II Samuel
Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos
Seleccionar Capítulo
Capítulo 22 de 24Capítulo 22
1 David dijo a Yahveh las palabras de este cántico el día que le salvó Yahveh de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl.
2 Dijo: Yahveh, mi roca, y mi baluarte, mi liberador,
3 mi Dios, la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio, mi salvador que me salva de la violencia.
4 Invoco a Yahveh que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos.
5 Los olas de la muerte me envolvían, me espantaban las trombas de Belial,
6 los lazos del seol me rodeaban, me aguardaban los cepos de la muerte.
7 Clamé a Yahveh en mi angustia, a mi Dios invoqué, y escuchó mi voz desde su templo, resonó mi llamada en sus oídos.
8 La tierra fue sacudida y vaciló, las bases de los cielos retemblaron. Vacilaron bajo su furor.
9 Una humareda subió de sus narices y de su boca un fuego que abrasaba; de él salían carbones encendidos.
10 El inclinó los cielos y bajó, un espeso nublado debajo de sus pies.
11 Cabalgó sobre un querube, emprendió el vuelo, sobre las alas de los vientos planeó.
12 Se puso como tienda un cerco de tinieblas, tinieblas de las aguas, espesos nubarrones.
13 Del fulgor que le precedía se encendieron granizo y ascuas de fuego.
14 Tronó Yahveh dese los cielos, lanzó el Altísimo su voz;
15 arrojó saetas y los puso en fuga, rayos fulminó y sembró derrota.
16 El fondo del mar quedó a la vista, los cimientos del orbe aparecieron ante la increpación de Yahveh, al resollar al aliento en sus narices.
17 Extiende su mano de lo alto para asirme, para sacarme de las profundas aguas.
18 Me libera de un enemigo poderoso, de mis adversarios más fuertes que yo.
19 Me aguardaban el día de mi ruina, Mas Yahveh fue un apoyo para mí.
20 Me sacó a espacio abierto, Me savló porque me amaba.
21 Yahveh me recompensa conforme a mi justicia, el me paga conforme a la pureza de mis manos.
22 Porque he guardado los caminos de Yahveh, y no he hecho el mal lejos de mi Dios.
23 Porque tengo ante mí todos sus juicios, y sus preceptos no aparto de mi lado.
24 He sido ante él irreprochable, y de incurrir en culpa me he guardado.
25 Y Yahveh me devuelve según mi justicia, según mi pureza que está a sus ojos.
26 Con el piadoso eres piadoso, intachable con el hombre sin tacha.
27 Con el puro eres puro, con el ladino, sagaz.
28 Tú que salvas al pueblo humilde, y abates los ojos altaneros.
29 Tú eres, Yahveh, mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas.
30 Con tu ayuda las hordas acometo, con mi Dios escalo la muralla.
31 Dios es perfecto en sus caminos, la palabra de Yahveh, acrisolada, él es el escudo de cuantos a él se acogen.
32 Pues ¿quién es Dios, fuera de Yahveh? ¿Quién Roca, sino sólo nuestro Dios?
33 El Dios que me ciñe de fuerza y hace mi camino irreprochable.
34 Que hace mis pies como de ciervas, y en las alturas me sostiene en pie.
35 El que mis manos para el combate adiestra, y mis brazos para tensar arcos de bronce.
36 Tú me das tu escudo salvador, multiplicas tus respuestas favorables
37 Mis pasos ensanchas ante mí; no se tuercen mis tobillos.
38 Persigo a mis enemigos, los deshago, no vuelvo hasta haberlos acabado.
39 Los quebranto, no pueden levantarse, sucumben debajo de mis pies.
40 Para el combate de fuerza me ciñes, doblegas bajo mí a mis agresores,
41 a mis enemigos haces dar la espada, extermino a los que me odian.
42 Claman, mas no hay salvador, a Yahveh, y no les responde.
43 Los machaco como polvo de la tierra, como al barro de las calles los piso.
44 De las querellas de mi pueblo me libras. me pones a la cabeza de las gentes, pueblos que no conocía me sirven.
45 Los hijos de extranjeros me adulan, son todo oídos, me obedecen.
46 Los hijos de extranjeros desmayan, y dejan temblando sus refugios.
47 ¡Viva Yahveh bendita sea mi Roca, el Dios de mi salvación sea ensalzado!
48 El Dios que la venganza me concede y abate los pueblos a mis plantas.
49 Tú me libras de mis enemigos, me exaltas sobre mis agresores, y del hombre violento me salvas.
50 Por eso, Yahveh, quiero alabarte entre los pueblos y cantar tu nombre.
51 El hace grandes las victorias de su rey y muestra su amor a su ungido, a David y su linaje para siempre.
Reflexión del capítulo 22
El capítulo recoge el gran cántico de acción de gracias que David entonó cuando el Señor lo libró de todos sus enemigos. Es un himno de confianza en el que el rey llama a Dios su roca, su baluarte, su escudo y su refugio, y describe con imágenes grandiosas cómo, en medio de la angustia, clamó y fue escuchado: la tierra se estremeció, el cielo se inclinó y la mano divina lo sacó de las aguas profundas. David reconoce que su salvación no vino de su propia fuerza ni de su espada, sino de un Dios que lo amó y lo sostuvo. El cántico proclama también la justicia del Señor, que responde al fiel según la pureza de su corazón, y termina con una alabanza pública que se extiende a todos los pueblos. Es, en el fondo, una confesión de que toda victoria verdadera es obra de Dios. Para el creyente, este salmo dentro del relato es una escuela de gratitud: reconocer quién nos ha sostenido cuando ya no podíamos más. Y es también una profecía, pues la tradición cristiana lee en el rey ungido y su descendencia eterna la figura de Cristo, el Salvador que nos arranca de la muerte.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Escribe hoy tu propio cántico de gratitud: recuerda una situación concreta de la que Dios te sacó y nómbrala con detalle en tu oración, sin generalidades. Compártelo con alguien para dar testimonio de su bondad y para animar a quien hoy está en el fondo del pozo. Y no te atribuyas victorias que solo Dios te ha concedido: reconoce con humildad que él fue tu roca y tu refugio cuando ya no podías más.
Oración
Señor, tú eres mi roca y mi salvador. Cuando clamo, me escuchas; cuando caigo, me levantas y me sacas de las aguas profundas. Gracias por tu fidelidad. Que mi vida entera sea un cántico de alabanza a tu nombre. Amén.
Acerca del libro de II Samuel
El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.
Compartir
Enlace copiado