II Samuel

Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos

2 Sam

Capítulo 4

1 Cuando Isbaal, hijo de Saúl, supo que había muerto Abner en Hebrón, desfallecieron sus manos y todo Israel quedo consternado.

2 Estaban con Isbaal, hijo de Saúl, dos hombres, jefes de banda, uno llamado Baaná y el otro Rekab, hijos de Rimmón de Beerot, benjaminitas, porque también Beerot se considera de Benjamín.

3 Los habitantes de Beerot habían huido a Guittáyim, donde se han quedado hasta el día de hoy como forasteros residentes.

4 Tenía Jonatán, hijo de Saúl, un hijo tullido de pies. Tenía cinco años cuando llegó de Yizreel la noticia de lo de Saúl y Jonatán; su nodriza le tomó y huyó, pero con la prisa de la fuga, cayó y se quedó cojo. Se llamaba Meribbaal.

5 Se pusieron en camino Rekab y Baaná, hijos de Rimmón de Beerot, y llegaron a casa de Isbaal con el calor del día, cuando dormía la siesta.

6 Entraron en la casa. La portera se había dormido mientras limpiaba el trigo. Rekab y su hermano Baaná se deslizaron cautelosamente

7 y entraron en la casa; estaba Isbaal acostado en su lecho, en su dormitorio; le hirieron y le mataron; luego le cortaron la cabeza y tomándola caminaron toda la noche por la ruta de la Arabá.

8 Llevaron la cabeza de Isbaal a David, en Hebrón, y dijeron al rey: «Aquí tienes la cabeza de Isbaal, hijo de Saúl, tu enemigo, el que buscó tu muerte. Hoy ha concedido Yahveh a mi señor el rey venganza sobre Saúl y sobre su descendencia.»

9 Respondió David a Rekab y a su hermano Baaná, hijos de Rimmón de Beerot, y les dijo: «¡Vive Yahveh, que ha librado mi alma de toda angustia!

10 Al que me anunció que Saúl había muerto, creyendo que me daba buena noticia, le agarré y ordené matarle en Siquelag dándole este pago por su buena noticia;

11 ¿cuánto más ahora que hombres malvados han dado muerte a un hombre justo en su casa y en su lecho no os voy a pedir cuenta de su sangre, exterminándoos de la tierra?»

12 Y David dio una orden a sus muchachos, que los mataron, les cortaron las manos y los pies y los colgaron junto a la alberca de Hebrón. Tomaron la cabeza de Isbaal y la sepultaron en el sepulcro de Abner, en Hebrón.

Reflexión del capítulo 4

Muerto Abner, el reino de Isbaal se desmorona. Dos jefes de banda entran en su casa mientras dormía la siesta, lo asesinan y llevan su cabeza a David esperando una recompensa. Una vez más, David rechaza el poder manchado de sangre: lejos de agradecerles el crimen, les recuerda cómo había castigado ya al que se jactó de haber matado a Saúl, y ordena ejecutarlos por haber dado muerte a un hombre justo en su propio lecho. El capítulo introduce además, casi de pasada, la figura de un niño tullido, hijo de Jonatán, que cae al huir y queda lisiado de por vida. Esa imagen silenciosa prepara la misericordia que David le mostrará más adelante. Aquí se nos enseña que el fin no justifica los medios: ni siquiera un trono legítimo se alcanza legítimamente por la traición. David comprende que su reinado debe apoyarse en la justicia de Dios y no en la astucia de los violentos. Su firmeza protege a los débiles y desautoriza a los que pretenden servirle haciendo el mal. La santidad se mide también en lo que uno se niega a aceptar, aunque le convenga.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Revisa hoy si has aceptado algún favor que en realidad perjudica a alguien, o si has cerrado los ojos ante un abuso porque te convenía. Renuncia a esa ventaja aunque sea cómoda, y repara el daño en lo que puedas, devolviendo lo que no es tuyo o pidiendo perdón. Acuérdate de quienes quedan marcados por la violencia o la injusticia —los que han perdido a alguien, los que han quedado heridos— y hazles un bien concreto y discreto, sin buscar reconocimiento.

Oración

Dios justo, dame un corazón limpio que no se aproveche de la maldad ajena. Enséñame a proteger al débil y a rechazar toda ganancia que cueste la vida o la dignidad de un hermano, aunque el mundo diga que es lo normal. Amén.

Acerca del libro de II Samuel

El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.

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