: incapaces de salvarnos solos, invitados a la mesa del Rey por un amor que no hemos ganado.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Busca hoy a una persona que no pueda devolverte el favor: un enfermo, un anciano, alguien solo o descartado por los demás. Dedícale tiempo o una ayuda concreta sin esperar nada a cambio, como David hizo con Meribbaal. Y agradece que Dios te sienta a su mesa sin que lo merezcas, pues tú también eres acogido por pura gracia. Si recuerdas a alguien a quien debías un gesto de fidelidad y lo has olvidado, hónralo hoy de alguna manera.
Oración
Señor, tú me acoges sin que yo lo merezca y me sientas a tu mesa. Enséñame a ser misericordioso con quien nada puede darme, a honrar a los ausentes y a tratar con dignidad a los más frágiles. Amén.
Acerca del libro de II Samuel
El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.
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