Mateo

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1067 versículos

Mt

Capítulo 3

1 Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:

2 «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.»

3 Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.

4 Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre.

5 Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán,

6 y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.

7 Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?

8 Dad, pues, fruto digno de conversión,

9 y no creáis que basta con decir en vuestro interior: "Tenemos por padre a Abraham"; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham.

10 Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

11 Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.

12 En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.»

13 Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él.

14 Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?»

15 Jesús le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.» Entonces le dejó.

16 Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él.

17 Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.»

Reflexión del capítulo 3

Tras siglos de silencio profético, la voz de Juan el Bautista irrumpe en el desierto de Judea con una exigencia radical: convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca. Su figura es austera y provocadora —vestido de pelo de camello, langostas y miel silvestre—, como los antiguos profetas. Las multitudes acuden a él y confiesan sus pecados en el Jordán, pero Juan no se deja impresionar por la apariencia: a los fariseos y saduceos les advierte que no basta con invocar a Abraham como padre; Dios puede sacar hijos de las piedras. La conversión debe dar fruto, porque el hacha ya está puesta a la raíz. Juan sabe que su papel es preparar el camino y señala con humildad al que viene detrás, más fuerte que él, que bautizará en Espíritu Santo y fuego. Y entonces se produce la escena decisiva: Jesús, sin pecado, se acerca a ser bautizado. Juan intenta impedirlo, pero el Señor responde que conviene cumplir toda justicia. Al salir del agua se abren los cielos, el Espíritu baja como paloma y la voz del Padre proclama: «Este es mi Hijo amado». En el Jordán se revela por primera vez con claridad el misterio de la Trinidad y se anticipa nuestro propio bautismo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Prepara el camino del Señor quitando de tu vida un obstáculo concreto: un rencor que no has soltado, una costumbre que te aleja de Dios o una reconciliación pendiente. La conversión empieza en un gesto pequeño y decidido.

Oración

Padre santo, que en el bautismo de tu Hijo nos revelaste tu amor y el don del Espíritu, renueva en nosotros la gracia recibida el día de nuestro bautismo. Haznos hijos fieles y testigos valientes. Amén.

Acerca del libro de Mateo

El Evangelio según san Mateo abre el Nuevo Testamento y tiende un puente entre el Antiguo y el Nuevo. La tradición lo atribuye a Mateo, también llamado Leví, el recaudador de impuestos que Jesús llamó desde su puesto en Cafarnaúm y que pasó de cobrar tributos a anunciar el Reino. Su comunidad, de raíz judeocristiana, lo escribió probablemente en Antioquía de Siria hacia los años 80-90, para mostrar que Jesús es el Mesías esperado por Israel y el cumplimiento de las promesas hechas a los padres. Por eso lo presenta desde el primer versículo como «hijo de David, hijo de Abraham», heredero de la promesa y de la realeza davídica. Su estructura gira en torno a cinco grandes discursos —el Sermón del Monte, el discurso misionero, las parábolas del Reino, la vida de la comunidad y el discurso escatológico—, que evocan los cinco libros de la Ley y presentan a Jesús como el nuevo Moisés, que sube al monte para dar la ley definitiva del amor. La fórmula «para que se cumpliera lo dicho por el profeta» recorre todo el libro y revela una convicción profunda: nada en la vida de Cristo es casual, todo responde al designio salvador de Dios. Mateo es el evangelista del Reino de los Cielos, expresión con la que respeta el nombre divino, y el del Emmanuel, «Dios con nosotros», nombre que resume la Encarnación. Es también el evangelio de la Iglesia: en él Jesús instituye a Pedro como roca, enseña el Padrenuestro y la corrección fraterna, y envía a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Para el católico, Mateo es escuela de discipulado: enseña que la fe se prueba en las obras, que el perdón no tiene límites y que Cristo está presente en el pobre, el enfermo y el extranjero. Leerlo es dejarse mirar por Jesús y responder, como los primeros discípulos, dejando las redes para seguirle.

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