Mateo

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1067 versículos

Mt

Capítulo 13

1 Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar.

2 Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera.

3 Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar.

4 Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron.

5 Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra;

6 pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron.

7 Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron.

8 Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta.

9 El que tenga oídos, que oiga.»

10 Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?»

11 El les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.

12 Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará.

13 Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.

14 En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis.

15 Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane.

16 «¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!

17 Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

18 «Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador.

19 Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino.

20 El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría;

21 pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida.

22 El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto.

23 Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.»

24 Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo.

25 Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue.

26 Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña.

27 Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?"

28 El les contestó: "Algún enemigo ha hecho esto." Dícenle los siervos: "¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?"

29 Díceles: "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo.

30 Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero."»

31 Otra parábola les propuso: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo.

32 Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.»

33 Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»

34 Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas,

35 para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

36 Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.»

37 El respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

38 el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno;

39 el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

40 De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo.

41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad,

42 y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

43 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

44 «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.»

45 «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas,

46 y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

47 «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases;

48 y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos.

49 Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos

50 y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

51 «¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí.»

52 Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo.»

53 Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.

54 Viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros?

55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?

56 Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?»

57 Y se escandalizaban a causa de él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio.»

58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

Reflexión del capítulo 13

Jesús enseña desde una barca a la multitud y les habla en parábolas, el lenguaje del Reino. La del sembrador describe cuatro terrenos: el camino donde el Maligno arrebata la semilla, el pedregal sin raíz que sucumbe a la tribulación, los abrojos de las preocupaciones y riquezas que ahogan la Palabra, y la tierra buena que da fruto al ciento, sesenta o treinta. Jesús explica que a los discípulos se les ha dado conocer los misterios, mientras otros ven sin ver. Siguen la cizaña sembrada por el enemigo, que debe crecer junto al trigo hasta la siega, y las imágenes del grano de mostaza y de la levadura, que muestran el crecimiento silencioso y poderoso del Reino. El tesoro escondido y la perla preciosa enseñan que vale la pena venderlo todo por él, y la red que recoge peces de toda clase anticipa la separación final. El capítulo cierra con el rechazo de sus paisanos en Nazaret: el profeta no tiene prestigio en su patria y, por falta de fe, allí hace pocos milagros.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Pregúntate qué terreno es hoy tu corazón —camino, pedregal, abrojos o tierra buena— y quita el abrojo que ahoga la Palabra: el ruido, la prisa o una afición desordenada. Deja que la semilla eche raíz.

Oración

Señor, sembrador de tu Palabra, prepara la tierra de nuestro corazón para que acoja, guarde y dé fruto abundante. Que no te rechacemos por costumbre, sino que te recibamos con fe. Amén.

Acerca del libro de Mateo

El Evangelio según san Mateo abre el Nuevo Testamento y tiende un puente entre el Antiguo y el Nuevo. La tradición lo atribuye a Mateo, también llamado Leví, el recaudador de impuestos que Jesús llamó desde su puesto en Cafarnaúm y que pasó de cobrar tributos a anunciar el Reino. Su comunidad, de raíz judeocristiana, lo escribió probablemente en Antioquía de Siria hacia los años 80-90, para mostrar que Jesús es el Mesías esperado por Israel y el cumplimiento de las promesas hechas a los padres. Por eso lo presenta desde el primer versículo como «hijo de David, hijo de Abraham», heredero de la promesa y de la realeza davídica. Su estructura gira en torno a cinco grandes discursos —el Sermón del Monte, el discurso misionero, las parábolas del Reino, la vida de la comunidad y el discurso escatológico—, que evocan los cinco libros de la Ley y presentan a Jesús como el nuevo Moisés, que sube al monte para dar la ley definitiva del amor. La fórmula «para que se cumpliera lo dicho por el profeta» recorre todo el libro y revela una convicción profunda: nada en la vida de Cristo es casual, todo responde al designio salvador de Dios. Mateo es el evangelista del Reino de los Cielos, expresión con la que respeta el nombre divino, y el del Emmanuel, «Dios con nosotros», nombre que resume la Encarnación. Es también el evangelio de la Iglesia: en él Jesús instituye a Pedro como roca, enseña el Padrenuestro y la corrección fraterna, y envía a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Para el católico, Mateo es escuela de discipulado: enseña que la fe se prueba en las obras, que el perdón no tiene límites y que Cristo está presente en el pobre, el enfermo y el extranjero. Leerlo es dejarse mirar por Jesús y responder, como los primeros discípulos, dejando las redes para seguirle.

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