Apocalipsis
Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos
Capítulo 18
1 Después de esto vi bajar del cielo a otro Angel, que tenía gran poder, y la tierra quedó iluminada con su resplandor.
2 Gritó con potente voz diciendo: «¡Cayó, cayó la Gran Babilonia! Se ha conviertido en morada de demonios, en guarida de toda clase de espíritus inmundos, en guarida de toda clase de aves inmundas y detestables.
3 Porque del vino de sus prostituciones han bebido todas las naciones, y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su lujo desenfrenado.»
4 Luego oí otra voz que decía desde el cielo: «Salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas.
5 Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus iniquidades.
6 Dadle como ella ha dado, dobladle la medida conforme a sus obras, en la copa que ella preparó preparadle el doble.
7 En proporción a su jactancia y a su lujo, dadle tormentos y llantos. Pues dice en su corazón: Estoy sentada como reina, y no soy viuda y no he de conocer el llanto...
8 Por eso, en un solo día llegarán sus plagas: peste, llanto y hambre, y será consumida por el fuego. Porque poderoso es el Señor Dios que la ha condenado.»
9 Llorarán, harán duelo por ella los reyes de la tierra, los que con ella fornicaron y se dieron al lujo, cuando vean la humareda de sus llamas;
10 se quedarán a distancia horrorizados ante su suplicio, y dirán: «¡Ay, ay, la Gran Ciudad! ¡Babilonia, ciudad poderosa, que en una hora ha llegado tu juicio!»
11 Lloran y se lamentan por ella los mercaderes de la tierra, porque nadie compra ya sus cargamentos:
12 cargamentos de oro y plata, piedras preciosas y perlas, lino y púrpura, seda y escarlata, toda clase de maderas olorosas y toda clase de objetos de marfil, toda clase de objetos de madera preciosa, de bronce, de hierro y de mármol;
13 cinamomo, amomo, perfumes, mirra, incienso, vino, aceite, harina, trigo, bestias de carga, ovejas, caballos y carros; esclavos y mercancía humana.
14 Y los frutos en sazón que codiciaba tu alma, se han alejado de ti; y toda magnificencia y esplendor se han terminado para ti, y nunca jamás aparecerán.
15 Los mercaderes de estas cosas, los que a costa de ella se habían enriquecido, se quedarán a distancia horrorizados ante su suplicio, llorando y lamentándose:
16 «¡Ay, ay, la Gran Ciudad, vestida de lino, púrpura y escarlata, resplandeciente de oro, piedras preciosas y perlas,
17 que en una hora ha sido arruinada tanta riqueza!» Todos los capitanes, oficiales de barco y los marineros, y cuantos se ocupan en trabajos del mar, se quedaron a distancia
18 y gritaban al ver la humareda de sus llamas: «¿Quién como la Gran Ciudad?»
19 Y echando polvo sobre sus cabezas, gritaban llorando y lamentándose: «¡Ay, ay, la Gran Ciudad, con cuya opulencia se enriquecieron cuantos tenían las naves en el mar; que en una hora ha sido asolada!»
20 Alégrate por ella, cielo, y vosotros, los santos, los apóstoles y los profetas, porque al condenarla a ella, Dios ha juzgado vuestra causa.
21 Un Angel poderoso alzó entonces una piedra, como una gran rueda de molino, y la arrojó al mar diciendo: «Así, de golpe, será arrojada Babilonia, la Gran Ciudad, y no aparecerá ya más...»
22 Y la música de los citaristas y cantores, de los flautistas y trompetas, no se oirá más en ti; artífice de arte alguna no se hallará más en ti; la voz de la rueda de molino no se oirá más en ti;
23 La luz de la lámpara no lucirá más en ti; la voz del novio y de la novia no se oirá más en ti. Porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra, porque con tus hechicerías se extravíanron todas las naciones;
24 y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los degollados de la tierra.
Reflexión del capítulo 18
El capítulo 18 anuncia la caída de Babilonia con un lamento de fondo. Un ángel poderoso grita: cayó, cayó la Gran Babilonia, se ha convertido en morada de demonios (18,2). Una voz del cielo ordena salir de ella para no hacerse cómplice de sus pecados (18,4). Los reyes, los mercaderes y los marineros, que se enriquecieron con su lujo, lloran su ruina y se quedan a distancia horrorizados, repitiendo: en una hora ha llegado tu juicio (18,9-19). El capítulo enumera sus cargamentos —oro, plata, piedras preciosas, seda, perfumes, caballos, esclavos y mercancía humana— y muestra el rostro de un sistema que trata a las personas como cosas (18,12-13). Frente a ese poder que se derrumba, el cielo es invitado a alegrarse, porque Dios ha juzgado la causa de sus santos (18,20). Un ángel arroja al mar una piedra como gran rueda de molino, señal de que Babilonia no volverá a aparecer. La ciudad que se creía eterna cae en una hora, mientras los humildes son recordados por Dios.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy revisa si tu vida económica o tus hábitos contribuyen a sistemas que tratan a las personas como mercancía o que destruyen la creación. Compra con conciencia, evita el derroche y no pongas tu confianza en el lujo. Y sal de toda complicidad con la injusticia, aunque sea costoso, porque solo Dios permanece cuando todo lo demás cae.
Oración
Señor, tú que derribas a los poderosos y ensalzas a los humildes, líbranos de poner nuestra confianza en el dinero. Que no seamos cómplices de la injusticia y que busquemos tu Reino por encima de todo. Amén.
Acerca del libro de Apocalipsis
El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.
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