II Samuel

Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos

2 Sam

Capítulo 6

1 Reunió de nuevo David a todo lo mejor de Israel, 30.000 hombres.

2 Se levantó David y partió con todo el pueblo que estaba con él a Baalá de Judá para subir desde allí el arca de Dios que lleva el nombre de Yahveh Sebaot que se sienta sobre los querubines.

3 Cargaron el arca de Dios en una carreta nueva y la llevaron de la casa de Abinadab que está en la loma. Uzzá y Ajyó, hijos de Abinadab, conducían la carreta con el arca de Dios.

4 Uzzá caminaba al lado del arca de Dios y Ajyó iba delante de ella.

5 David y toda la casa de Israel bailaban delante de Yahveh con todas sus fuerzas, cantando con cítaras, arpas, adufes, sistros y cimbalillos.

6 Al llegar a la era de Nakón, extendió Uzzá la mano hacia el arca de Dios y la sujetó porque los bueyes amenazaban volcarla.

7 Entonces la ira de Yahveh se encendió contra Uzzá: allí mismo le hirió Dios por este atrevimiento y murió allí junto al arca de Dios.

8 David se irritó porque Yahveh había castigado a Uzzá y se llamó aquel lugar Peres Uzzá hasta el día de hoy.

9 Aquel día David tuvo miedo de Yahveh y dijo: «¿Como voy a llevar a mi casa el arca de Yahveh?»

10 Y no quiso llevar el arca de Yahveh junto a sí, a la Ciudad de David, sino que la hizo llevar a casa de Obededom de Gat.

11 El arca de Yahveh estuvo en casa de Obededom de Gat tres meses y Yahveh bendijo a Obededom y a toda su casa.

12 Se hizo saber al rey David: «Yahveh ha bendecido la casa de Obededom y todas sus cosas a causa del arca de Dios.» Fue David e hizo subir el arca de Dios de casa de Obededom a la Ciudad de David, con gran alborozo.

13 Cada seis pasos que avanzaban los portadores del arca de Yahveh, sacrificaba un buey y un carnero cebado.

14 David danzaba y giraba con todas sus fuerzas ante Yahveh, ceñido de un efod de lino.

15 David y toda la casa de Israel hacían subir el arca de Yahveh entre clamores y resonar de cuernos.

16 Cuando el arca de Yahveh entró en la Ciudad de David, Mikal, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana, vio al rey David saltando y girando ante Yahveh y le despreció en su corazón.

17 Metieron el arca de Yahveh y la colocaron en su sitio, en medio de la tienda que David había hecho levantar para ella y David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión en presencia de Yahveh.

18 Cuando David hubo acabado de ofrecer los holocaustos y sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre de Yahveh Sebaot

19 y repartió a todo el pueblo, a toda la muchedumbre de Israel, hombres y mujeres, una torta de pan, un pastel de dátiles y un pan de pasas a cada uno de ellos, y se fue todo el pueblo cada uno a su casa.

20 Cuando se volvía David para bendecir su casa, Mikal, hija de Saúl, le salió al encuentro y le dijo: «¡Cómo se ha cubierto hoy de gloria el rey de Israel, descubriéndose hoy ante las criadas de sus servidores como se descubriría un cualquiera!»

21 Respondió David a Mikal: «En presencia de Yahveh danzo yo. Vive Yahveh, el que me ha preferido a tu padre y a toda tu casa para constituirme caudillo de Israel, el pueblo de Yahveh, que yo danzaré ante Yahveh,

22 y me haré más vil todavía; seré vil a tus ojos pero seré honrado ante las criadas de que hablas.

23 Y Mikal, hija de Saúl, no tuvo ya hijos hasta el día de su muerte.

Reflexión del capítulo 6

David quiere dar al arca de Dios un lugar digno en su nueva capital, y organiza una procesión llena de música y danza. Pero el trayecto se interrumpe por una tragedia: cuando los bueyes tropiezan y el arca amenaza con volcar, Uzzá extiende la mano para sostenerla y cae muerto al instante. David, sobrecogido, siente miedo y deja el arca en casa de Obededom, donde durante tres meses la presencia de Dios derrama bendición. Animado por ello, el rey reemprende la subida y esta vez la acompaña con sacrificios y con una danza desbordante, humilde y gozosa, hasta entrar en la ciudad. Su esposa Mikal, mirando por la ventana, desprecia en su corazón aquel abandono del rey ante el pueblo. David responde que su danza no es una exhibición, sino una respuesta a quien lo eligió por encima de otros. El episodio nos habla de la reverencia debida a lo santo y de la alegría que no teme parecer ridícula ante los hombres cuando adora a Dios. La adoración verdadera no se mide por la compostura social, sino por la sinceridad del corazón.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Participa hoy en la misa o en tu oración con el cuerpo y el corazón, sin preocuparte por lo que piensen los demás ni por quedar bien. Canta, responde y agradece con sinceridad, aunque te sientas torpe. Y examina si tratas lo sagrado con descuido: cuida los gestos, el silencio y el respeto en los lugares de culto, y llega a tiempo. Que tu adoración no sea una exhibición ni una rutina, sino una respuesta alegre al Dios que te eligió y te sostiene cada día.

Oración

Señor, enséñame a adorarte con reverencia y con alegría, sin miedo al qué dirán. Líbrame del respeto humano que apaga el entusiasmo y de la rutina que vacía la oración. Que mi vida entera sea una danza ante ti. Amén.

Acerca del libro de II Samuel

El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.

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