II Samuel
Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos
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Capítulo 8 de 24Capítulo 8
1 Después de esto, batió David a los filisteos y los humilló; tomó David a Gat y sus dependencias de manos de los filisteos...
2 Batió también a los moabitas y los midió con la cuerda, haciendo que se echaran en tierra; midió dos cuerdas y los condenó a muerte, y una cuerda llena la dejó con vida. Los moabitas quedaron sometidos a David, pagando tributo.
3 David batió a Hadadézer, hijo de Rejob, rey de Sobá, cuando iba a imponerse su dominio en el Río.
4 David le apresó 1.700 hombres de carro y 20.000 de a pie y desjarretó toda la cabellería de los carros reservando cien tiros.
5 Los arameos de Damasco vinieron en socorro de Hadadézer, rey de Sobá: pero David causó 22.000 bajas a los arameos.
6 Y estableció David gobernadores en Aram de Damasco. Los arameos quedaron sometidos a David, pagando tributo; Yahveh hizo triunfar a David por dondequiera que iba.
7 Tomó David los escudos de oro que llevaban los servidores de Hadadézer y los llevó a Jerusalén.
8 De Tebaj y de Berotay, ciudades de Hadadézer, tomó el rey una gran cantidad de bronce.
9 Tou, rey de Jamat, supo que David había derrotado a todas las fuerzas de Hadadézer,
10 y envió a su hijo Hadoram al rey David para saludarle y felicitarle por haber atacado y vencido a Hadadézer, ya que Tou estaba siempre en guerra con Hadadézer. Traía Hadoram vasos de plata, oro y bronce.
11 El rey David los consagró también a Yahveh, con la plata y el oro consagrado procedente de todos los pueblos sometidos,
12 de Edom, de Moab, de los ammonitas, de los filisteos, de Amalec y del botín de Hadadézer, hijo de Rejob, rey de Sobá.
13 David se hizo famoso cuando volvió de su victoria sobre los edomitas, en el valle de la Sal, en número de 18.000.
14 Puso gobernadores en Edom y todos los edomitas quedaron sometidos a David, y Yahveh hizo triunfar a David dondequiera que iba.
15 Reinó David sobre todo Israel, administrando derecho y justicia a todo su pueblo.
16 Joab, hijo de Sarvia, era jefe del ejército, y Josafat, hijo de Ajilub, era el heraldo.
17 Sadoq, hijo de Ajitub, y Abiatar, hijo de Ajimélek, eran sacerdotes. Seraya era secretario,
18 Benaías, hijo de Yehoyadá, mandaba a los keretos y los peleteos. Los hijos de David eran sacerdotes.
Reflexión del capítulo 8
El capítulo resume las campañas militares de David: los filisteos, los moabitas, los arameos, los edomitas y otros pueblos quedan sometidos, y el botín conquistado se consagra al Señor en lugar de servir solo al engrandecimiento personal del rey. La frase que se repite como un estribillo ilumina todo el relato: allí donde iba, David triunfaba porque Yahveh estaba con él. El texto no presenta estas victorias como el fruto exclusivo de la astucia del rey, sino como el cumplimiento de la promesa divina. Junto al retrato del guerrero, aparece el del gobernante que administra derecho y justicia para todo su pueblo, y una lista de colaboradores —jefes del ejército, sacerdotes, secretarios— que muestra que ningún reinado se sostiene sobre un solo hombre. La autoridad de David se apoya en un equipo, en instituciones y en la fidelidad de Dios. Este capítulo nos recuerda que los dones recibidos no son para el lucro propio, sino para el servicio y para la gloria de Dios, y que el buen gobierno es también una forma de obediencia y de justicia hacia los más débiles.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Reconoce hoy a las personas que hacen posible lo que tú logras, y que a menudo quedan en la sombra: da gracias por ellas, nómbralas y trátalas con justicia, empezando por quienes te sirven o colaboran contigo. Examina también si el fruto de tu trabajo lo destinas solo a ti o también al bien común y a la obra de Dios. Y si has alcanzado algún éxito, no lo atribuyas solo a tu esfuerzo: reconoce que Dios ha estado contigo y que sin él nada podrías haber hecho.
Oración
Señor, tú eres la fuente de todo bien y de toda victoria. Ayúdame a administrar con justicia lo que me confías, a reconocer a quienes trabajan a mi lado y a no olvidar nunca que sin ti nada puedo. Amén.
Acerca del libro de II Samuel
El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.
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