Mateo

Nuevo Testamento | 28 capítulos | 1067 versículos

Mt

Capítulo 20

1 «En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.

2 Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.

3 Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados,

4 les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo."

5 Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo.

6 Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontar a otros que estaban allí, les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?"

7 Dícenle: "Es que nadie nos ha contratado." Díceles: "Id también vosotros a la viña."

8 Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros."

9 Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno.

10 Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno.

11 Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario,

12 diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor."

13 Pero él contestó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario?

14 Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti.

15 ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?".

16 Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»

17 Cuando iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino:

18 «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte

19 y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará.

20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo.

21 El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.»

22 Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.»

23 Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.

24 Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos.

25 Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder.

26 No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor,

27 y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo;

28 de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

29 Cuando salían de Jericó, le siguió una gran muchedumbre.

30 En esto, dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al enterarse que Jesús pasaba, se pusieron a gritar: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David!»

31 La gente les increpó para que se callaran, pero ellos gritaron más fuerte: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David!»

32 Entonces Jesús se detuvo, los llamó y dijo: «¿Qué queréis que os haga?»

33 Dícenle: «¡Señor, que se abran nuestros ojos!»

34 Movido a compasión Jesús tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista; y le siguieron.

Reflexión del capítulo 20

Jesús compara el Reino con un patrón que contrata obreros a distintas horas y les paga lo mismo al final del día. Los primeros murmuran por envidia; el dueño responde que puede ser generoso con su dinero y que los últimos serán primeros. La parábola enseña que la recompensa no es salario merecido, sino don gratuito, y que en la obra de Dios rige la lógica de la gracia, no del mérito. Luego, la madre de los hijos de Zebedeo pide los primeros puestos para sus hijos; Jesús aclara que su Reino es de servicio, no de honor: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor. El capítulo culmina con la curación de dos ciegos junto al camino, que gritan Hijo de David, ten compasión; su fe insistente los sana. Mateo teje aquí un contraste: frente a la envidia de los obreros y la ambición de los discípulos, brilla la humilde insistencia de los ciegos. La grandeza cristiana es una lógica invertida: se alcanza sirviendo y reconociendo la propia necesidad. La misericordia de Jesús se inclina siempre sobre quienes saben pedirle con fe.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy combate la envidia que nace de compararte con otros y elige el servicio concreto: adelántate a ayudar sin buscar reconocimiento ni recompensa. Y no dejes de gritar como los ciegos cuando necesites a Cristo; tu insistencia humilde en la oración mueve su corazón compasivo. En el Reino los últimos serán primeros por su gracia.

Oración

Señor, líbranos de la envidia y del afán de protagonismo. Enséñanos a servir como tú serviste y a clamar por tu misericordia con la fe de los ciegos que te seguían, confiando en que tu compasión no falla. Amén.

Acerca del libro de Mateo

El Evangelio según san Mateo abre el Nuevo Testamento y tiende un puente entre el Antiguo y el Nuevo. La tradición lo atribuye a Mateo, también llamado Leví, el recaudador de impuestos que Jesús llamó desde su puesto en Cafarnaúm y que pasó de cobrar tributos a anunciar el Reino. Su comunidad, de raíz judeocristiana, lo escribió probablemente en Antioquía de Siria hacia los años 80-90, para mostrar que Jesús es el Mesías esperado por Israel y el cumplimiento de las promesas hechas a los padres. Por eso lo presenta desde el primer versículo como «hijo de David, hijo de Abraham», heredero de la promesa y de la realeza davídica. Su estructura gira en torno a cinco grandes discursos —el Sermón del Monte, el discurso misionero, las parábolas del Reino, la vida de la comunidad y el discurso escatológico—, que evocan los cinco libros de la Ley y presentan a Jesús como el nuevo Moisés, que sube al monte para dar la ley definitiva del amor. La fórmula «para que se cumpliera lo dicho por el profeta» recorre todo el libro y revela una convicción profunda: nada en la vida de Cristo es casual, todo responde al designio salvador de Dios. Mateo es el evangelista del Reino de los Cielos, expresión con la que respeta el nombre divino, y el del Emmanuel, «Dios con nosotros», nombre que resume la Encarnación. Es también el evangelio de la Iglesia: en él Jesús instituye a Pedro como roca, enseña el Padrenuestro y la corrección fraterna, y envía a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Para el católico, Mateo es escuela de discipulado: enseña que la fe se prueba en las obras, que el perdón no tiene límites y que Cristo está presente en el pobre, el enfermo y el extranjero. Leerlo es dejarse mirar por Jesús y responder, como los primeros discípulos, dejando las redes para seguirle.

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