Apocalipsis

Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos

Ap

Capítulo 4

1 Después tuve una visión. He aquí que una puerta estaba abierta en el cielo, y aquella voz que había oído antes, como voz de trompeta que hablara conmigo, me decía: «Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después».

2 Al instante caí en éxtasis. Vi que un trono estaba erigido en el cielo, y Uno sentado en el trono.

3 El que estaba sentado era de aspecto semejante al jaspe y a la cornalina; y un arcoiris alrededor del trono, de aspecto semejante a la esmeralda.

4 Vi veinticuatro tronos alrededor del trono, y sentados en los tronos, a veinticuatro Ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro sobre sus cabezas.

5 Del trono salen relámpagos y fragor y truenos; delante del trono arden siete antorchas de fuego, que son los siete Espíritus de Dios.

6 Delante del trono como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono, y en torno al trono, cuatro Vivientes llenos de ojos por delante y por detrás.

7 El primer Viviente, como un león; el segundo Viviente, como un novillo; el tercer Viviente tiene un rostro como de hombre; el cuarto viviente es como un águila en vuelo.

8 Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche: «Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, "Aquel que era, que es y que va a venir".»

9 Y cada vez que los Vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por los siglos de los siglos,

10 los veinticuatro Ancianos se postran ante el que está sentado en el trono y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas delante del trono diciendo:

11 «Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; por tu voluntad, no existía y fue creado.»

Reflexión del capítulo 4

El capítulo 4 abre la gran visión del cielo. Juan ve una puerta abierta y oye la voz que lo invita a subir (4,1). En el centro está un trono, y Uno sentado en él, con el aspecto del jaspe y la cornalina, rodeado de un arcoíris semejante a la esmeralda (4,3). Alrededor, veinticuatro ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro, y cuatro Vivientes llenos de ojos que no cesan de repetir: Santo, Santo, Santo, Señor Dios Todopoderoso (4,8). Delante del trono arden siete antorchas, que son los siete Espíritus de Dios, y hay como un mar transparente de cristal (4,5-6). Cuando los Vivientes dan gloria al que vive por los siglos, los ancianos se postran y arrojan sus coronas diciendo: eres digno, Señor, de recibir la gloria, porque tú has creado el universo (4,11). Es la liturgia del cielo, que la tradición cristiana ha visto reflejada en la liturgia de la tierra. Adorar es reconocer quién es Dios y quiénes somos nosotros ante él.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy participa de la liturgia con la conciencia de unirte al cielo: si puedes, ve a misa o haz una visita al Santísimo, y adora al que está sentado en el trono. Empieza tu oración dando gloria a Dios antes de pedir, como los ancianos que arrojan sus coronas. Y reconoce que todo lo que tienes es don suyo.

Oración

Santo, Santo, Santo, Señor Dios Todopoderoso, tú que eras, que eres y que vienes, recibe nuestra adoración. Eres digno de gloria y honor, porque todo lo has creado por amor. A ti la gloria por siempre. Amén.

Acerca del libro de Apocalipsis

El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.

Compartir

Enlace copiado