Apocalipsis
Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos
Capítulo 14
1 Seguí mirando, y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él 144.000, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre.
2 Y oí un ruido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o el fragor de un gran trueno; y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras.
3 Cantan un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro Vivientes y de los Ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los 144.000 rescatados de la tierra.
4 Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Estos siguen al Cordero a dondequiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero,
5 y en su boca no se encontró mentira: no tienen tacha.
6 Luego vi a otro Angel que volaba por lo alto del cielo y tenía una buena nueva eterna que anunciar a los que están en la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo.
7 Decía con fuerte voz: «Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su Juicio; adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y los manantiales de agua.»
8 Y un segundo Angel le siguió diciendo: «Cayó, cayó la Gran Babilonia, la que dio a beber a todas las naciones el vino del furor.»
9 Un tercer Angel les siguió, diciendo con fuerte voz: «Si alguno adora a la Bestia y a su imagen, y acepta la marca en su frente o en su mano,
10 tendrá que beber también del vino del furor de Dios, que está preparado, puro, en la copa de su cólera. Será atormentado con fuego y azufre, delante de los santos Angeles y delante del Cordero.
11 Y la humareda de su tormento se eleva por los siglos de los siglos; no hay reposo, ni de día ni de noche, para los que adoran a la Bestia y a su imagen, ni para el que acepta la marca de su nombre.»
12 Aquí se requiere la paciencia de los santos, de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús.
13 Luego oí una voz que decía desde el cielo: «Escribe: Dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, sí - dice el Espíritu -, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan.»
14 Y seguí viendo. Había una nube blanca, y sobre la nube sentado uno como Hijo de hombre , que llevaba en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada.
15 Luego salió del Santuario otro Angel gritando con fuerte voz al que estaba sentado en la nube: «Mete tu hoz y siega, porque ha llegado la hora de segar; la mies de la tierra está madura.»
16 Y el que estaba sentado en la nube metió su hoz en la tierra y se quedó segada la tierra.
17 Otro Angel salió entonces del Santuario que hay en el cielo; tenía también una hoz afilada.
18 Y salió del altar otro Angel, el que tiene poder sobre el fuego, y gritó con fuerte voz al que tenía la hoz afilada: «Mete tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, porque están en sazón sus uvas.»
19 El Angel metió su hoz en la tierra y vendimió la viña de la tierra y lo echó todo en el gran lagar del furor de Dios.
20 Y el lagar fue pisado fuera de la ciudad y brotó sangre del lagar hasta la altura de los frenos de los caballos en una extensión de 1.600 estadios.
Reflexión del capítulo 14
El capítulo 14 abre con una visión de esperanza: el Cordero está de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevan escrito en la frente su nombre y el de su Padre (14,1). Cantan un cántico nuevo, y son descritos como los que siguen al Cordero a dondequiera que vaya, rescatados como primicias para Dios (14,3-4). Luego tres ángeles proclaman mensajes solemnes: el primero invita a temer a Dios y darle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio (14,7); el segundo anuncia la caída de Babilonia, la que embriagó a las naciones (14,8); el tercero advierte contra adorar a la Bestia y llevar su marca (14,9-11). En medio, una voz del cielo proclama una bienaventuranza: dichosos los muertos que mueren en el Señor, porque descansan de sus fatigas y sus obras los acompañan (14,13). El capítulo termina con la imagen de la siega y la vendimia, símbolo del juicio de Dios sobre la historia.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy vive como uno de los que siguen al Cordero: elige una decisión pequeña pero real que muestre que Cristo es tu Señor. Ofrece el trabajo de este día por los difuntos, recordando que sus obras los acompañan. Y no te dejes embriagar por las promesas de los poderosos del mundo: busca primero el Reino de Dios y su justicia.
Oración
Cordero de Dios, tú que reúnes a tu pueblo en el monte Sión, haz que te sigamos adondequiera que vayas. Que nuestra vida dé fruto abundante y que descansemos un día en tu paz eterna. Amén.
Acerca del libro de Apocalipsis
El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.
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