Mateo

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1067 versículos

Mt

Capítulo 6

1 «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.

2 Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga.

3 Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha;

4 así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

5 «Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga.

6 Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

7 Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados.

8 No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

9 «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre;

10 venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo.

11 Nuestro pan cotidiano dánosle hoy;

12 y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;

13 y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.

14 «Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;

15 pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

16 «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga.

17 Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,

18 para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

19 «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban.

20 Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben.

21 Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

22 «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso;

23 pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!

24 Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.

25 «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

26 Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?

27 Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?

28 Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan.

29 Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos.

30 Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?

32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.

33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

34 Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.

Reflexión del capítulo 6

Jesús continúa el Sermón del Monte enseñando el corazón de la vida religiosa: la limosna, la oración y el ayuno. No rechaza estas prácticas, sino la vanidad que las vacía. La limosna debe ser tan discreta que no lo sepa la mano izquierda; la oración, hecha a puerta cerrada, dirigida al Padre que ve en lo secreto; el ayuno, sin rostro triste, sino con alegría. En medio de estas enseñanzas entrega el Padrenuestro, la oración que resume el evangelio: santificar el Nombre, pedir el Reino, aceptar la Voluntad, el pan de cada día, el perdón y la liberación del mal. El perdón es condición explícita: si no perdonamos, tampoco somos perdonados. Después Jesús advierte que no se puede servir a dos señores, Dios y el Dinero, y desmonta la ansiedad con imágenes entrañables: las aves del cielo que el Padre alimenta y los lirios del campo vestidos con más gloria que Salomón. La conclusión es una promesa: buscad primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Reza hoy el Padrenuestro despacio, deteniéndote en cada petición, y confía al Padre una preocupación concreta que te roba la paz. Antes de comprar algo superfluo, pregúntate a qué señor sirve ese gasto.

Oración

Padre nuestro, que estás en los cielos, enséñanos a orar con confianza filial y a poner en ti nuestro tesoro. Líbranos de la ansiedad y de la codicia, y danos hoy el pan de tu Reino. Amén.

Acerca del libro de Mateo

El Evangelio según san Mateo abre el Nuevo Testamento y tiende un puente entre el Antiguo y el Nuevo. La tradición lo atribuye a Mateo, también llamado Leví, el recaudador de impuestos que Jesús llamó desde su puesto en Cafarnaúm y que pasó de cobrar tributos a anunciar el Reino. Su comunidad, de raíz judeocristiana, lo escribió probablemente en Antioquía de Siria hacia los años 80-90, para mostrar que Jesús es el Mesías esperado por Israel y el cumplimiento de las promesas hechas a los padres. Por eso lo presenta desde el primer versículo como «hijo de David, hijo de Abraham», heredero de la promesa y de la realeza davídica. Su estructura gira en torno a cinco grandes discursos —el Sermón del Monte, el discurso misionero, las parábolas del Reino, la vida de la comunidad y el discurso escatológico—, que evocan los cinco libros de la Ley y presentan a Jesús como el nuevo Moisés, que sube al monte para dar la ley definitiva del amor. La fórmula «para que se cumpliera lo dicho por el profeta» recorre todo el libro y revela una convicción profunda: nada en la vida de Cristo es casual, todo responde al designio salvador de Dios. Mateo es el evangelista del Reino de los Cielos, expresión con la que respeta el nombre divino, y el del Emmanuel, «Dios con nosotros», nombre que resume la Encarnación. Es también el evangelio de la Iglesia: en él Jesús instituye a Pedro como roca, enseña el Padrenuestro y la corrección fraterna, y envía a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Para el católico, Mateo es escuela de discipulado: enseña que la fe se prueba en las obras, que el perdón no tiene límites y que Cristo está presente en el pobre, el enfermo y el extranjero. Leerlo es dejarse mirar por Jesús y responder, como los primeros discípulos, dejando las redes para seguirle.

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