II Samuel
Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos
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Capítulo 21 de 24Capítulo 21
1 En tiempo de David hubo hambre por tres años consecutivos. David consultó el rostro de Yahveh y Yahveh respondió: «Hay sangre sobre Saúl y sobre su casa, porque mató a los gabaonitas.»
2 Llamó el rey a los gabaonitas y les dijo: (Estos gabaonitas no eran israelitas, sino uno de los residuos amorreos, a los que los israelitas habían hecho juramento. Pero Saúl intentó exterminarlos, llevado del celo por los israelitas y Judá.)
3 Dijo, pues, David a los gabaonitas: «¿Qué debo hacer por vosotros y cómo puedo aplacaros para que bendigáis la heredad de Yahveh?»
4 Le respondieron los gabaonitas: «No es para nosotros cuestión de oro ni plata con Saúl y su casa, ni se trata de hacer morir a nadie en Israel.» El dijo: «Haré por vosotros lo que me digáis.»
5 Entonces ellos dijeron al rey: «Aquel hombre nos exterminó y proyectó aniquilarnos para hacernos desaparecer de todos los términos de Israel.
6 Que se nos entreguen siete de entre sus hijos y los despeñaremos ante Yahveh en Gabaón, en el monte de Yahveh.» El rey dijo: «Os los entregaré.»
7 Pero el rey perdonó a Meribbaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, a causa del juramento de Yahveh que había entre ellos, entre David y Jonatán, hijo de Saúl.
8 Tomó el rey a los dos hijos que Rispá, hija de Ayyá, había dado a Saúl, Armoní y Meribbaal, y a los cinco hijos que Merab, hija de Saúl, había dado a Adriel, hijo de Barzillay de Mejolá
9 y los puso en manos de los gagaonitas que los despeñaron en el monte ante Yahveh. Cayeron los siete a la vez; fueron muertos en los primeros días de la cosecha, al comienzo de la siega de la cebada.
10 Rispá, hija de Ayyá, tomó un sayal y se lo tendía sobre la roca desde el comienzo de la siega hasta que cayeron sobre ellos las lluvias del cielo; no dejaba que se pararan junto a ellos las aves del cielo por el día ni las bestias del campo por la noche.
11 Avisaron a David lo que había hecho Rispá, hija de Ayyá, concubina de Saúl.
12 Entonces David fue a recoger los huesos de Saúl y los huesos de su hijo Jonatán, de entre los vecinos de Yabés de Galaad que los habían hurtado de la explanada de Betsán, donde los filisteos los habían colgado el día que mataron a Saúl en Gelboé;
13 subió desde allí los huesos de Saúl y los huesos de su hijo Jonatán y los reunió con los huesos de los despeñados.
14 Sepultaron los huesos de Saúl, los de su hijo Jonatán y los de los despeñados, en tierra de Benjamín, en Selá, en el sepulcro de Quis, padre de Saúl, y ejecutaron cuanto había ordenado el rey, después de lo cual Dios quedó aplacado con la tierra.
15 Hubo otra guerra de los filisteos contra Israel. Bajó David con sus veteranos y atarcaron a los filisteos. David estaba extenuado.
16 Había un campeón de los descendientes de Rafá; el peso de su lanza era de trescientos siclos de bronce, ceñía una espada nueva y se dijo: «Voy a matar a David.»
17 Pero acudió en su socorro Abisay, hijo de Sarvia, que hirió al filisteo y le mató. Entonces los hombres de David le conjuraron diciendo: «No vuelvas a salir al combate con nosotros, para que no apagues la antorcha en Israel.»
18 Después de esto, hubo guerra de nuevo en Gob contra los filisteos; entonces Sibbekay, jusatita, mató a Saf, uno de los descendientes de Rafá.
19 Hubo otra guerra en Gob contra los filisteos, y Eljanán, hijo de Yaír de Belén, mató a Goliat de Gat; el asta de su lanza era como un enjullo de tejedor.
20 Hubo guerra de nuevo en Gat y había allí un hombre de gran estatura que tenía seis dedos en cada mano y seis dedos en cada pie, veinticuatro dedos en total; también él descendía de Rafá.
21 Desafió éste a Israel, y Jonatán, hijo de Simá, hermano de David, le mató.
22 Estos cuatro descendián de Rafá de Gat y sucumbieron a manos de David y de sus veteranos.
Reflexión del capítulo 21
Una hambre de tres años golpea la tierra, y al consultar al Señor David descubre que el origen está en la sangre derramada por Saúl contra los gabaonitas, a quienes se había prometido respetar. David busca reparar el mal antiguo y entrega a siete descendientes de la casa de Saúl para satisfacer la justicia reclamada. Entonces brilla una de las imágenes más conmovedoras del libro: Rispá, concubina de Saúl, extiende un sayal sobre la roca y vela los cuerpos de sus hijos durante meses, desde el comienzo de la cosecha hasta que llegan las lluvias, impidiendo que las aves y las fieras los devoren. Su fidelidad silenciosa, contada a David, mueve al rey a recoger también los huesos de Saúl y de Jonatán y a darles sepultura digna. Después, el capítulo cierra con las guerras contra los filisteos y sus gigantes, en las que David, ya cansado, es protegido por sus hombres. La compasión de una madre que no abandona a sus muertos nos habla de la dignidad de todo ser humano y del deber de reparar las injusticias heredadas.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Pregúntate si existe alguna injusticia antigua —en tu familia, tu comunidad, tu país o tu trabajo— que siga causando daño y que tú podrías ayudar a reparar, aunque no seas culpable directo. Infórmate, no mires a otro lado y haz tu parte. Honra también la memoria de tus difuntos con un gesto concreto de recuerdo y oración, y mantén la fidelidad hacia quienes ya no están, como Rispá veló a sus muertos sin abandonarlos.
Oración
Señor, tú no olvidas la sangre inocente. Dame sensibilidad ante las injusticias heredadas y valentía para reparar lo que pueda repararse. Enséñame a honrar a mis difuntos con amor fiel y a no abandonar nunca a los míos. Amén.
Acerca del libro de II Samuel
El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.
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