II Samuel
Antiguo Testamento | 24 capítulos | 695 versículos
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Capítulo 20 de 24Capítulo 20
1 Había allí un malvado llamado Seba, hijo de Bikrí, benjaminita, que hizo sonar el cuerno y dijo: «No tenemos parte con David, ni tenemos heredad con el hijo de Jesé. ¡Cada uno a sus tiendas, Israel!»
2 Y todos los hombres de Israel se apartaron de David para seguir a Seba, hijo de Bikrí, mientras que los hombres de Judá se adhirieron a su rey, desde el Jordán hasta Jerusalén.
3 David entró en su casa de Jerusalén; tomó el rey las diez concubinas que había dejado para guardar la casa y las puso bajo custodia. Proveyó a su mantenimiento, pero no se acercó a ellas y estuvieron encerradas hasta el día de su muerte, como viudas de por vida.
4 El rey dijo a Amasá: «Convócame a los hombres de Judá y preséntate aquí dentro de tres días.»
5 Partió Amasá para convocar a Judá pere tardó más tiempo del señalado.
6 Entonces David dijo a Abisay: «Ahora Seba, hijo de Bikrí, nos va a hacer más mal que Absalón. Toma los veteranos de tu señor y parte en su persecución para que no alcance las ciudades fortificadas y se nos escape.»
7 Salieron en pos de Abisay los hombres de Joab, los kereteos, los peleteos y todos los valientes; salieron de Jerusalén para perseguir a Seba, hijo de Bikrí.
8 Estaban cerca de la piedra grande que hay en Gabaón cuando Amasá se presentó ante ellos. Vestía Joab su vestido militar y llevaba sobre él la espada, en la vaina, ceñida al costado. La espada se salió y cayó.
9 Joab dijo a Amasá: «¿Estás bien, hermano mío?» y sujetó Joab con su mano derecha la barba de Amasá como para besarle.
10 Amasá no se fijó en la espada que Joab tenía en su mano; y éste le hirió en el vientre derramando sus entrañas en tierra. No tuvo que repetir para matarle. Luego Joab y su hermano Abisay continuaron la persecución de Seba, hijo de Bikrí.
11 Se quedó junto a Amasá uno de los criados de Joab que decía: «Quien quiera a Joab y quien esté por David, que siga a Joab.»
12 Amasá, envuelto en sangre, estaba en medio del camino; viendo el hombre que todo el pueblo paraba, apartó a Amasá del camino al campo, y le puso encima un vestido, porque vio que todos los que llegaban hasta él se detenían.
13 Cuando Amasá fue apartado del camino, todos los hombres seguían en pos de Joab, persiguiendo a Seba, hijo de Bikrí.
14 Seba atravesó todas las tribus de Israel hacia Abel Bet Maaká, y todos los bikritas... se habían reunido y entraron tras él.
15 Vinieron y le cercaron en Abel Bet Maaká. Alzaron junto a la ciudad un terraplén que llegaba hasta el contramuro y todo el ejército que estaba con Joab trabajaba para derribar el muro, haciendo zapa.
16 Entonces una mujer sagaz gritó desde la ciudad: «¡Escuchad, escuchad! Decid a Joab que se acerque aquí que quiero hablarle.»
17 Se acercó él y la mujer dijo: «¿Eres tú Joab?» Respondió: «Yo soy.» Ella le dijo: «Escucha las palabras de tu sierva.» «Te escucho» - dijo -.
18 Ella continuó: «Antes se decía: Quien preguntare, que pregunte en Abel y en Dan si ha acabado
19 lo que han establecido los fieles de Israel. ¿Y tú estás buscando la destrucción de una ciudad, madre de ciudades en Israel? ¿Por qué quieres destruir una heredad de Yahveh?»
20 Respondió Joab: «¡Lejos, lejos de mí querer destruir y aniquilar!
21 No se trata de eso sino de un hombre de la montaña de Efraím, llamado Seba, hijo de Bikrí, que ha alzado su mano contra el rey, contra David. Entregadle en nuestras manos y me marcharé de la ciudad.» Respondió la mujer a Joab: «Se te echará su cabeza por encima del muro.»
22 La mujer entró en la ciudad y habló a todo el pueblo con su habitual prudencia. Le cortaron la cabeza a Seba, hijo de Bikrí, y se la arrojaron a Joab. Entonces éste hizo sonar el cuerno y se alejaron de la ciudad cada uno a su tienda. Joab se volvió a Jerusalén junto al rey.
23 Joab era jefe de todo el ejército. Benaías, hijo de Yehoyadá, era jefe de los kereteos y los peleteos.
24 Adoram era jefe de la leva, y Josafat, hijo de Ajilud, era el heraldo.
25 Seraya era secretario; Sadoq y Abiatar eran sacerdotes.
26 También Irá el yairita era sacerdote de David.
Reflexión del capítulo 20
La reconciliación es frágil. Un hombre llamado Seba aprovecha el resentimiento entre las tribus, toca el cuerno y arrastra a Israel a una nueva revuelta contra David. El rey encomienda a Amasá la misión de convocar a Judá, pero ante su retraso envía a Abisay y a los veteranos. En el camino, Joab se acerca a Amasá con un saludo fraternal y, mientras le toma la barba como para besarlo, lo hiere de muerte. Una vez más, la violencia de Joab se impone a la voluntad del rey. La rebelión termina ante la ciudad de Abel, donde una mujer prudente negocia con Joab y logra evitar la destrucción de toda una ciudad a cambio de la cabeza del rebelde. El episodio deja un sabor amargo: la paz se restaura, pero a costa de sangre y de la autoridad de David, que sigue siendo rehén de sus generales. La mujer sabia, en cambio, aparece como una figura luminosa: con palabras sensatas evita un desastre y salva a los suyos. A veces una sola persona prudente basta para detener la ruina de muchos.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Sé hoy esa persona prudente: cuando estalle un conflicto en tu familia, tu trabajo o tu comunidad, no avives el fuego ni tomes partido por inercia, sino busca la solución que salve a todos y proteja a los más débiles. Y no confundas la paz aparente con la justicia: no consientas que se resuelva un problema por la violencia de los fuertes ni calles ante un abuso con tal de no discutir. La paz verdadera se construye con verdad y con respeto.
Oración
Señor, dame la sabiduría de la mujer de Abel para apaciguar conflictos y proteger a los míos. Líbrame de la violencia que se disfraza de eficacia y enséñame a construir una paz justa, que no calle ante el mal. Amén.
Acerca del libro de II Samuel
El Segundo Libro de Samuel prosigue el relato comenzado en el primero y tiene como figura central a David, el pastor de Belén que llega a ser rey de Israel. Aunque la tradición lo vincula al profeta Samuel, ya desaparecido en buena parte de la obra, el texto reúne tradiciones de distintas épocas, recogidas y ordenadas por los círculos proféticos y sacerdotales de Israel. El libro se abre con la muerte de Saúl y la elegía que David entona por él y por Jonatán; sigue después el largo camino hacia el trono: siete años en Hebrón como rey de Judá, la unificación de las tribus, la conquista de Jerusalén, el traslado del arca y la promesa que Dios le hace por medio de Natán de una dinastía eterna. Esa promesa es el corazón teológico del libro y la raíz de la esperanza mesiánica que culminará en Cristo. Pero el Segundo Libro de Samuel no es una crónica triunfal. Presenta sin disimulo la cara oscura del rey: el adulterio con Betsabé, la muerte de Urías, la violación de Tamar, la rebelión de Absalón, la guerra civil. La grandeza y la miseria de David se entrelazan, y precisamente ahí está su valor para el creyente: Dios no elige a los perfectos, sino a quienes reconocen su culpa y se dejan perdonar. El libro muestra que el pecado tiene consecuencias, pero también que la misericordia divina es más grande que la ruina humana. Para el cristianismo, David es el antepasado del Mesías y el modelo del rey humilde que se arrepiente. Leer estos capítulos es aprender a confiar en la fidelidad de Dios incluso cuando la propia vida parece desmoronarse.
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