Mateo

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1067 versículos

Mt

Capítulo 28

1 Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro.

2 De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Angel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella.

3 Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve.

4 Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos.

5 El Angel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado;

6 no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba.

7 Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis." Ya os lo he dicho.»

8 Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos.

9 En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!» Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron.

10 Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

11 Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado.

12 Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados,

13 advirtiéndoles: «Decid: "Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos."

14 Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones.»

15 Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

16 Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

17 Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.

18 Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.

19 Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

20 y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»

Reflexión del capítulo 28

Al amanecer del primer día, María Magdalena y la otra María van al sepulcro y encuentran la piedra removida y un ángel que anuncia: no está aquí, ha resucitado. El sepulcro vacío y las vestiduras dobladas son signos de la victoria. Jesús se aparece a las mujeres y les encarga avisar a los hermanos para que vayan a Galilea. Allí, en la montaña, se les presenta y pronuncia el mandato misionero: id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles todo cuanto os he mandado. Y la promesa que cierra el Evangelio: yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Mateo concluye donde empezó: con la promesa del Emmanuel, Dios con nosotros. La resurrección no es un dato piadoso, sino el fundamento de la fe y de la misión. El discípulo ya no camina solo; Cristo resucitado lo acompaña hasta el final. El mandato de bautizar revela la vocación universal de la Iglesia y la Trinidad como destino del hombre.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy vive la certeza gozosa de la presencia de Cristo resucitado: estoy con vosotros todos los días. Comparte tu fe con alguien cercano, aunque sea con una palabra sencilla y sincera, y actúa sabiendo que no caminas solo; Él te acompaña y sostiene en cada paso de este día hacia la eternidad.

Oración

Señor resucitado, tú que estás con nosotros todos los días, envíanos a anunciar tu Evangelio. Danos la alegría de tu presencia y la fuerza de tu Espíritu para hacer discípulos de todas las gentes hasta el fin. Amén.

Acerca del libro de Mateo

El Evangelio según san Mateo abre el Nuevo Testamento y tiende un puente entre el Antiguo y el Nuevo. La tradición lo atribuye a Mateo, también llamado Leví, el recaudador de impuestos que Jesús llamó desde su puesto en Cafarnaúm y que pasó de cobrar tributos a anunciar el Reino. Su comunidad, de raíz judeocristiana, lo escribió probablemente en Antioquía de Siria hacia los años 80-90, para mostrar que Jesús es el Mesías esperado por Israel y el cumplimiento de las promesas hechas a los padres. Por eso lo presenta desde el primer versículo como «hijo de David, hijo de Abraham», heredero de la promesa y de la realeza davídica. Su estructura gira en torno a cinco grandes discursos —el Sermón del Monte, el discurso misionero, las parábolas del Reino, la vida de la comunidad y el discurso escatológico—, que evocan los cinco libros de la Ley y presentan a Jesús como el nuevo Moisés, que sube al monte para dar la ley definitiva del amor. La fórmula «para que se cumpliera lo dicho por el profeta» recorre todo el libro y revela una convicción profunda: nada en la vida de Cristo es casual, todo responde al designio salvador de Dios. Mateo es el evangelista del Reino de los Cielos, expresión con la que respeta el nombre divino, y el del Emmanuel, «Dios con nosotros», nombre que resume la Encarnación. Es también el evangelio de la Iglesia: en él Jesús instituye a Pedro como roca, enseña el Padrenuestro y la corrección fraterna, y envía a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Para el católico, Mateo es escuela de discipulado: enseña que la fe se prueba en las obras, que el perdón no tiene límites y que Cristo está presente en el pobre, el enfermo y el extranjero. Leerlo es dejarse mirar por Jesús y responder, como los primeros discípulos, dejando las redes para seguirle.

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